Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
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Cap. 20 La cena de los horrores
Branko escuchó el pensamiento y cerró los ojos.
—Esta noche va a ser un desastre —murmuró.
—Seguro —respondió Natalia, guardando el helado en el congelador—. Pero por lo menos habrá comida.
*_*
La mansión Sitik era más grande que la de los Santino, pero igual de fría. Paredes blancas, cuadros abstractos, muebles que parecían no haber sido usados nunca.
Natalia y Branko llegaron puntuales. Demasiado puntuales. Ana los recibió en la puerta con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.
—Pasaron, pasaron —dijo, como si fueran clientes de una tienda—. La cena está casi lista.
—Huele bien —mintió Branko.
—Gracias, hijo. Natalia, qué bonito vestido.
—Gracias, suegra —respondió Natalia, con su mejor sonrisa diplomática.
"Bonito vestido —pensó Natalia—. Bonito vestido dice mientras me mira como si fuera un insecto. Hipócrita. Igual que su marido. Hablando de su marido… ahí está."
Vladimir Sitik estaba en el salón, con su bastón de ébano y su traje impecable. Al lado, Olga, con un vestido rojo que gritaba "mírenme" y su sonrisa de abogada depredadora.
—Natalia —dijo Vladimir, asintiendo con la cabeza—. Qué bueno que viniste.
—No me dejaron opción —respondió ella—. Pero gracias por la invitación.
El sarcasmo flotó en el aire como un globo a punto de explotar.
Ana los condujo al comedor. Una mesa larga, con mantel blanco, cubiertos de plata y velas. Demasiado formal para una cena familiar. Parecía una escena de crimen.
—Siéntense —dijo Ana, señalando los puestos.
Natalia se sentó junto a Branko. Enfrente, Olga. A la cabecera, Vladimir. Ana se sentó al lado de su marido, con una botella de vino que ya llevaba media consumida.
—¿Quieres vino, Natalia? —ofreció Ana.
—No, gracias. No bebo cuando tengo que conducir.
—Branko conduce.
—Branko tiene una contusión cerebral. No conduce nadie.
Ana apretó los labios. Vladimir carraspeó.
—Bueno —dijo Vladimir, levantando su copa—. Brindemos por la familia.
—Por la familia —repitieron todos, menos Natalia.
"Por la familia —pensó Natalia, mientras Branko escuchaba—. La familia Sitik. Donde el padre engaña a la madre con la secretaria de veintipocos, la madre bebe vino como si fuera agua, la hija sale con un estafador y el hijo se casó conmigo por contrato. Qué familia. Qué hermoso legado. Debo huir, esto aprece contagioso"
Branko bajó la mirada. Estaba escuchando cada palabra. Y le dolía. No por él. Por Natalia. Porque ella veía todo el horror con claridad.
—Natalia —dijo Olga, cortando el silencio—. Nos enteramos de que pediste el divorcio.
—¿Ah, sí? —Natalia arqueó una ceja—. ¿Y quién les dijo?
—No importa quién —intervino Ana—. Lo importante es que es verdad.
—Es verdad —admitió Natalia—. Pedí el divorcio. Pero luego cambiamos de opinión.
—¿Cambiaron de opinión? —preguntó Vladimir, con incredulidad.
—Sí. Ahora estamos en periodo de prueba. Tres meses. Para ver si esto funciona.
—¿Tres meses? —Olga soltó una risa burlona—. ¿En serio? ¿Tres meses para decidir si amas a mi hermano o no?
—El amor no se decide en un plazo fijo —respondió Natalia—. Pero sí se puede evaluar. Como una inversión. O un proyecto empresarial.
—¿El matrimonio es un proyecto empresarial para ti? —preguntó Ana, con desprecio.
—Lo fue al principio. Para todos. Ustedes lo hicieron un contrato. No yo.
El silencio fue incómodo. Branko puso una mano en la rodilla de Natalia, debajo de la mesa. Ella no la apartó.
"No me aparta —pensó Branko—. Otra vez no me aparta. Tal vez los tres meses sean posibles."
*_*
La cena continuó. Sirvieron la sopa. Natalia comió en silencio, pero su mente era un volcán en erupción.
"Aquí está mi suegro, don Viagra —pensó, mientras Branko casi se atraganta con la sopa—. Ya esas pastillas le van a afectar el corazón. Tuvo una reunión con el cardiólogo la semana pasada. Lo sé porque mi asistente vio su coche en el estacionamiento. Trepador de mierda. Si sigue así, no llega a los sesenta. Viejo potroso"
Branko tosió. Ana lo miró con preocupación.
—¿Estás bien, hijo?
—Sí, sí. La sopa… muy caliente.
—Ten cuidado.
"Hablando de cuidados —continuó Natalia—. Mi suegra, la alcohólica. Pobre mujer. No sabe que su marido la engaña. O lo sabe y prefiere beber antes que enfrentarlo. Qué vida. Qué tristeza. Y encima se cree superior a mí. Porque yo soy 'la advenediza', 'la que no es de su clase'. Pobre ilusa. Su clase es un chiste con patas. Espero que haya budin de chocolate o me voya enojar."
Branko apretó la cuchara con fuerza. Estaba escuchando todo. Y no podía reírse. No delante de su familia.
—Natalia —dijo Olga, rompiendo el silencio—. ¿Has conocido a mi novio? Es empresario. Muy exitoso.
—No, no lo he conocido —respondió Natalia—. Pero he oído hablar de él.
—¿Qué has oído?
—Cosas. Nada importante.
"Mentirosa —pensó Branko—. Ha oído todo. Sabe que es un estafador. Sabe que tiene ETS. Sabe más de su vida que su propia madre."
—Es un hombre maravilloso —continuó Olga, con orgullo—. Tenemos planes de mudarnos juntos.
—Qué bonito —dijo Natalia, con una sonrisa falsa—. Ojalá te vaya bien.
"Pobre Olga —pensó Natalia—. Si supiera que su novio es un desgraciado, un estafador de primera. Espero que no se haya acostado con ese maldito. Tiene una ETS, ¿sabes? Y no es fácil de tratar. He enviado a que le frustren los encuentros románticos varias veces. Pero ojalá y no se me hayan escapado. Soy muy buena. No, en realidad, soy muy mala. Si yo no follo, nadie folla."
Branko se llevó la servilleta a la boca. No para limpiarse. Para disimular la risa.
Porque Natalia acababa de admitir, en su pensamiento, que había saboteado los encuentros románticos de su cuñada.
—¿Te pasa algo, Branko? —preguntó Ana—. Tienes la cara roja.
—Es la sopa —mintió él—. Muy picante.
—La sopa no pica.
—Entonces es el vino.
—No has bebido vino.
—Entonces… es el amor. El amor pica.
Todos lo miraron como si hubiera crecido una segunda cabeza.
"El amor pica —pensó Natalia—. ¿En serio dijo eso? ¿Mi marido, el hombre de hielo, acaba de decir 'el amor pica' delante de su familia? Estoy soñando. O él está soñando. O los dos estamos en coma. ¿Y donde rayos esta mi budin?, ya estoy de mal humor"
Branko escuchó el pensamiento y quiso hundirse en la silla.
Pero no se hundió. Porque debajo de la mesa, Natalia le había apretado la mano.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.