“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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Promesa bajo el puente
Capítulo 3:
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La palabra se quedó colgando en el aire frío del techo. Ninguno de los tres respiró por tres segundos.
Aoi fue la primera en romper el silencio. “Ok. No. Nope. Nos bajamos. Mi mamá me mata si no estoy en mi cama a la una.” Pero no se movió. Sus manos seguían aferradas a la sudadera de Kasumi.
Aiko guardó la navaja oxidada. El metal desapareció en su bolsillo, pero el peso se quedó en el aire. “Si el portal volvió a hablar… entonces el sello de Kaeli se está rompiendo.”
“¿Sello?” preguntó Kasumi. La voz le salió más pequeña que un susurro.
“Mi abuelo me contó”, dijo Aiko, mirando hacia el bosque. Desde el techo se veía como una mancha de tinta derramada al borde de la ciudad. “Kaeli no solo cerró el portal. Lo selló con su propia sangre. Dijo que duraría cien años. Cien años exactos.”
Aoi contó con los dedos. “Cien años… hoy… Espera. ¿HOY?”
El viento les respondió con el quejido de las ramas. _Kasumi. Kasumi. Kasumi._
Kasumi se tapó los oídos. No servía. La voz estaba adentro. “Tenemos que irnos de aquí. Ahora.”
Bajaron del techo como pudieron. El shiba de Aiko ni ladró esta vez. Hasta el perro sabía que algo andaba mal.
Terminaron caminando sin rumbo. Sin hablar. Hasta que las piernas de Kasumi se detuvieron solas bajo el puente.
El puente del canal. Donde iban en primaria a tirar piedras. Donde Aoi le enseñó a andar en bici. Donde Aiko les contó que su papá se había ido.
Lugar seguro. O lo era.
Se sentaron en el concreto frío. Los tres en fila, hombro con hombro. Aoi en medio, como siempre, siendo la pegamento entre el silencio de Aiko y el ruido de Kasumi.
“Mi mamá me va a matar”, dijo Aoi al fin, pateando una piedra. “Pero más me mataría si te pasa algo y yo no estaba.”
“Mi papá…” Kasumi tragó saliva. Sabía a óxido. “Mi papá murió buscando ese portal. Mi mamá me lo dijo hoy. Por eso me encierra. Por eso me protege.”
Aiko asintió lento. “Mi familia vigila. La suya buscó. Tal vez… tal vez estamos conectados a esto desde antes de nacer.”
Kasumi se abrazó las rodillas. La sudadera gris ya no la calentaba. “No quiero ser especial. No quiero ser la elegida. Solo quiero… no sé. Ir a la escuela. Quejarme de los lunes. Comer pan.”
Aoi le recargó la cabeza en el hombro. “Pues ya ni modo. Eres especial. Te tocó. Pero eso no significa que lo hagas sola.”
Aiko extendió la mano. Con la palma arriba. Sin la navaja. Solo su mano.
“Promesa”, dijo. “Lo que venga, los tres. Como siempre.”
Kasumi miró esa mano. Luego la de Aoi, que ya estaba encima.
Su papá murió solo. Su mamá vivió con miedo sola.
Ella no tenía por qué.
Puso su mano arriba de las de ellos. Fría. Temblando. Pero ahí.
“Los tres”, susurró. “Aunque el mundo se rompa.”
Desde el fondo del puente, el agua del canal se agitó.
Como si algo, al otro lado del portal, hubiera escuchado la promesa.
Y sonriera.
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*6:47 AM. A la mañana siguiente.*
La alarma sonó y Kasumi ya estaba despierta. No durmió. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba _guerra_ rebotando en su cráneo.
Bajó las escaleras con las ojeras más marcadas que ayer. Su mamá le dejó el desayuno en la mesa y una nota: _No te acerques al bosque. Te amo._ No la esperó para despedirse.
Afuera, Aoi ya estaba gritando su nombre. Como si la noche anterior no hubiera pasado. Como si no hubieran hecho una promesa bajo un puente a la 1 AM.
“¡KASUMI! ¡Si no te apuras nos deja el semáforo!”
Aiko venía atrás, con los audífonos puestos pero sin música. Vigilando. Desde lo del techo no se le despegaba más de tres pasos.
Caminaron por la calle de los cerezos. Normal. Casi. Hasta que llegaron a la reja de la escuela.
Ahí estaban ellas.
Mika, Reina y Yuna. Las “tres reinas” de segundo año. Perfectas. Populares. Con faldas dos centímetros más cortas de lo permitido y sonrisas que cortaban.
“Wow, miren quién vino”, dijo Mika, tronándose los dedos. “La zombie de la sudadera.”
Reina se rió tapándose la boca. “¿Otra vez la misma ropa, Kasumi? ¿No te da pena? Tu mamá debería comprarte algo decente con el dinero de la panadería.”
Kasumi agachó la cabeza. Automático. Reflejo de años. Se abrazó a su mochila como escudo. Las palabras dolían más cuando mencionaban a su mamá.
“Se ve cansada”, añadió Yuna, oliendo el aire. “Huele a… ¿pan quemado? Ay no, es ella.”
Los demás alumnos pasaban de largo. Nadie se metía. Nunca se metían.
Nadie, excepto Aoi.
Aoi se plantó enfrente de Kasumi como muro. Las dos trenzas le rebotaban de la furia.
“Cierren el hocico”, escupió. “Las tres.”
Mika arqueó una ceja. “Ay, llegó la guardaespaldas. ¿Otra vez vas a llorar por tu amiguita rara, Aoi?”
“No voy a llorar”, dijo Aoi, dando un paso al frente. “Te voy a romper la nariz si vuelves a hablar de su mamá.”
El patio se quedó en silencio. Hasta Aiko se tensó, listo para intervenir.
Mika miró a Aoi de arriba a abajo. Luego a Kasumi, escondida atrás. Sonrió sin ganas.
“Tanto escándalo por la chica que habla sola”, dijo, y les dio la espalda. “Vámonos. Huele feo aquí.”
Reina y Yuna la siguieron, riéndose.
Kasumi no levantó la vista hasta que los pasos se alejaron.
Aoi se giró de inmediato. Le puso las manos en los hombros. “¿Estás bien? Idiotas. Siempre son las mismas idiotas.”
Kasumi asintió. No estaba bien. Pero con Aoi enfrente, respirando fuego por ella, dolía menos.
“Gracias”, murmuró.
Aoi le dio un zape suave en la frente. “Para eso estoy. Si te tocan, me tocan a mí. ¿Entendiste, zombie?”
Atrás, Aiko solo negó con la cabeza. Pero Kasumi lo vio. Tenía los puños apretados dentro de los bolsillos. Él no hablaba. Pero también peleaba por ella, a su modo.
Sonó la campana.
Tocaba ir a clase. A fingir que eran estudiantes normales.
Aunque las tres sabían que después de lo de anoche, “normal” ya se había acabado.