Ana Bela Carvalho nunca imaginó que su vida cambiaría en una sola noche.
Huérfana desde los dieciséis años, sobreviviente por instinto y genio informático por vocación, Ana Bela trabaja como camarera en un hotel de lujo en São Paulo. Su mundo se reduce a turnos agotadores, un pequeño departamento compartido con su mejor amiga y el sueño silencioso de que algún día alguien la vea de verdad.
Ese alguien resulta ser Cristian Ferrari: heredero de un imperio empresarial, dueño de una fortuna incalculable… y líder de la mafia italiana más temida del mundo. Un hombre al que llaman La Bestia.
Frío. Implacable. Acostumbrado a que todo se doble ante su voluntad.
Hasta que la conoce a ella.
Lo que comienza como una atracción imposible de ignorar se convierte en una tormenta de pasión, secretos y peligro. Porque amar a Cristian Ferrari no es solo entregarse a un hombre: es entrar en un mundo donde la lealtad se paga con sangre, los enemigos acechan en cada sombra y el amor es el arma más poderosa… y la más vulnerable.
Mientras Ana Bela lucha por encontrar su lugar en un universo que no le pertenece, deberá enfrentar verdades enterradas durante décadas, rivales dispuestas a destruirla y una revelación sobre su propio pasado que lo cambiará todo.
¿Puede una mujer común sobrevivir al lado de la Bestia?
¿O será ella quien termine domándolo?
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La Pasión Estalló (hot +18)
Narrado por la autora...
El aire en el estudio ya estaba denso, pero cuando Cristian la tomó en brazos, la atmósfera pasó de una confesión emocional a una urgencia física que ninguno de los dos podía seguir conteniendo. La cargó con una facilidad posesiva, los músculos de sus brazos tensos bajo la tela fina de la camisa de vestir, mientras Ana Bela hundía el rostro en su cuello, sintiendo el perfume amaderado mezclado con el calor de su piel.
Al entrar a la habitación, el sonido de la puerta cerrándose y del seguro deslizándose resonó como una señal de que el mundo exterior había dejado de existir.
El Despertar del Deseo
Cristian la depositó en la cama con una lentitud torturante, pero no se alejó. Se mantuvo sobre ella, sus ojos oscuros recorriendo cada detalle del rostro de Ana Bela, ahora sonrojado y húmedo por las lágrimas recientes.
— Esperé por esto desde el segundo en que recuperé la memoria — susurró, la voz ronca, vibrando contra los labios de ella. — Pero esta vez, quiero que sientas cada caricia. Quiero que grabes en tu memoria quién te está tocando.
Sus manos, grandes y firmes, comenzaron a subir por las piernas de ella, deslizándose bajo la tela del vestido. El contacto era caliente, directo, cargado de una malicia que hacía que el vientre de Ana Bela se contrajera en anticipación. Ella arqueó el cuerpo involuntariamente cuando los dedos de él encontraron el encaje de su lencería, arrancándole un suspiro tembloroso.
Entrega e Intensidad
Cristian no tenía prisa, a pesar del deseo evidente en la tensión de su cuerpo. Comenzó a desvestirla con una reverencia casi agresiva, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Los besos ya no eran solo dulces; eran profundos, exploratorios. Mordisqueaba el lóbulo de su oreja mientras su mano libre subía para envolver el seno de ella, el pulgar provocando el pezón ya rígido bajo la tela fina.
— No tienes idea de cuánto me contuve — susurró Cristian, la voz vibrando en un tono peligrosamente bajo. — Cada vez que me mirabas y desviabas los ojos, sentía que iba a enloquecer.
No esperó respuesta. Selló sus labios con los de ella en un beso que no tenía nada de cortés; era un beso de reivindicación, profundo y hambriento. Su lengua exploraba la de ella con una urgencia que arrancó un gemido bajo de la garganta de Ana Bela. Ella sintió las manos de él bajar por su espalda, jalando su cuerpo contra el de él, permitiéndole sentir cada línea de su porte atlético y el deseo evidente que él sentía por ella.
Cristian comenzó a quitarle el vestido con una agilidad impaciente, pero cuando la tela cayó, se detuvo un segundo solo para admirarla bajo la luz tenue de la lámpara. Sus ojos recorrieron las curvas de Ana con una intensidad que la hacía sentirse desnuda hasta el alma.
