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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

NovelToon tiene autorización de clau21 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10

... Vínculo Completo...

...****************...

El primer invierno después de la guerra llegó temprano.

La nieve cubrió Monte luna antes de noviembre y no se fue en tres meses. El frío entraba por las grietas del refugio de Ceniza, pero nadie se quejaba. Hacía años que no tenían algo que valiera la pena proteger.

Elena estaba en la sala de mapas a las 6 a.m., con las manos alrededor de una taza de té que ya estaba fría. Sobre la mesa había tres documentos: el tratado de paz con Luna Plateada, el acta del Nuevo Consejo, y una lista de nombres.

Nombres de los que querían unirse a Ceniza.

87 en total.

“No podemos absorber a 87 lobos de golpe”, dijo Roran desde la puerta. Llevaba dos semanas sin dormir bien. “El refugio no da para tanto”.

“Lo sé”, dijo Elena. “Por eso no vamos a absorberlos. Vamos a crear tres puestos avanzados. Uno en el valle norte, uno en el paso este, uno en las ruinas viejas”.

Kael entró detrás de Roran, con el pelo mojado y olor a nieve. Había estado entrenando afuera a las 5 a.m. como hacía siempre.

“Y quién va a dirigir esos puestos?”, preguntó.

Elena lo miró y sonrió. “Ustedes dos”.

Roran arqueó una ceja. “¿Perdón?”.

“Tú conoces el terreno mejor que nadie, Roran. Tú vas al puesto este. Es el más peligroso, el más cerca de la frontera vieja. Y tú”, miró a Kael, “vas al norte. Tienes autoridad con los jóvenes de Luna Plateada. Si alguien puede hacer que no se maten entre ellos, eres tú”.

Kael se acercó a la mesa. “¿Y tú?”.

“Yo me quedo aquí”, dijo Elena. “Con el consejo, con los que no pueden pelear, con los que apenas están aprendiendo qué significa ser Ceniza otra vez. Alguien tiene que mantener el centro”.

Roran dejó escapar un suspiro largo. “Nos vas a separar”.

“No”, dijo Elena. “Los voy a poner donde más sirven. Y van a volver cada semana. No es un destierro, Roran”.

Kael se apoyó en la mesa, serio. “¿Y si algo pasa mientras estamos fuera?”.

El vínculo vibró. No con miedo. Con decisión.

“Entonces confío en que ustedes dos sepan qué hacer sin mí gritándoles por la cabeza”, dijo Elena. “Confío en que yo sepa manejar esto sin ustedes dos respirándome en la nuca”.

Roran la miró largo rato. Luego asintió.

“Una semana fuera. Tres días aquí. No negociable”.

“Trato hecho”, dijo Elena.

Kael se inclinó y rozó su frente con la de ella. Un gesto corto, sin palabras. El vínculo se calmó.

“Nos vamos en dos días”, dijo. “Prepárate para echarnos de menos”.

---

La separación dolió más de lo que Elena esperaba.

No porque no pudiera sola. Podía. Había dirigido reuniones de 6 horas, había calmado a dos alfas que casi se matan por el reparto de carne, había firmado un tratado que cambiaría la política de Monte luna por 50 años.

Pero el refugio se sentía vacío sin el peso de Kael en la mesa, sin la presencia silenciosa de Roran en la esquina.

El vínculo no se rompió. Nunca se rompía del todo. Pero se estiró. Y estirarse duele.

La primera semana, Elena se despertó tres veces en la noche buscando a alguien que no estaba.

La segunda semana, se obligó a cenar sola en el comedor grande para acostumbrarse.

La tercera semana, llegaron los primeros informes.

Kael: “Puesto norte estable. 23 lobos. Dos peleas, ninguna grave. Te mandan saludos. Dicen que entrenas muy duro”.

Roran: “Puesto este seguro. Trampa reparada. Cazadores vistos a 20 km. No se acercaron. No menciones esto al consejo”.

Elena respondió a los dos con informes igual de secos. Pero en privado, en el vínculo, les mandaba cosas que no podía decir en voz alta:

_Hoy me acordé de ti cuando nevó._

_Extraño cómo Roran resopla cuando miente._

_Kael, deja de entrenar a las 4 a.m., te vas a matar._

Ellos respondían igual. Corto. Directo. Pero con calor debajo.

