Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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3. Adiós, Alisson
El aire dentro de la pequeña capilla estaba viciado, una mezcla densa de cera quemada, lirios marchitos y el olor penetrante de la madera pulida.
Jeremy se mantuvo cerca de la puerta trasera, con la espalda apoyada contra la pared fría que le ofrecía una falsa sensación de seguridad.
El lugar era ridículamente pequeño, una sala de espera más que un recinto para despedidas. Demasiado pequeño para contener la vida que Alisson había tenido, demasiado pequeño para la ausencia que ahora dejaba.
Desde su posición en la penumbra del fondo, observó las cabezas inclinadas. Contó doce personas. Doce. La cifra le pareció insultante, una aritmética cruel que no cuadraba con la mujer que él recordaba.
No reconoció a la mayoría de los asistentes; eran siluetas grises, abrigos oscuros y hombros encorvados que podrían haber pertenecido a cualquier extraño en la calle. Sin embargo, cuando su mirada recorrió la sala, se topó con tres rostros que desenterraron de la memoria nombres que no quería pronunciar.
Una mujer con un sombrero de velo, un hombre calvo con un traje que le quedaba grande en los hombros. Al sentir la mirada de Jeremy clavada en sus nuca, la mujer ajustó su velo con un movimiento brusco y el hombre se concentró obsesivamente en el anillo que giraba en su dedo meñique.
Evitaban sus ojos con una técnica estudiada, como si su presencia fuera la peor molestia de sus vidas.
El foco de la habitación, sin embargo, era la caja de madera oscura situada frente al pequeño púlpito. El ataúd estaba cerrado.
Jeremy sintió un tirón en el estómago, una punzada física y aguda. La tapa de caoba brillaba bajo la luz tenue de las velas, impenetrable y definitiva. Le molestaba más de lo que había anticipado. No había despedida visual, no había oportunidad de reconciliar la imagen de la mujer vibrante y viva que existía en su mente con la fría realidad de la muerte.
La madera le negaba el cierre visual que su cerebro, irracionalmente, exigía. Era una barrera, un muro silencioso que le gritaba que no tenía derecho a verla, no ahora, no después de todo este tiempo. Sus dedos comenzaron a tamborilear incontrolablemente contra su muslo, un ritmo nervioso que intentó frenar cruzando los brazos con fuerza.
El sacerdote terminó su oración con rapidez. No hubo homilías largas, ni anécdotas reconfortantes, solo el final burocrático de una existencia. Uno por uno, los doce asistentes se levantaron.
Jeremy no se movió. Se quedó como una estatua en la puerta, observando cómo la fila avanzaba hacia la caja, depositaba una flor o una palmada en la madera y se dirigía hacia la salida, donde el sol de la tarde los esperaba con indiferencia.
Esperó. Contó los segundos hasta que la última de las figuras desconocidas cruzó el marco de la puerta y el ruido del tráfico exterior reemplazó al silencio de la sala. La capilla quedó vacía, salvo por él y el ataúd.
Fue entonces cuando sus pies, que hasta ese momento habían estado clavados en el suelo, se movieron por su cuenta. No había una decisión consciente, ninguna lógica que le dijera que acercarse era una buena idea. No tenía claro por qué estaba ahí, realmente.
No después de cómo habían terminado, con gritos y puertas cerradas que resonaron durante una década. No después de diez años de silencio cómplice donde ninguno de los dos se atrevió a tender un puente. Y, sin embargo, el pasillo se sentía largo bajo sus pasos, acercándolo inexorablemente a la caja.
Se detuvo frente a la madera oscura. De cerca, el olor a laca era más fuerte, casi químico. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó la rosa que había comprado en un puesto de calle en el camino. Un gesto simple, casi absurdo, pensó mientras observaba los pétalos rojos brillantes contra el terciopelo opaco de la alfombra. La sostuvo entre sus dedos, sintiendo la suavidad de la flor y la dureza de las espinas que le pinchaban ligeramente la yema del dedo.
Finalmente, se inclinó y depositó la flor sobre la tapa del ataúd. La rosa rodó ligeramente antes de quedarse quieta, una mancha de sangre en la superficie oscura.
- “Llegué tarde”, murmuró Jeremy.
No sabía exactamente a quién le hablaba. A ella, a la versión de Alisson que existía dentro de esa caja. A sí mismo, al hombre que había huido en lugar de quedarse a luchar. Al tiempo, que se había llevado todas las segundas oportunidades.
El silencio no respondió. No hubo eco, ni consuelo, ni siquiera el reproche que esperaba. Solo el zumbido bajo de un fluorescente defectuoso en el techo.
Jeremy se mantuvo allí, inmóvil, observando la rosa. Algo dentro de su pecho cedió, la presión que llevaba en los hombros desde que colgó el teléfono con Marcos cambió de forma, volviéndose más aguda, más localizada.
Una lágrima, caliente y rápida, escapó del rincón de su ojo izquierdo y trazó una línea por su mejilla antes de que pudiera levantar la mano para detenerla. No fue un sollozo, ni un estallido; fue simplemente una rendición física, un fallo en las compuertas que había construido con tanto cuidado durante años. Se quedó mirando la mancha húmeda en la manga de su camisa, sintiendo la sal secarse sobre su piel.
Jeremy apretó la mandíbula, los músculos saltando bajo la piel, molesto consigo mismo por esa muestra de debilidad inesperada. Respiró hondo por la nariz, inhalando el aroma a cera y flores, y dio un paso atrás, separándose del ataúd como si la madera tuviera temperatura.
- “Adiós, Alisson”, dijo Jeremy.
Esta vez, las palabras salieron con un peso diferente, sin la vacilación anterior. Lo dijo en serio, intentando inyectar en esa frase la finalidad que la situación requería.
Y aun así, mientras se giraba hacia la salida y sus ojos se ajustaban a la luz del día que inundaba el marco de la puerta, no se sintió como un final. Se sentía como el comienzo de algo mucho más complicado, como el primer compás de una música que no quería escuchar. La rosa sobre la madera oscura fue lo último que vio antes de dar la espalda a la sala, sabiendo que el silencio que dejaba atrás no era paz, sino un “hubiera” que no sabía si iba a poder sacar de su cabeza.