— Eres una obra de arte, Ana Bela. Y hoy voy a conocer cada centímetro de ella — prometió, la malicia brillando en su mirada.
La llevó a la cama, recostándose sobre ella, el peso de su cuerpo siendo el ancla que ella necesitaba. Sus manos comenzaron una exploración torturante. No se apresuraba; provocaba. Sus dedos se deslizaban por la parte interna de sus muslos, subiendo con una lentitud calculada que hacía que el vientre de Ana se contrajera en oleadas de anticipación.
Entrega Absoluta
Cuando él finalmente se deshizo de su propia ropa, el contacto piel con piel fue como un choque térmico. Ana Bela sintió los músculos tensos de Cristian bajo sus palmas mientras él se posicionaba entre sus piernas. Se inclinó, susurrándole palabras de adoración y deseo al oído, mientras sus labios trazaban un camino de fuego por su cuello y sus hombros.
— Dime que eres mía — exigió, la voz cargada de una autoridad que la desarmaba por completo.
— Soy tuya, Cristian... siempre lo fui — confesó ella, la voz entrecortada, las uñas clavándose en los hombros anchos de él.
El movimiento que siguió fue una danza de pura intensidad. Cristian fue penetrando a Bela muy despacio. Al principio ella se tensó porque sintió algo de incomodidad (Cristian era grande), pero después el placer fue apoderándose de todo. Entonces Cristian comenzó a aumentar sus movimientos cuando vio que ella gemía de placer.
Cada embestida de Cristian era profunda, cargada de esa pasión que ambos habían intentado sofocar durante tanto tiempo. Él la miraba a los ojos todo el tiempo, queriendo ver el momento exacto en que el placer la dominara. La entrega de Ana Bela era total; se abría para él no solo físicamente, sino entregando cada suspiro y cada latido de su corazón.
— Eres deliciosa y adictiva, dime que me deseas, Bela.
— Te deseo mucho, Cristian.
El clímax llegó como una
tempestad, arrasadora e irremediable. Ana Bela gemía el nombre de Cristian sin control.
— Ayyy, Cristian, ¡qué delicia!
— Acábate para mí, Ana, que yo voy contigo.
Cristian soltó un gemido fuerte y ronco.
— Aaaah, carajo, ¡qué delicia!
Los dos cayeron exhaustos y saciados.
En el silencio que siguió, con el sudor brillando en sus pieles y los cuerpos aún unidos, Cristian la abrazó con una fuerza que decía más que cualquier palabra. Esa noche, la promesa quedó sellada en el calor de la entrega más picante y sincera que ambos habían vivido, pero aún no había terminado. Él murmuró, la voz ahora en un tono de mando que la hacía estremecerse: — Mía. Totalmente mía.
Ana Bela se entregó nuevamente a sus caricias, las manos explorando la espalda ancha de Cristian. Cuando sus pieles se encontraron de nuevo, fue como una combustión.
El aire de timidez de ella fue siendo reemplazado por una osadía nacida de la pasión. Cristian se posicionó entre sus piernas otra vez, los ojos fijos en los de ella, sosteniendo la mirada con una intensidad que parecía leerle el alma.
— Mírame — le pidió, la voz cargada de autoridad y deseo. — Siente lo que me provocas.
Inició el movimiento, lento y profundo, de vaivén, llenándola con una precisión que la hizo cerrar los ojos y morder su labio inferior. Cristian se detuvo un segundo, esperando que ella se acostumbrara a la intensidad, antes de retomar con un ritmo más decidido y vigoroso. Cada embestida iba acompañada de una caricia, un roce en el rostro o un beso robado, asegurándose de que esa conexión fuera tanto física como espiritual.
La malicia estaba en la forma en que él la provocaba, susurrándole palabras de posesión y deseo al oído, y en la forma en que Ana Bela respondía, enterrando las uñas en su espalda y pidiendo más. El placer subía en oleadas, una danza de piel, sudor y respiraciones entrecortadas, hasta que ambos alcanzaron la cima del placer juntos, en un éxtasis que dejó la habitación en un silencio absoluto, roto únicamente por el sonido de los latidos acelerados de dos corazones que ahora latían como uno solo.
Acostados bajo las sábanas de seda, con los cuerpos aún entrelazados, Ana Bela sintió el beso suave de Cristian en su frente. No se trataba solo del amor declarado, sino del descubrimiento de que, en la entrega total, se habían encontrado el uno al otro.