Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 16
El silencio…
Era insoportable.
No había disparos.
No había gritos.
No había caos.
Y aun así…
Araiya sentía que todo se estaba rompiendo.
No afuera.
No en el mundo.
Dentro de ella.
Habían pasado días.
Lentos.
Pesados.
Interminables.
Días que no se medían en horas…
sino en latidos contenidos.
en miradas evitadas.
en palabras que nunca salieron.
Desde aquella noche.
Desde aquel momento.
Desde él…
Entre la vida y la muerte.
La habitación permanecía en calma.
Demasiado.
Una calma falsa.
Frágil.
Como si en cualquier segundo pudiera quebrarse en mil pedazos.
El sonido constante de los monitores.
La respiración controlada.
El olor a hospital impregnándolo todo.
Todo…
Le recordaba lo cerca que estuvo de perderlo.
Y lo peor…
No era eso.
Era lo que sintió.
No se había separado.
No realmente.
Pero tampoco se había acercado.
Se mantenía ahí.
Observando.
Cuidando.
Pero sin tocar.
Sin hablar.
Como si cruzar esa línea…
fuera más peligroso que cualquier enemigo.
Porque ahora lo sabía.
Y eso…
lo complicaba todo.
No era gratitud.
No era costumbre.
No era protección.
Era algo más.
Algo que no podía controlar.
Algo que no podía ignorar.
Algo que no quería nombrar…
Porque si lo hacía…
ya no habría forma de retroceder.
Y eso…
La asustaba más que la guerra.
Un movimiento.
Leve.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Araiya se tensó.
Su respiración se detuvo por un segundo.
—…
Sus ojos se abrieron.
Lentos.
Pesados.
Pero conscientes.
Y en ese instante…
el mundo volvió a moverse.
Andrés había despertado.
Sus miradas se encontraron.
Y todo lo que no se dijeron en días…
quedó suspendido entre ellos.
Silencio.
Pero no uno cualquiera.
Uno cargado.
Denso.
Peligroso.
De esos que dicen más que cualquier palabra.
—Despertaste…
Su voz fue baja.
Casi un susurro.
Como si temiera que hablar demasiado fuerte…
rompiera algo que aún no entendía.
Pero él…
No sonrió.
No respondió de inmediato.
Solo la miró.
Fijamente.
Intensamente.
Como si estuviera buscando algo en ella.
O peor…
Confirmando algo.
—¿Cuánto tiempo?
Su voz salió áspera.
Débil.
Pero firme.
—Tres días.
Silencio.
Tres días.
Para él…
un vacío.
Para ella…
una eternidad.
—Sobreviviste.
Una pausa.
—Por poco.
Eso…
No sonó a alivio.
Sonó a reproche.
A cálculo.
A algo que ya estaba analizando incluso antes de recuperarse por completo.
—¿Qué pasó?
Preguntó.
Directo.
Sin rodeos.
Sin emoción aparente.
—Te atacaron.
—Lo sé.
Su mirada cambió.
Se endureció.
—¿Por qué fui solo?
Silencio.
Araiya no respondió.
No de inmediato.
Porque la respuesta no era simple.
Porque la verdad…
iba a doler.
—Te lo pregunté.
Su tono subió apenas.
Pero lo suficiente para tensar el aire.
—¿Por qué?
Araiya lo miró.
Firme.
Directa.
Sin retroceder.
—Porque quisiste.
Silencio.
Y ahí…
Algo se encendió.
No como una explosión.
Sino como una chispa peligrosa…
de esas que terminan incendiándolo todo.
Las palabras chocaron.
Directas.
Sin filtro.
—No era seguro.
—Nada lo es.
—Yo puedo manejarlo.
—No siempre.
El aire se tensó.
No era una conversación.
Era un choque.
De ideas.
De orgullo.
De formas de sobrevivir.
—Esto no es un juego.
Su voz se endureció.
Más fría. Más firme.
—Si te hubiera pasado algo—
—¿A mí?
Lo interrumpió.
Y esa sola palabra…
llevaba fuego.
—A TI fue al que casi matan.
Silencio.
Pesado.
Cortante.
—Precisamente por eso.
Su mirada se volvió intensa.
Peligrosa.
