⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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Trucos sucios
El despacho de Ben olía a café amargo y a aceite de linaza. Sobre la mesa, el mapa de los túneles que Vane había traído parecía una herida abierta en el centro de Puerto Gris.
—Sage —llamó Ben, sin apartar la vista de los planos—. ¿Qué dicen los informes de las aduanas?
Sage, que vestía un chaleco táctico oculto bajo su suéter de lana, dejó un cronómetro sobre la mesa. Su mirada ya no era la del joven sumiso que Ren rescató años atrás; Ben lo había moldeado bajo la estricta disciplina de la Academia de Policía. Sage sabía cómo leer un perímetro, cómo detectar una mentira y, lo más importante, cómo neutralizar una amenaza química.
—Nadler no está solo en los túneles para esconderse, Ben —explicó Sage, señalando los puntos de presión de las calderas centrales de la ciudad—. Ha estado saboteando las líneas de suministro de gas de nuestros aliados. Si corta la presión en este sector, la mitad de las fábricas de Valerius se detendrán en seco.
—Es una táctica de asedio —masculló Valerius, que limpiaba su revólver con movimientos lentos y peligrosos—. Quiere asfixiar mis finanzas para que mis hombres empiecen a dudar. Un lobo sin comida se vuelve contra su líder.
Ben asintió. Conocía ese manual de memoria. Bruce no buscaba una pelea frontal todavía; buscaba el caos.
—Jasper —ordenó Ben—. Toma a dos equipos y refuerza las válvulas principales. Pero no vayas por las calles. Usa los techos.
—Señor —intervino Leo, que había estado escuchando desde la puerta con Vlad—. Las válvulas del sector son imposibles de vigilar desde arriba. El vapor de escape es demasiado denso. Si Jasper va por los techos, estará ciego.
Ben miró a su hijo mayor. La frustración de querer protegerlo luchaba contra la lógica táctica.
—¿Qué sugieres entonces, Leo?
—Infiltración de bajo perfil —respondió el jovencito—. Alguien que no parezca una amenaza. Alguien que pueda moverse por las tuberías de mantenimiento, que son demasiado estrechas para un alfa adulto como Jasper.
Vlad dio un paso al frente, ajustándose los guantes de cuero. Su agilidad biológica lo hacía el candidato perfecto para deslizarse por los conductos donde el calor era insoportable.
—Podemos colocar sensores de movimiento en las válvulas. Si Nadler aparece, lo sabremos antes de que toque el metal.
Ben cerró los ojos un segundo. Sabía que sus hijos tenían razón. Eran las armas más eficientes que tenía, pero el miedo a perderlos era su propio "punto ciego".
—Bien —dijo Ben finalmente, aceptando la realidad—. Pero irán con Sage. Él dirigirá la operación desde la unidad de monitoreo móvil. Si las cosas se ponen feas, se retiran. No es una orden, es una ley.
Dos horas después, en el Sector 4 de Puerto Gris era una boca de lobo. El vapor amarillento cubría las calles como una sábana sucia. Sage estaba apostado en un camioneta de carga encubierto, rodeado de diales y receptores de radio. Sus manos se movían con rapidez, ajustando las frecuencias.
—Unidad uno, posición —susurró Sage por el radio.
—En posición —respondió la voz de Leo. Estaba colgado de una viga de acero, a diez metros sobre el suelo, observando la válvula principal.
—Unidad dos, dentro del conducto —dijo Vlad, cuya voz sonaba metálica debido al eco de la tubería.
El silencio se estiró. El rítmico clanc-clanc de las máquinas era lo único que llenaba el aire. De repente, Sage detectó una anomalía en su sensor de presión.
—Atención. La presión en la línea B está cayendo. No es un fallo mecánico. Alguien está drenando el gas manualmente.
En el conducto, Vladislav sintió el cambio de temperatura. El metal bajo sus manos se enfrió de golpe.
—Leo, está aquí. Pero no lo veo por la válvula. ¡Está debajo de mí!
Desde su posición, Leo vio una silueta emerger de una alcantarilla humeante. Era Nadler. El cuerpo del mendigo se movía con una eficiencia aterradora. Llevaba una máscara de gas antigua y un tanque de presión en la espalda.
Nadler no fue hacia la válvula. Fue hacia el pilar de soporte de la fábrica.
—¡Va a volar el pilar! —gritó Leo—. ¡Quiere derrumbar el edificio!
Sin esperar órdenes, Leo se soltó de la viga. Cayó con la técnica que Ben le enseñó, rodando para absorber el impacto. Antes de que Nadler pudiera colocar la carga explosiva, Leo lanzó una red de cable de acero que se enredó en las manos del asesino.
