"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
NovelToon tiene autorización de rosse 345 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9: LA JAULA DE ORO
—A partir de ahora, mi nombre es Rose —sentencié.
El Viejo asintió con una gravedad que me dio escalofríos.
—Bien, Rose. Te vienes con nosotros. El Pistolero te entrenará, pero esto no es algo que se pueda hacer aquí. Vámonos.
Antes de partir, les pedí un último favor: pasar por la casa de la señora para recoger lo único que me quedaba en el mundo. Al llegar, ella me miró con una tristeza profunda, preguntándome si estaba segura de que ese era el destino que quería para mi vida.
—Es el único camino que me queda —le respondí.
Ella me abrazó y me dijo que siempre sería bienvenida. Fue la primera persona, además de mi madre, que fue buena conmigo. Se lo agradecí con el alma, tomé la urna de cenizas y me subí al coche negro que me esperaba.
Viajamos durante un tiempo que me pareció eterno hasta que nos detuvimos frente a una verja inmensa.
—Bienvenida a la finca, niña —dijo el Viejo—. Nadie sabe que este lugar existe. Aquí vivirás y aquí aprenderás todo. Pistolero, te la encargo. Que nadie la vuelva a lastimar.
—Descuide, jefe. Yo la cuidaré. Ya nadie te tocará, Rose. Sígueme.
Cuando bajé del coche, me quedé sin aliento. Era una mansión imponente, rodeada de verde y custodiada por hombres armados.
—¡Wow! ¡Esto es una casota! —exclamé sin poder evitarlo. El Pistolero se rió.
—Y espera a que la veas por dentro. Vas a ser la primera mujer en entrar al clan.
Al cruzar el umbral, el lujo me golpeó. Mármol, lámparas de cristal, techos altos.
—Mira, mamita... siempre soñaste con una casa de princesa —susurré para mis adentros, apretando la urna contra mi pecho.
El Pistolero me presentó con el personal de servicio.
—Ella es Rose, la nueva integrante de la casa. Trátenla bien.
Una de las señoras, con cara amable, me ofreció comida, pero mi estómago estaba cerrado por la impresión. Subimos a la planta alta y nos detuvimos ante una puerta blanca y pesada.
—Esta será tu habitación.
Al entrar, me quedé muda. Tenía un ventanal inmenso con una vista hermosa de los campos. Por un segundo, una chispa de la vieja Luna brilló en mis ojos al ver tanta belleza.
—Jejeje, aún tienes algo de niña —comentó el Pistolero. Me puse seria de inmediato—. Perdona, Rose. Te dejaré para que te acomodes. Sé que no tienes ropa, así que después te llevaré de compras para que elijas a tu gusto.
—¿Comprar ropa? —pregunté. Nunca había estrenado nada en mi vida. Él notó mi asombro y prefirió darme espacio.
—Baja en media hora. Te espero en la sala.
Cuando cerró la puerta, coloqué la urna de mi madre en una mesita frente al ventanal.
—Para que disfrutes la vista, mami. Te prometo que me vengaré. Ya no saldrán más lágrimas de dolor de mis ojos. Ahora solo habrá fuego.
Me metí a la ducha, peleando un rato con la grifería moderna hasta que logré que el agua saliera. Al verme al espejo sin ropa, el corazón se me apretó. Mis brazos estaban marcados por cicatrices, mi cuerpo lleno de moretones amarillentos y tenía zonas calvas en la cabeza por los tirones de pelo de mi padre y de Jordan. Me puse un gorro para ocultar el desastre y bajé.
El Pistolero me vio los brazos y el cuello, y sus ojos se endurecieron al notar el mapa de violencia en mi piel. Salimos al patio, donde convocó a todos los guardias.
—Señores, les presento a Rose. Pronto se unirá a nuestras filas.
Un chico joven se soltó una carcajada burlona.
—¿Una niña? ¿En serio?
El Pistolero le puso el cañón de su pistola en la frente en menos de un segundo. El silencio fue absoluto.
—¿Qué te hace tanta gracia? A partir de ahora, la van a cuidar como si fuera su familia. Al que se atreva a tocarla o a faltarle al respeto, lo mato yo mismo. ¿Quedó claro?
—¡Sí, señor! —respondieron todos a coro.
Yo los miraba con una frialdad que los incomodaba. No sentía miedo. Ya había estado en el infierno, ¿qué podían hacerme ellos?
Más tarde, fuimos a una tienda de ropa. Fue una sensación extraña elegir cosas nuevas. Compré suéteres anchos, gorros, monos y zapatos cómodos. Todo oscuro, todo hecho para ocultar lo que era y lo que llevaba marcado en el cuerpo.
—¿En serio vestirás siempre así? —me preguntó el Pistolero al ver mi elección.
—¿Qué tiene de malo? —respondí—. Las sombras no necesitan adornos.
Él solo asintió y me entregó un sobre con documentos.
—Aquí está tu nueva identidad. Luna Mongoberry ha dejado de existir legalmente. Ahora, ante el mundo, eres Rose.
Tomé el sobre. Rose. La chica con espinas. La que iba a quemar el mundo de quienes la hicieron llorar.