—No voy a permitir que te expongas.
—No eres mi dueño.
El mundo…
Se detuvo.
No hubo sonido.
No hubo movimiento.
Solo esa frase…
Que cayó como un golpe directo al pecho.
—No dije eso.
—Pero actúas como si lo fueras.
Silencio.
—No necesito que me controles.
Cada palabra…
Golpeó.
—Necesito decidir por mí misma.
Andrés apretó la mandíbula.
Se le notaba en los ojos.
En la tensión del cuello.
En la forma en que contenía todo lo que quería decir…
y no decía.
—Y esa decisión casi me cuesta la vida.
Eso…
La detuvo.
Solo un segundo.
Pero lo suficiente para que el dolor pasara por su mirada.
Y aun así…
No retrocedió.
—No.
Negó.
Su voz fue firme.
Más de lo que se sentía por dentro.
—Lo que casi te cuesta la vida fue tu necesidad de hacerlo todo solo.
Silencio.
—De creer que puedes cargar con todo.
Una pausa.
—Y dejar a los demás afuera.
Eso…
Dolió.
Porque no era una acusación vacía.
Era verdad.
Y las verdades…
siempre golpean más fuerte.
Porque ya no estaban peleando contra el enemigo.
No en ese momento.
Estaban peleando entre ellos.
Y eso…
Era más peligroso que cualquier bala.
El silencio que siguió…
No fue vacío.
Fue denso.
Incómodo.
Doloroso.
Como si el aire mismo pesara.
Andrés no apartó la mirada.
Pero tampoco cedió.
—No entiendes.
Su voz fue más fría ahora.
Más controlada.
Demasiado controlada.
—Esto no es sobre lo que quieres.
Araiya se tensó.
—Claro que lo es.
—No.
Negó.
—Esto es sobre lo que necesitas.
Algo en ella…
Se quebró.
Pero no se notó.
—¿Y tú decides eso?
Su tono ya no era calmado.
—¿Decides qué necesito?
—Decido lo que te mantiene viva.
Silencio.
Eso…
La golpeó más de lo que esperaba.
—No soy débil.
Susurró.
Pero no sonó frágil.
Sonó firme.
Dolido.
—Nunca dije eso.
—No hace falta.
Lo miró directo.
Sin miedo.
Sin bajar la mirada.
—Actúas como si lo fuera.
—Estoy tratando de protegerte.
—¿De quién?
Una pausa.
Lenta.
Peligrosa.
—¿Del enemigo… o de ti?
Eso…
No fue una pregunta.
Fue un golpe.
Directo.
Sin defensa posible.
La mandíbula de Andrés se tensó.
—No voy a discutir esto.
—Claro que no.
La ironía en su voz…
cortó más que un grito.
—Porque cuando algo no te gusta…
Se detuvo.
Pero no porque no tuviera qué decir.
Sino porque sabía que lo siguiente…
lo iba a romper todo.
—Lo controlas.
—Suficiente.
Su voz subió.
Por primera vez.
Y eso…
Lo dijo todo.
—Casi muero, Araiya.
Silencio.
—¿Eso no te dice nada?
Lo hacía.
Pero no como él creía.
—Sí me dice.
Su voz bajó.
Pero no perdió fuerza.
Nunca la perdió.
—Me dice que no puedo perderte.
Eso…
Lo detuvo.
Un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente para que algo cambiara en su mirada.
Y aun así…
No fue suficiente.
—Y también me dice…
Continuó.
—que no voy a vivir encerrada por miedo.
Silencio.
—Ni siquiera por ti.
Y entonces…
Pasó.
—Entonces vete.
La frase cayó.
Fría.
Cortante.
Irreversible.
Como un disparo que no se puede detener.
Araiya no reaccionó de inmediato.
Porque a veces…
El dolor no llega como explosión.
Llega como vacío.
—¿Qué?
—Si no puedes seguir las reglas…
Su mirada fue dura.
Demasiado.
—No te quedes.
Eso…
Dolió.
Más que cualquier herida.
Más que cualquier pelea.
Porque no fue rabia.
Fue decisión.
—¿Reglas?
Repitió.
Y en esa palabra…
había incredulidad.
Había dolor.