---

El problema llegó en la cuarta semana.

Una delegación de Luna Plateada apareció en el refugio sin aviso. Cinco lobos mayores, con Mireya a la cabeza. No venían en son de guerra. Venían con preguntas.

“Hay rumores”, dijo Mireya. Se sentó frente a Elena sin que la invitaran. “Rumores sobre ti, sobre Kael, sobre Roran. Sobre el vínculo”.

Elena dejó la pluma. “Qué tipo de rumores”.

Mireya la miró directo. “Que no eres solo la Luna de Ceniza. Que eres algo más. Algo que une a dos alfas. Algo que no debería existir”.

Elena no se inmutó. “¿Y si existe?”.

“Entonces tenemos un problema”, dijo Mireya. “Porque si la Luna está dividida, la manada se divide. Y si la manada se divide, volvemos a la guerra”.

Elena se levantó. “No estoy dividida, Mireya. Estoy completa. Por primera vez en mi vida”.

“Las manadas no entienden eso”, dijo Mireya. “Necesitan ver claridad. Necesitan ver a su Luna tomar una decisión”.

“Ya tomé una decisión”, dijo Elena. “La tomé cuando me negué a dejar que se mataran por mí. La tomé cuando elegí que nadie más muriera por el orgullo del consejo”.

Mireya se levantó también. “Entonces dilo claro. Dilas a las manadas. ¿Quién es tu consorte? ¿Kael? ¿Roran? ¿Ninguno?”.

Elena no respondió. No podía. No porque no supiera. Sino porque sabía que decir un nombre significaba romper algo que no estaba roto.

“Les daré una respuesta en la Luna Llena”, dijo. “Reunión abierta. Que estén todos”.

Mireya asintió. No estaba satisfecha, pero entendía que no sacaría más hoy.

“Espero que sepas lo que haces, niña”, dijo antes de irse.

Elena se quedó sola en la sala.

El vínculo ardía.

Kael y Roran lo sintieron. Llegaron esa misma noche, cabalgando bajo la nieve, sin esperar a la semana.

---

No hablaron del tema de inmediato.

Primero revisaron los informes. Primero comieron algo caliente. Primero se aseguraron de que Elena estuviera bien.

Fue Roran quien lo dijo.

“Así que nos quieren obligar a elegir”.

Elena asintió. Estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la cama. Otra vez. Como la noche que colapsó.

“Y si elijo a uno”, dijo, “pierdo al otro. Y si elijo a ninguno, pierdo a los dos”.

Kael se arrodilló frente a ella. “No nos vas a perder”.

“Eso no lo decides tú”, dijo Elena. “Lo decide la tradición. Lo decide el miedo”.

Roran se sentó al otro lado. “Entonces cambiamos la tradición”.

Elena lo miró. “¿Cómo?”.

“No lo sé”, dijo Roran. “Pero sé que no voy a irme. Y sé que él tampoco”. Miró a Kael.

Kael asintió. “No me voy”.

Elena cerró los ojos. El vínculo latía fuerte, desesperado, pidiendo una solución que no existía en los libros viejos.

“Hay una cosa que no les conté”, dijo.

Los dos la miraron.

“Cuando el vínculo se formó completo, vi algo. No sé si fue una visión, un recuerdo, una locura. Vi a los primeros de Ceniza. Había tres. Dos alfas y una Luna. No eran padre, madre e hija. Eran compañeros. Los tres. Y gobernaron juntos 40 años”.

Silencio.

“Eso no está en los libros”, dijo Kael.

“Porque el consejo lo quemó”, dijo Roran. “Lo recuerdo. Mi padre me lo contó antes de morir. Decía que la historia de los tres era la razón por la que nos cazaron”.

Elena abrió los ojos. “Entonces no somos una abominación. Somos el regreso de algo que intentaron borrar”.

Kael se puso de pie. “Si eso es cierto, entonces no tenemos que escondernos”.

“No”, dijo Elena. “Tenemos que mostrarles por qué funcionaba”.

Roran se levantó también. “Y si no les gusta, que lo intenten detener”.

Elena se puso de pie entre los dos.

