El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 1: El León y la Seda
El aroma del incienso de sándalo y rosas era tan denso en el aire que casi podía saborearse. Era una fragancia opulenta, diseñada para embriagar los sentidos, pero para Dorian, solo servía para disfrazar el hedor metálico del miedo que flotaba en la Gran Sala del Trono del Palacio de Topkapi.
Dorian estaba de pie, con la espalda recta a pesar de las pesadas cadenas de seda que rodeaban sus muñecas. Su piel, clara como el mármol de las tierras del norte, resaltaba bajo las túnicas de gasa transparente que le habían obligado a vestir. A su alrededor, otros omegas temblaban, con los ojos fijos en sus propios pies, pero Dorian no. Él mantenía la barbilla en alto, observando los intrincados mosaicos de oro y lapislázuli que cubrían la cúpula, como si estuviera analizando el valor de su propia prisión.
De repente, un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Las puertas de ébano se abrieron de par en par, y la presencia que entró fue como una tormenta de arena: abrasadora y dominante.
El Sultán Selim "El Implacable".
Caminaba con la elegancia letal de un depredador. Su túnica de seda carmesí ondeaba tras él, y el aroma de su casta Alfa —cedro ahumado, cuero y ámbar— golpeó a Dorian como una ola física, haciendo que sus rodillas amenazaran con ceder. Selim recorrió la fila de "regalos" con una mirada de ámbar frío, una mirada que no veía personas, sino propiedades.
Hasta que llegó a él.
Selim se detuvo. Sus ojos amarillos se clavaron en los azules de Dorian. El tiempo pareció congelarse. El Sultán dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, permitiendo que sus feromonas envolvieran al omega por completo.
—¿Por qué no te arrodillas, extranjero? —preguntó Selim. Su voz era un rugido bajo, aterciopelado y peligroso.
—Mis piernas solo se doblan ante aquello que mi corazón respeta, Majestad —respondió Dorian. Su voz no tembló, aunque su pulso era una danza frenética en su garganta.
Un murmullo de horror recorrió la corte. El Gran Visir palideció. Pero Selim, tras un segundo de tensión eléctrica, soltó una carcajada seca y oscura. Estiró una mano enguantada y apretó la mandíbula de Dorian, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Llevadlo a mis aposentos privados —ordenó el Sultán, sin apartar la vista de los labios de Dorian—. Esta noche, quiero ver si ese fuego en sus ojos arde igual entre las sábanas.
Dorian fue escoltado por pasillos donde las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre paredes de azulejos turquesa. Finalmente, fue empujado al interior de la habitación del Sultán. Era un santuario de exceso: alfombras persas donde los pies se hundían, una cama inmensa con cortinas de seda azul cobalto y una terraza que daba al Bósforo, desde donde llegaba el aire salino de la noche.
Dorian se quedó solo, el silencio solo roto por el suave chapoteo de una fuente de mármol. El calor del celo, provocado por la proximidad del Alfa minutos antes, empezaba a quemarle las venas. Su piel picaba, su glándula en el cuello pulsaba con un deseo traidor.
Espero disfruten esta nueva aventura