Alina siempre creyó que era una chica común, hasta que una noche de primavera un encuentro inesperado en el campo de cerezos cambió su vida para siempre.
Un extraño de mirada intensa comienza a aparecer entre las sombras del bosque. Él guarda secretos, conoce peligros que nadie en el pueblo imagina y parece estar ligado a algo que despierta una inquietud desconocida dentro de ella.
Pronto, sueños extraños, aullidos en la noche y recuerdos que nunca vivió empiezan a perseguirla. Mientras intenta descubrir quién es realmente Kael, Alina también deberá enfrentarse a una verdad que su propio padre le ocultó durante años.
Entre cerezos, luna llena y secretos de sangre, Alina descubrirá que algunas primaveras no solo traen flores… también despiertan destinos dormidos.
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Capítulo 1: Bajo los cerezos
En Valdoria, las tardes siempre parecían llegar más despacio que en cualquier otro lugar.
El pequeño pueblo estaba rodeado de bosque, colinas y caminos de piedra que se perdían entre árboles antiguos. Había algo en aquel lugar que lo hacía distinto. Los visitantes decían que era tranquilo. Los que habían nacido allí sabían que no era solo eso. Valdoria guardaba silencios. Y algunos de esos silencios parecían vivir entre las ramas.
Alina había crecido escuchando el viento golpear las ventanas de la casa y los rumores de la gente en la plaza. Tenía veinte años y desde niña había aprendido que algunas preguntas no encontraban respuesta. Su padre nunca hablaba de su madre. Cuando Alina preguntaba por ella, él siempre cambiaba de tema o se limitaba a decir que un día simplemente desapareció.
Aquella ausencia había dejado un hueco que nunca logró llenar.
Esa tarde ayudaba a su padre a cerrar la pequeña tienda familiar. El hombre contaba monedas detrás del mostrador mientras ella acomodaba unas cajas de harina junto a la pared.
—Deja eso para mañana —dijo él sin levantar la vista.
—Solo me faltan dos.
—Mañana sigue siendo mañana.
Alina sonrió apenas. Su padre siempre hablaba así, con frases cortas, como si las palabras le pesaran más de lo que dejaba ver.
Mientras colocaba la última caja, lo observó de reojo. Tenía el rostro cansado, los hombros tensos y esa mirada distante que aparecía en él cuando pensaba demasiado.
—Papá —dijo al fin—. ¿Alguna vez pensaste en irte de Valdoria?
Él alzó la vista.
—¿Y por qué me iría?
—No lo sé. A veces siento que aquí todo se repite. Los mismos caminos. Las mismas personas. Las mismas historias.
Su padre guardó silencio durante unos segundos.
—No todo lo que parece tranquilo lo es.
Aquella respuesta la hizo fruncir el ceño.
—Siempre dices cosas así.
—Porque algunas veces conviene escuchar más de lo que se pregunta.
Alina bajó la mirada. Ya conocía ese tono. Era la señal de que no obtendría nada más.
Salieron juntos de la tienda cuando el sol empezaba a esconderse. El aire olía a tierra húmeda y hojas nuevas. Algunas mujeres conversaban en la plaza. Un grupo de niños corría detrás de una pelota. Todo parecía normal. Sin embargo, Alina sintió otra vez esa sensación de encierro, como si el pueblo entero guardara algo que solo ella ignoraba.
—Voy a caminar un rato —dijo.
Su padre la miró.
—No vuelvas tarde.
—Lo sé.
Tomó el sendero de siempre.
El campo de cerezos quedaba a las afueras de Valdoria, más allá del último grupo de casas. Desde pequeña iba allí cuando necesitaba pensar. Su madre la había llevado una vez cuando era niña, aunque apenas conservaba el recuerdo: una mano cálida, una voz suave y pétalos rosados girando en el aire.
Cada vez que caminaba hasta aquel lugar, una parte de ella sentía que regresaba a algo que había perdido.
Cuando llegó, el cielo estaba cubierto de nubes delgadas y la luz del atardecer teñía de oro las ramas. Los pétalos caían despacio, arrastrados por el viento.
Se sentó bajo el árbol más grande.
Durante unos minutos no hizo nada. Solo escuchó el murmullo del aire, el roce de las hojas y el latido tranquilo de su propia respiración.
Entonces oyó un ruido.
El crujido seco de una rama.
Alina se puso de pie de inmediato.
Miró hacia ambos lados.
No vio a nadie.
Los árboles se balanceaban apenas. Las sombras del bosque parecían más largas que hacía un momento.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó.
El silencio se hizo más profundo.
Estaba a punto de convencerse de que había imaginado el sonido cuando distinguió una figura entre los árboles.
Un hombre alto, vestido de oscuro, estaba de pie al otro lado del sendero.
El corazón le dio un pequeño salto.
No podía verle bien el rostro. Solo sabía que no lo había visto antes en el pueblo.
—No quise asustarte —dijo él.
Su voz era baja, tranquila.
Alina no se movió.
—Este lugar no suele tener visitas.
—Lo he notado.
Había algo extraño en él. No parecía nervioso. Tampoco parecía sorprendido de encontrarla allí.
El desconocido observaba el campo, no a ella. Como si hubiera llegado por otra razón.
—¿Te perdiste? —preguntó Alina.
Él negó con la cabeza.
—Solo estaba caminando.
No dijo más.
Aquella respuesta le pareció rara. Todos en Valdoria conocían ese camino. Ella estaba segura de que nunca lo había visto.
El viento sopló un poco más fuerte. Varios pétalos se desprendieron y cayeron entre ambos.
Alina sintió un escalofrío.
No era miedo exactamente.
Era otra cosa. Una sensación difícil de explicar, como si una parte de ella reconociera algo que su mente todavía no entendía.
—Es tarde —murmuró.
El desconocido asintió.
—Sí.
Alina dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el sendero. Antes de salir del campo miró hacia atrás.
Él seguía allí.
Inmóvil.
Con la mirada fija en el bosque.
Esa noche no logró dormir.
Se giró una y otra vez entre las sábanas, recordando la figura entre los árboles y aquella extraña sensación que había sentido en el pecho.
La luna se filtraba por la ventana abierta.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un aullido.
Lejano.
Profundo.
Nacido en algún punto de la oscuridad.
Alina se incorporó lentamente en la cama.
Y, por primera vez en muchos años, sintió que algo en Valdoria acababa de despertar.