Tras un accidente todos creen que Clara ha perdido la memoria. Ella permite que así sea luego de darse cuenta de que su reciente esposo y la supuesta amiga de él parecen haber estado engañandola desde antes del matrimonio.
Pero lo peor no es eso, lo peor viene cuando se da cuenta de que han tramado una red de mentiras entre las cuales existe un "esposo" del que ella no tiene idea.
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La llegada de alguien nuevo
La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda, bañando la suite en un tono ámbar que suavizaba los bordes afilados de la realidad de Clara. Como cada mañana desde que regresó del hospital, el ritual se repetía con una precisión casi religiosa. Matías entró en la habitación portando una bandeja de plata: café recién hecho, frutas cortadas con exactitud y una sola rosa blanca que parecía un tributo a una difunta.
Clara lo observó desde la cama. Sus ojos, antes nublados por el trauma, ahora eran dos lentes pulidas que grababan cada gesto del hombre que pretendía ser su dueño. Matías se movía con una elegancia contenida, pero había algo en la rigidez de sus hombros que gritaba arrepentimiento.
—Esta tarde vendrá el fisioterapeuta que contraté —dijo él, sin mirarla directamente mientras se situaba frente al espejo para ajustar el nudo de su corbata de seda azul—. Es el mejor de la ciudad.
Clara notó la ironía. Matías quería sanar su cuerpo, quizás para compensar el hecho de que estaba ayudando a destruir su vida. A pesar de la falsedad de su situación, Clara no podía negar que había una extraña paz en esos momentos compartidos. Matías no era Julián; no había crueldad en sus gestos, ni esa mirada de posesión lasciva que caracterizaba a su verdadero esposo. Había, en cambio, una decencia residual que no encajaba en la suciedad de la conspiración de los Salvatierra.
—Ok —respondió ella, dejando la taza de café sobre la mesa de noche. Fingió una duda repentina, una chispa de confusión amnésica—. Por cierto... Matías.
Él se giró, con la mano aún en el cuello de su camisa.
—Dime.
—No encontré mi móvil entre las pertenencias que me entregaron en el hospital. Lo he buscado por toda la habitación, pero no está. Tal vez lo perdí en el accidente... o alguien lo olvidó allí.
Clara observó la reacción de Matías con la agudeza de un halcón. Sabía que su teléfono era una bomba de tiempo llena de fotos con Julián y mensajes que delataban su verdadera relación. Si Julián era inteligente, ya lo habría destruido. Pero necesitaba ver si Matías era capaz de mentirle a la cara.
—Podría ser... —dijo él, y Clara detectó una mínima vacilación en su voz—. Enviaré a alguien al hospital hoy mismo para averiguar qué pasó con tus objetos personales. No te preocupes por eso ahora, lo importante es tu rehabilitación.
—Gracias —murmuró ella, bajando la mirada para ocultar el brillo de sospecha en sus ojos.
Matías asintió con un movimiento seco de cabeza. Parecía ansioso por salir de la habitación, por escapar de la atmósfera cargada de esa intimidad fraudulenta. Recogió su maletín y se dirigió hacia la puerta con pasos rápidos. Pero cuando su mano estuvo sobre la fría manija de metal, la voz de Clara, teñida de una nostalgia perfectamente ensayada, lo detuvo en seco.
—¿Por qué te vas así, Matías?
Él se detuvo, pero no se giró de inmediato. El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse. Finalmente, se volvió hacia ella con una expresión de absoluto desconcierto.
—¿A qué te refieres? Tengo reuniones en el estudio, Clara. El proyecto del museo no puede esperar.
—Me refiero a nosotros —dijo ella, sentándose en el borde de la cama, dejando que su camisón de seda resbalara un poco por su hombro, mostrando su fragilidad—. Te vas sin despedirte como un hombre recién casado se despediría de su esposa. Como si fuera una extraña a la que vienes a visitar por cortesía.
La incertidumbre cruzó el rostro de Matías como una sombra. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el maletín.
—Yoooo... —balbuceó, perdiendo por completo su compostura profesional.
—¿Acaso no nos llevábamos bien antes del accidente? —continuó Clara, forzando un temblor en su voz—. ¿O es que te arrepentiste de que nos hubiéramos casado? A veces siento que me miras con... con culpa, Matías. Y no entiendo por qué.
—¡No! —soltó él con una urgencia que rayaba en la desesperación. Dio dos pasos hacia ella, impulsado por una emoción que no pudo contener—. Yo no me he arrepentido de nada, Clara. Jamás. Es solo que... no quiero presionarte. Estás intentando recuperar tus recuerdos. No quiero forzar una intimidad que tu mente aún no reconoce. No quiero que te sientas mal por no recordar cómo éramos.
Clara lo miró fijamente, permitiendo que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Era el cebo perfecto.
—Entiendo tu respeto, y te lo agradezco. Pero a pesar de que no recuerdo los detalles, mi cuerpo y mi corazón necesitan sentir algo familiar. Te agradecería que me trataras como antes lo hacías. Quizás de esa manera, rodeada de tu afecto, pueda recordar más rápido. ¿No te parece que sería lo mejor para los dos?
