Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 3 El rey y la bestia
El castillo Blackmoor era exactamente tan horrible como sonaba.
Piedra negra, torres que se clavaban en el cielo como puños cerrados, murallas diseñadas para decirte que no eras bienvenido. Irina lo vio aparecer entre las montañas desde la ventanilla de la camioneta de los guardias del perímetro y pensó que si alguien le hubiera pedido que dibujara el lugar más inhóspito del mundo, se habría quedado corta.
—Bienvenida al castillo Blackmoor —dijo el guardia que conducía.
—¿Bienvenida? ¿A esto? ¿Le dicen eso a todos o solo a las ofrendas?
El guardia no respondió. Probablemente no le pagaban lo suficiente para aguantar omegas sarcásticas cubiertas de barro.
Un hombre delgado de pelo gris prematuro la esperaba en las escaleras de la entrada. Tenía cara de no haber dormido bien en años y los modales de alguien que ha aprendido a ser diplomático con gente difícil.
—Soy Ezra. Beta del rey. Tú debes ser...
—La ofrenda. Sí. Irina Vólkov. —Se bajó de la camioneta y sintió cada músculo de su cuerpo quejarse al mismo tiempo—. ¿Dónde está tu rey?
—El rey no recibe visitas sin...
—Dos de sus emisarios están muertos en un camino de tierra. Los mataron forajidos. Yo conduje la camioneta hasta aquí sin saber manejar y tengo barro en lugares que prefiero no mencionar. Así que el protocolo me importa muy poco ahora mismo. ¿Dónde está?
Ezra la miró. La recorrió de arriba abajo: barro, sangre seca, vestido destrozado, y unos ojos que no pedían permiso sino respuestas.
—Sígueme —dijo.
El interior del castillo era tan acogedor como el exterior. Pasillos de piedra, techos altos, iluminación eléctrica que luchaba contra la oscuridad natural del lugar y perdía. Irina caminaba detrás de Ezra dejando huellas de barro en el suelo y sintiéndose como una mancha en un cuadro que no la quería.
El salón del trono era enorme. Al fondo, sentado en una silla de piedra tallada como si el mundo entero le debiera algo, estaba Theron Blackmoor.
Irina se detuvo.
Alto. Ancho de hombros. Pelo negro, ojos grises, mandíbula que parecía diseñada para apretar. El tipo de alfa que llena una habitación con su presencia sin necesidad de decir una palabra.
Pero Irina llevaba ocho horas de infierno encima y no estaba para impresionarse.
—¿Tú eres Blackmoor? —dijo desde la puerta.
Theron levantó la vista. La miró. Barro, sangre, pelo pegado a la cara, vestido roto. Su expresión no cambió.
—¿Y tú eres la Vólkov?
—Irina. Me llamo Irina.
—No te pregunté tu nombre.
—Y yo no te pedí opinión sobre mi aspecto, pero la estás gritando con la cara.
Ezra, detrás de ella, contuvo un suspiro.
—Mis emisarios están muertos —dijo Theron.
—Sí. Cuatro forajidos en tierra de nadie. Tus hombres no pudieron con ellos.
—¿Y tú sí? —Se inclinó hacia adelante—. Una omega sin loba contra cuatro lobos.
—Tuve suerte.
—Nadie tiene tanta suerte.
—Yo sí. Es lo único que tengo. Suerte y mal carácter. ¿Vas a explicarme qué hago aquí o seguimos jugando a las preguntas?
Theron se levantó del trono. Cuando un alfa de su tamaño se pone de pie, el espacio se encoge. Caminó hacia ella con pasos lentos, deliberados, hasta quedar a menos de dos metros. Irina tuvo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Estás aquí porque tu padre firmó un acuerdo para saldar una deuda de sangre de tres generaciones. Te quedarás hasta la ceremonia de la Luna Roja, donde seremos unidos ante la diosa luna. Es un ritual que no requiere que nos llevemos bien. Solo que estemos presentes.
—¿Y después?
—Después eres mi luna.
—¿Qué significa?
—Significa que vives aquí. Que llevas mi nombre. Y que no haces preguntas.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
Irina lo miró desde abajo. Noventa kilos de omega sin loba frente al alfa más poderoso del territorio este. Cubierta de barro, agotada, sola. Y aun así, no bajó la mirada.
—Tengo un consejo para ti también —dijo—. No me trates como un mueble. Ya tuve un padre que lo hizo durante dieciocho años. Estoy aquí porque no tuve opción, no porque quiera. Y a la primera oportunidad que tenga de irme, me voy.
Algo cruzó los ojos de Theron. No rabia. Algo más parecido a la sorpresa de alguien que esperaba sumisión y encontró dientes.
—Ezra —dijo, sin apartar la mirada de ella—. Llévala a su habitación. Ropa. Comida. Baño.
—¿Y las explicaciones? —insistió Irina.
—Las explicaciones se dan cuando yo decido darlas. Hoy no es ese día.
—Fantástico. Un padre que me ignora, una hermana que me odia, y ahora un rey que me da órdenes. La diosa luna tiene un sentido del humor asqueroso.
Theron casi —casi— movió la comisura de la boca. Pero se contuvo. Se dio la vuelta y desapareció por una puerta lateral.
Ezra la tomó del brazo con diplomacia.
—¿Siempre eres así? —preguntó mientras caminaban por el pasillo.
—¿Así cómo?
—Así de directa con alfas que pueden arrancarte la cabeza.
—Solo con los que se lo merecen.