“Reunión en dos días. Luna Llena. Voy a decirles la verdad. Toda la verdad”.

Kael tomó su mano.

Roran tomó la otra.

“No vas a estar sola”, dijo Roran.

“Nunca más”, dijo Kael.

---

La noche de la Luna Llena, el valle frente al refugio estaba lleno.

Más de 200 lobos. De las dos manadas. Jóvenes, viejos, guerreros, curanderos. Nunca había habido tanta gente junta sin sangre de por medio.

Elena subió a la plataforma de piedra. No llevaba armadura. Llevaba el vestido simple que usaba cuando trabajaba en la biblioteca.

A su derecha, Kael. A su izquierda, Roran.

No se tomaban de la mano. No hacía falta. Su postura lo decía todo.

“Gracias por venir”, dijo Elena. Su voz llevaba el peso del vínculo. Llegaba a todos sin gritar.

“Vinieron porque tienen miedo. Miedo de que esto se rompa. Miedo de que yo los traicione. Miedo de que el pasado vuelva”.

Hizo una pausa.

“Tienen razón en tener miedo. Yo también lo tengo”.

Un murmullo recorrió la multitud.

“Pero el miedo no nos va a gobernar más. No después de lo que pasamos”.

Señaló a Kael y a Roran.

“Ellos dos son mis alfas. Los dos. No uno u otro. Los dos. El vínculo no me dejó elegir. Porque no estaba hecho para elegir. Estaba hecho para unir”.

Otro murmullo. Más fuerte.

“Sé lo que dicen los libros viejos. Sé lo que les enseñaron. Que una Luna solo puede tener un consorte. Que dos alfas no pueden compartir. Que esto es una abominación”.

Elena sonrió. No con diversión. Con cansancio.

“Los libros mienten. Mi madre me lo dijo en una visión. Los primeros de Ceniza eran tres. Gobernaron juntos. Y funcionó. Hasta que el consejo tuvo miedo y los mató”.

“Hoy les pregunto”, dijo, levantando la voz. “¿Quieren repetir la historia? ¿O quieren escribir una nueva?”.

Silencio.

Un joven de Luna Plateada se adelantó. El mismo que había venido con la delegación.

“¿Y si funciona?”, dijo. “¿Y si no funciona? ¿Qué pasa con nosotros?”.

Elena lo miró. “Si no funciona, me culpan a mí. Me destituyen. Me exilian. Hacen lo que quieran. Pero les pido una oportunidad. Una oportunidad para demostrar que no necesitamos matarnos para estar juntos”.

Roran dio un paso adelante. “Yo no voy a pedir permiso para protegerla. Yo no voy a pedir permiso para estar a su lado”.

Kael hizo lo mismo. “Yo tampoco. Y si alguien tiene un problema con eso, que venga y lo diga ahora”.

Nadie se movió.

Mireya, al frente, observaba. Luego asintió lentamente.

“No sé si esto va a funcionar”, dijo. “Pero sé que lo que teníamos antes no funcionó. Tienen mi voto. Por ahora”.

Uno a uno, los demás bajaron la cabeza. No era una ovación. Era algo mejor. Era respeto.

Elena exhaló.

“Entonces queda hecho”, dijo. “Vínculo Completo. Tres en uno. Uno para los tres”.

La multitud no aplaudió. No era ese tipo de momento.

Pero el silencio que siguió no era hostil. Era aceptación.

---

Después, cuando todos se fueron, los tres se quedaron solos en la plataforma.

La nieve caía despacio.

Elena temblaba. No de frío.

“Lo hicimos”, dijo.

“Sí”, dijo Kael.

“Ahora viene lo difícil”, dijo Roran.

Elena se rió. “Siempre viene lo difícil”.

Kael la rodeó con un brazo. Roran hizo lo mismo del otro lado.

“No estás sola”, dijo Kael.

“Nunca más”, dijo Roran.

Elena cerró los ojos.

El vínculo estaba completo. No solo entre ellos. Entre ellos y la manada. Entre el pasado y el futuro.

“Vamos adentro”, dijo Elena. “Hace frío”.

Se fueron los tres, caminando juntos, sin prisa.

Detrás de ellos, el valle dormía en paz por primera vez en veinte años.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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