—¿Eso soy para ti ahora?
Silencio.
—¿Alguien que tiene que obedecer?
Él no respondió.
Y eso…
Fue peor.
Mucho peor.
Araiya respiró.
Profundo.
Pero no para calmarse.
Para no romperse ahí.
—Está bien.
Dio un paso atrás.
Y ese paso…
Se sintió como una distancia imposible de recuperar.
—Si eso es lo que quieres…
Otra pausa.
—Lo voy a hacer.
No gritó.
No lloró.
No discutió más.
Y eso…
Fue lo que más dolió.
Porque cuando alguien deja de pelear…
No es porque perdió.
Es porque decidió soltar.
—Araiya—
La llamó.
Pero ya era tarde.
Siempre lo es…
cuando las palabras correctas llegan después.
Ella se detuvo.
Sin voltear.
Porque si lo hacía…
Tal vez no se iría.
—Cuídate.
Susurró.
Y esa vez…
Sí sonó a despedida.
La puerta se cerró.
Suave.
Pero el impacto…
Fue brutal.
Como si algo invisible se rompiera entre ellos.
Algo que no hacía ruido…
Pero que sostenía todo.
Andrés no se movió.
No habló.
No reaccionó.
Pero por dentro…
Todo estaba en tensión.
La habitación volvió a quedarse en calma.
Como antes.
Pero ya no era la misma.
Ahora…
Se sentía vacía.
Fría.
—…mierda.
Murmuró.
Bajo.
Cansado.
No por la herida.
Por ella.
Por lo que acababa de pasar.
Sabía que se había ido.
Sabía que la había empujado.
Y aun así…
No se levantó.
No la siguió.
No la detuvo.
Porque una parte de él…
Creía que era lo correcto.
Pero otra…
No estaba tan segura.
—No puedo perder el control.
Se dijo.
—No ahora.
Pero lo había hecho.
No en la pelea.
En ella.
Araiya caminaba.
Sin rumbo fijo.
Sin mirar a nadie.
Sin detenerse.
Pero cada paso…
Pesaba.
No lloró.
No ahí.
No frente a nadie.
Pero por dentro…
El golpe seguía.
—Reglas…
Susurró.
Como si aún no pudiera creerlo.
No era lo que dijo.
Era cómo lo dijo.
Frío.
Distante.
Como si ella fuera un problema.
No alguien importante.
Pero lo era.
Y eso…
Dolía más.
Se detuvo.
Respiró.
Profundo.
Lento.
Como si necesitara reconstruirse desde cero.
—Está bien.
Susurró.
Pero ya no con tristeza.
Con algo más peligroso.
Decisión.
—Si eso es lo que quiere…
Alzó la mirada.
Y en sus ojos…
Ya no había duda.
—Entonces lo va a tener.
Porque si él quería distancia…
La iba a tener.
Si él quería control…
Ella le iba a demostrar algo.
Que no lo necesitaba.
No así.
—No soy débil.
Se dijo.
Y esta vez…
No fue una defensa.
Fue una verdad.
Andrés cerró los ojos.
Por un momento.
Y en ese segundo…
Recordó.
Su voz.
Su mirada.
Sus palabras.
“Cuídate.”
Eso…
No fue solo una palabra.
Fue un límite.
Uno que él mismo había cruzado.
—¿Qué hiciste…?
Murmuró.
Por primera vez…
Sin certeza.
Sin control.
Porque ahora…
Ya no tenía a Araiya cerca.
No porque no quisiera.
Sino porque la alejó.
Y eso…
Cambiaba todo.
Porque el peligro seguía.
El enemigo seguía.
La guerra apenas empezaba.
Pero ahora…
Ya no estaban juntos.
Y eso los hacía más vulnerables…
que cualquier ataque.
Porque algunas decisiones…
No se pueden deshacer.
Y algunas palabras…
No se pueden olvidar.
Y ahora…
Ambos tenían que enfrentar algo nuevo.
No solo al enemigo.
Sino a la distancia entre ellos.
El pasillo se quedó en silencio.
Pero no en calma.
En ese tipo de silencio que pesa…
que observa…
que espera que algo se rompa.
Y algo ya se había roto.
No fue la confianza.