Matías sintió una oleada de remordimiento tan física que casi lo hizo tambalear. Estaba frente a la mujer que su hermano había despreciado y que él mantenía cautiva en una red de engaños. La ironía de que ella le pidiera amor para "recordar" una mentira era una tortura china.
Tras un suspiro tembloroso, Matías dejó el maletín en el suelo y se acercó a ella. Se inclinó, invadiendo el espacio personal de Clara con su aroma a colonia cara y madera.
—Tienes razón —susurró, su voz cargada de una ternura que Clara supo que no era fingida—. Lo siento. He sido un tonto al intentar poner distancia.
Se inclinó más y depositó un beso suave y prolongado en su frente. Sus labios permanecieron allí un segundo más de lo necesario, y Clara pudo sentir cómo el pulso de Matías se aceleraba contra su piel.
—Nos vemos más tarde, cariño —añadió él en un susurro antes de incorporarse, recoger sus cosas y salir de la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas.
Clara se quedó sola. La expresión de vulnerabilidad desapareció de su rostro en un segundo, siendo reemplazada por una frialdad quirúrgica. Se limpió la lágrima con el dorso de la mano.
Mientras tanto, en la planta baja, la atmósfera era radicalmente distinta. El vestíbulo de la mansión parecía el centro de mando de una campaña militar. Julián y Lucía iban y venían, rodeados de carpetas, muestras de telas y catálogos de banquetes. La boda, programada para dentro de un mes, era la prioridad absoluta.
—No quiero flores blancas, Julián —decía Lucía con voz cortante mientras revisaba una tableta—. Quiero algo más dramático. Orquídeas negras y calas. Algo que diga que esta no es una boda ordinaria.
Julián, que estaba revisando unos documentos, apenas levantó la vista.
—Haz lo que quieras, Lucía. Solo asegúrate de que Roberto esté satisfecho con la logística. Mi padre no tolera los errores.
—Tu padre está encantado conmigo —replicó ella con una sonrisa triunfal, acariciando su vientre todavía plano—. Especialmente ahora que sabe que el futuro de su apellido está aquí dentro. ¿Cómo sigue la "enferma" de arriba?
—Matías se encarga —respondió Julián con desdén—. Está tan obsesionado con redimirse que la trata como si fuera una santa. Es patético, pero nos sirve. Mientras ella crea que Matías es su marido, no hará preguntas sobre mí.
Lucía se acercó a él y le quitó el bolígrafo de la mano, obligándolo a mirarla.
—Asegúrate de que siga así, Julián. No quiero sombras cuando nos casemos, Clara tiene que ser solo un recuerdo borroso en un rincón de esta casa, o mejor aún, en una clínica especializada lejos de aquí.
A las tres de la tarde, el timbre de la mansión sonó. Hattie, la ama de llaves, condujo al visitante hasta la suite de Clara.
—Señora Clara, el fisioterapeuta está aquí —anunció la mujer con su habitual tono neutral.
El hombre que entró en la habitación no parecía un médico experimentado. Era joven, de unos treinta y cinco años, con una complexión atlética y unos ojos grises que irradiaban una inteligencia punzante. Llevaba un maletín profesional, pero su actitud era relajada, casi demasiado para el estándar de los Salvatierra.
—Buenas tardes —dijo él, extendiendo una mano—. Soy Marcos Salles. El señor Salvatierra me contrató para que volvieras a caminar como si nunca hubiera pasado nada.
Clara lo observó mientras estrechaba su mano. Marcos tenía un apretón firme, y por un segundo, ella sintió que él la miraba de una manera diferente. No con lástima, no con sospecha, sino con una curiosidad profesional que parecía buscar algo más allá de la lesión física.
—Mucho gusto, Marcos —dijo Clara, sentándose derecha—. Espero que seas tan bueno como Matías dice.
—Soy mejor —respondió él con una sonrisa arrogante pero encantadora—. Pero para que esto funcione, necesito que seas honesta conmigo sobre el dolor. El físico... y el otro.
Clara arqueó una ceja. «El otro dolor». ¿Era una frase hecha o Marcos Salles sabía más de lo que aparentaba?
—Empecemos por el físico —dijo ella, señalando su pierna—. El otro no es asunto de tu competencia.
Marcos soltó una risita suave mientras sacaba sus instrumentos de evaluación.
—Ya veremos, Clara. En mi experiencia, el cuerpo no sana si la mente está guardando secretos. Y algo me dice que en esta casa, los secretos son el plato principal.
Clara se tensó. Había encontrado a su primer hilo. Marcos Salles no era un empleado sumiso de los Salvatierra; era un extraño que veía las grietas. Y ella estaba dispuesta a tirar de ese hilo hasta que toda la estructura empezara a desmoronarse.
Marcos que noticias traerá y si encontró el vehículo que la atropello.
Como harán porque Clara algún día tiene que dejar de fingir la amnesia allí que dirá o que hará Julian y la Lucia 🤔🤔🤔❓❓❓
Veremos que noticias trae Marcos 🤔🤔🤔❓❓❓
Regresa Marcos después de una semana veremos si encontró el vehículo y que paso con el.