Nadler se giró con una rapidez que hizo que Leo retrocediera. El aroma a nogal negro se volvió intenso, agrio, cargado de una dominancia que buscaba aplastar la voluntad del niño.
—El hijo del Fantasma... —dijo Nadler, su voz filtrada por la máscara sonaba como una pesadilla—. Tu padre cometió el error de dejarte venir.
Nadler sacó un cuchillo corto y se lanzó contra Leo. El niño esquivó el primer tajo por milímetros, usando su navaja para desviar la hoja de acero. La diferencia de fuerza era obvia, pero Leo era más pequeño y usaba eso a su favor, pasando por debajo de los brazos del alfa.
—¡Vlad, ahora! —rugió Leo.
Vladislav salió disparado de la tubería de mantenimiento como un proyectil. No usó rayos, usó la inercia de su caída para golpear a Nadler en la espalda con una patada doble. El impacto fue seco. Nadler tropezó, pero no cayó. Se giró y atrapó a Vlad por el cuello de la chaqueta, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
—¡Sueltalo! —gritó Sage desde la radio, pero ya estaba saliendo de la camioneta con su pistola de aire comprimido cargada de dardos paralizantes.
Nadler miró a Vlad a los ojos. El pequeño alfa no lloró; le escupió en el cristal de la máscara.
—Mi papá te va a matar —siseó Vlad.
—Tu papá ya murió una vez, niño. Yo fui quien lo hizo —respondió Nadler con una calma gélida.
Justo cuando Nadler iba a lanzar a Vlad contra la pared, una ráfaga de dardos cruzó el aire. Sage había llegado, disparando con la precisión de un francotirador de élite. Dos dardos se clavaron en el hombro de Nadler, pero el hombre ni siquiera se inmutó. Su cuerpo, curtido por el dolor y los bloqueadores químicos, apenas sintió el químico.
Nadler soltó a Vlad y lanzó una granada de humo denso al suelo.
—Dile a Ben que el juego acaba de empezar —dijo la voz de Nadler perdiéndose en la nube blanca—. La próxima vez, no enviaré advertencias.
Cuando el humo se disipó, Nadler se había evaporado en la neblina de Puerto Gris.
Sage corrió hacia los niños, abrazándolos con fuerza mientras revisaba sus cuellos y extremidades. Sus manos temblaban, pero su rostro recuperó esa frialdad militar que Ben le había inculcado.
—¿Están bien? ¡Díganme algo!
—Estamos bien, tío Sage —dijo Leo, recuperando su navaja. Sus ojos azules estaban fijos en el lugar donde Nadler desapareció—. Él no quería matarnos hoy. Estaba probándonos.
Vlad se limpió la cara, su orgullo herido dolía más que su cuello.
—Se llevó la carga explosiva. Pero Leo... le quité esto.
Vlad abrió la mano. En su palma había un pequeño dispositivo de comunicación, un auricular de metal que le había arrancado a Nadler durante el forcejeo.
Treinta minutos después, de vuelta en la mansión, el ambiente era de derrota amarga. Ben escuchó el informe de Sage en silencio. Ver la marca roja en el cuello de Vlad por el agarre de Nadler hizo que sus feromonas de ozono hicieran saltar las chispas de una lámpara cercana.
—Se acabó —dijo Ben, su voz vibrando de furia—. No volverán a salir.
—¡No! —protestó Leo, dando un paso al frente—. Si nos encierras, él gana. Él quiere que tengas miedo, Papá. El auricular que Vlad le quitó... Vane dice que está conectado a una frecuencia local. ¡Podemos rastrearlo!
Ben miró a sus hijos, luego a Sage, que asintió confirmando que los niños habían actuado con una valentía y técnica impecables.
—Ben —dijo Valerius, poniendo una mano en el hombro de su esposo—. El Fantasma ya no puede pelear solo. Bruce Albor no cruzó para pelear contra un policía. Cruzó para pelear contra una dinastía. Y por lo que veo, nuestra dinastía está lista para la guerra.
Ben miró el auricular en la mano de Vlad. El miedo seguía ahí, pero el orgullo de ver en qué se estaban convirtiendo sus hijos empezó a ganar la batalla.
—Vane, rastrea esa señal —ordenó Ben, su mirada volviéndose gélida—. Leo, Vlad... mañana empiezan el entrenamiento de nivel tres. Si van a pelear contra un monstruo de mi mundo, van a necesitar conocer todos los trucos sucios que nunca quise enseñarles.
El tablero estaba roto, pero por primera vez, Ben Connors dejó de intentar salvar a sus hijos y empezó a convertirlos en sus mejores aliados.