No del todo.
Fue algo más sutil.
Más peligroso.
La forma en la que se veían.
La forma en la que se necesitaban…
y no sabían cómo manejarlo.
Araiya no se detuvo esta vez.
No miró atrás.
Porque hay momentos…
en los que mirar atrás
es lo único que puede hacerte quedarte.
Y quedarse…
ya no era una opción.
No después de eso.
No después de cómo la miró.
Como si protegerla
fuera más importante que escucharla.
Como si cuidarla
significara decidir por ella.
Y eso…
No era amor.
O al menos…
no el tipo de amor que ella estaba dispuesta a aceptar.
—No así…
Susurró para sí misma.
Casi sin voz.
Pero con una claridad que no había tenido antes.
Porque el problema nunca fue el peligro.
Fue él.
Y lo que hacía cuando tenía miedo.
Controlar.
Cerrar.
Alejar.
Y ahora…
Ella iba a hacer lo contrario.
Aunque doliera.
Aunque la rompiera un poco por dentro.
Aunque significara…
alejarse de la única persona
que realmente había logrado entrar en su mundo.
—Si duele…
Respiró hondo.
—Entonces es real.
Y eso era suficiente.
Suficiente para no huir.
Pero sí para no quedarse en lo mismo.
Dentro de la habitación…
El silencio volvió a caer.
Pero ya no era el mismo.
Antes era espera.
Ahora…
Era ausencia.
Andrés abrió los ojos lentamente.
Y por primera vez desde que despertó…
No buscó respuestas.
Buscó algo más.
A ella.
Pero no estaba.
Y ese pequeño detalle…
Golpeó más fuerte que cualquier herida.
—Genial…
Murmuró con ironía.
Pero no había nada de gracioso en eso.
Porque lo sabía.
Sabía exactamente en qué momento
todo se había salido de control.
No cuando lo atacaron.
No cuando casi muere.
Sino cuando decidió…
que protegerla era más importante
que respetarla.
Cerró los ojos con fuerza.
—La cagaste.
Sin adornos.
Sin excusas.
Verdad directa.
Pero aun así…
No se levantó.
No la siguió.
No intentó arreglarlo.
Porque en su mente…
El riesgo seguía siendo real.
El peligro seguía ahí afuera.
Y ella…
Era parte de eso ahora.
—No puedo perderla…
Susurró.
Y ahí estuvo el problema.
No era que no quisiera que se fuera.
Era que no sabía cómo tenerla cerca…
sin sentir que podía perderla en cualquier momento.
Y eso…
Lo volvía peligroso.
Para ella.
Y para él.
Afuera…
El mundo seguía igual.
Gente caminando.
Conversaciones.
Ruidos normales.
Pero para Araiya…
Nada era normal.
Porque cuando algo cambia dentro de ti…
Todo lo demás se siente distinto.
Más frío.
Más distante.
Más real.
Se detuvo finalmente.
No porque quisiera.
Sino porque su cuerpo ya no podía seguir ignorando
lo que sentía.
Cerró los ojos.
Y por un segundo…
Todo regresó.
Su voz.
Su mirada.
Ese “entonces vete”.
Y ahí…
Dolió.
De verdad.
No como enojo.
No como orgullo.
Como pérdida.
—Idiota…
Murmuró.
Pero no sabía si hablaba de él…
o de ella.
Porque quedarse…
también había sido una opción.
Y no la tomó.
Respiró.
Profundo.
Lento.
Como si intentara no romperse en ese mismo lugar.
—Esto no se acaba aquí…
Susurró.
Y en esa frase…
Había promesa.
Pero también advertencia.
Porque si algo era claro ahora…
Era que lo que tenían
no se había terminado.
Solo había cambiado.
Y lo que viene después de un cambio así…
Nunca es sencillo.
Porque el enemigo seguía.
La guerra seguía.
Pero ahora había algo más.
Algo que podía destruirlos incluso antes
de que cualquier bala lo hiciera.
Distancia.
Orgullo.
Miedo.
Y sentimientos…
Que ninguno de los dos sabía manejar.
Porque a veces…
El verdadero peligro
no es perder a alguien en una batalla.
Es perderlo…
Cuando aún sigue vivo.