—Vas a durar poco aquí.
—O voy a durar mucho y les voy a hacer la vida imposible. Una de dos.
Ezra casi sonrió. Casi.
—Una cosa —dijo antes de dejarla en la habitación—. Cuando caiga la noche, cierra tu puerta. No salgas. No importa lo que escuches.
—¿Por qué?
—Porque te lo estoy pidiendo, Irina. Y yo soy el único en este castillo que te está tratando como persona. Así que hazme caso en esto.
Algo en su tono la detuvo. No era una orden. Era una advertencia real, de alguien que sabe algo que no puede decir pero que necesita que le crean.
—Está bien —dijo.
La habitación era grande, fría, con una cama enorme y una ventana que daba al acantilado. Había ropa nueva doblada sobre una silla, una bandeja de comida en la mesa y toallas limpias en el baño.
Irina se duchó hasta que el agua salió limpia. Se puso la ropa nueva y la tela era suave, oscura, le quedaba como si alguien hubiera tomado sus medidas sin preguntarle— y se sentó en la cama a comer.
Se devoró todo. No había comido en más de doce horas y su cuerpo lo exigía con la urgencia de un animal que no sabe cuándo comerá otra vez.
Después se acostó. Estaba exhausta. Cada músculo le dolía, el tobillo torcido le pulsaba, y tenía el tipo de cansancio que no se cura con una siesta sino con una semana de inconsciencia.
Cerró los ojos.
Mañana voy a encontrar la forma de salir de aquí, pensó. Mañana examino las salidas, las rutas, los puntos ciegos de la vigilancia.
Se durmió en segundos.
Abrió los ojos pasada la medianoche, la habitación estaba oscura y la luna entraba por la ventana dibujando rectángulos de luz plateada en el suelo de piedra.
Algo había cambiado.
El aire estaba más pesado. Más caliente. Cargado de una electricidad que le erizó la piel y le aceleró el corazón antes de que su cerebro entendiera por qué.
Giró la cabeza hacia la puerta.
Estaba abierta.
Irina se sentó en la cama de golpe. Estaba segura de haberla cerrado. Ezra le dijo que la cerrara, pero ahora estaba abierta y en el hueco, bloqueando la poca luz que venía del pasillo, había algo.
Algo enorme.
La bestia estaba en el umbral de su puerta.
Negra. Gigantesca. Los ojos amarillos brillando en la oscuridad con esa intensidad que Irina reconoció al instante. Los mismos ojos del lago. Los mismos ojos del bosque cuando la salvó de los forajidos.
Pero ahora no había lago entre ellos. No había distancia. Solo cinco metros de suelo de piedra entre la cama y la criatura más aterradora que había visto en su vida.
El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que le dolía. Las manos le temblaban. Cada instinto de supervivencia que tenía le gritaba que corriera, que se escondiera debajo de la cama, que gritara pidiendo ayuda.
Esto es lo que Ezra no quería que viera, pensó. Esto es lo que pasa de noche en el castillo. Esto es lo que todos saben y nadie dice.
La bestia entró a la habitación.
Un paso. Dos. Cada uno hacía temblar el suelo. Se acercó a la cama con esa lentitud deliberada que ya le conocía, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no quisiera asustarla más de lo que ya estaba.
Está en mi cuarto. La cosa del lago está en mi cuarto. A las dos de la mañana. Y yo estoy en camisón.
La bestia se detuvo al borde de la cama. Bajó la cabeza. Los ojos amarillos quedaron a la altura de los de Irina.
La miró.
Irina dejó de respirar.
No te va a hacer daño, ese instinto que nació en el lago y que cada vez hablaba más fuerte. No te hizo daño en el agua. No te hizo daño en el bosque. No te va a hacer daño ahora.
Pero Irina no era estúpida. Los instintos estaban muy bien, pero la criatura que tenía delante pesaba diez veces más que ella y tenía unos colmillos que podían partir un tronco.
—Si vas a comerme —susurró, con la voz temblando, pero la mirada fija—, al menos espero que no te dé indigestión. Noventa kilos no se digieren fácil.
La bestia abrió la boca.
Irina cerró los ojos.
Un aliento caliente le dio en la cara. Después, algo húmedo y enorme le rozó la mejilla.
Abrió un ojo.
La bestia le había lamido la cara.
—¿Me acabas de...? ¿Eso fue una lamida? —Irina se limpió la mejilla con la manga—. ¿La criatura más aterradora que he visto en mi vida me acaba de lamer como un perro?
La bestia emitió ese ronroneo bajo que ya conocía. Se echó en el suelo junto a la cama con un peso que hizo temblar los muebles, apoyó la cabeza masiva sobre las patas delanteras y cerró los ojos.
Como un perro. Un perro del tamaño de un caballo con colmillos de pesadilla, echado junto a su cama como si ese fuera su lugar.
Irina se quedó sentada en la cama, con el corazón todavía desbocado, mirando a la bestia que se acomodaba a sus pies con la tranquilidad de algo que por fin encontró lo que buscaba.
¿Qué demonios está pasando?
Y debajo de esa pregunta, otra más profunda, más peligrosa, que le latió en el pecho con una fuerza que la asustó:
Esos ojos. Los del lago. Los del bosque. Y ahora aquí. Me está siguiendo. ¿Por qué me está siguiendo?
La bestia respiraba lenta, pesada. El ronroneo le vibraba en el suelo y le subía por las piernas hasta el pecho.
Irina no durmió en toda la noche.
Pero tampoco gritó.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA