Del dolor al amor
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11
Me quedé inmóvil, observando la escena desde una distancia que me permitía procesar lo que mis ojos veían. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Gitta reír de esa manera; no era la risa de cortesía que le daba a mi padre, ni la risa juguetona que compartía con Otto. Era una risa que sonaba a vida, a descubrimiento, a una conexión eléctrica que yo, en mi rigidez de mármol, no había sido capaz de proporcionarle. Ese pequeño ser de cabellos en tonos pastel no la miraba como a una niña rica o como a un objeto de cuidado; la trataba con un respeto profundo, la escuchaba con una atención genuina y, sobre todo, parecía entender perfectamente el idioma de la fantasía en el que Gitta vivía.
—Mira eso, Bruno —susurró Otto a mi lado, con una voz despojada de su usual sarcasmo—. Es magia pura.
Me acerqué lentamente, sintiéndome como un intruso en un jardín secreto. Al llegar a la mesa, la joven levantó la vista. Tenía unos ojos vivaces que contrastaban con la melancolía de la tarde gris.
—Disculpe la interrupción —dije, tratando de recuperar mi tono de voz profesional, aunque sentía que mi armadura de CEO se caía a pedazos—. Mi hija parece haber decidido que usted es una autoridad en el mundo de las hadas.
Ella soltó una carcajada suave, cerrando su libreta de bocetos.
—Es un honor que no me tomo a la ligera, señor. Su hija es una experta en telas esponjosas y, por lo que veo, una hada de alto rango. Mi nombre es Elara.
—Soy Bruno Von Hardenberg —me presenté, sintiendo por primera vez que el apellido pesaba menos—. Veo que es artista.
Elara asintió, señalando sus cuadernos y sus manos ligeramente manchadas de grafito.
—Estudiante de último año de Bellas Artes. El arte es mi forma de entender el mundo, aunque a veces el mundo no entienda el arte.
Me fascinó la naturalidad con la que hablaba. No había rastro de la condescendencia que tanto odiaba, ni del interés rapaz que había visto en las candidatas de la mañana. Había una honestidad vibrante en ella, una energía que parecía calentar el aire a su alrededor. Fue entonces cuando Otto, fiel a su naturaleza impulsiva y a su capacidad de leer lo que yo no me atrevía a decir, dio un paso al frente.
—¡Es perfecto! —exclamó Otto, haciendo que Gitta diera un salto de alegría—. ¡Es absolutamente perfecto! Elara, ¿verdad? Soy Otto, el hermano no biológico de este señor gruñón. Escucha, hemos pasado el día entero entrevistando a sargentos de hierro y a mujeres que creen que los niños son accesorios de lujo. Buscamos a alguien que cuide a la pequeña zarina, alguien que hable su idioma y que no se asuste con un poco de purpurina.
Miré a Otto, horrorizado por su falta de protocolo, pero él me ignoró por completo.
—El trabajo es tuyo si lo quieres —continuó Otto, ignorando mi mirada asesina—. Pagamos una fortuna, tendrás tu propio estudio de arte en la mansión si quieres, y lo más importante: podrás salvar a esta niña de morir de aburrimiento con su padre.
Elara se quedó muda por un segundo, mirando a Otto, luego a mí, y finalmente a Gitta, que la miraba con unos ojos llenos de una esperanza que me desgarró el alma. Yo estaba a punto de disculparme por el atrevimiento de mi amigo, pero al ver la mano de Gitta aferrada al abrigo de Elara, las palabras de mi madre en el hospital resonaron en mi cabeza: "Gitta te necesita vivo... no puedes seguir cuidándola desde las sombras".
—Sé que es impulsivo —dije, suavizando mi tono y mirando directamente a Elara—, y mi amigo no tiene ningún sentido del decoro. Pero tiene razón en algo: mi hija ha conectado con usted en dos minutos más de lo que lo ha hecho con cualquier otra persona en meses. Mi madre está enferma y no puede ocuparse de ella. Necesitamos a alguien... yo necesito a alguien que traiga un poco de color a esa casa.
Elara miró a Gitta, quien le susurró: "¿Vendrás a mi castillo de hadas?". Una sonrisa lenta y decidida se dibujó en los labios de la estudiante de arte.
—No sé mucho de mansiones ni de apellidos importantes —dijo Elara, mirándome sin miedo—, pero sé mucho de castillos de hadas. Si el señor "gruñón" está de acuerdo, me encantaría intentarlo.
Otto soltó un grito de triunfo que hizo que varios clientes de la pastelería se voltearan. Yo, por mi parte, sentí que una pequeña grieta se abría en el muro de hielo que me rodeaba. No sabía si estaba cometiendo el mayor error de mi vida o si finalmente estaba permitiendo que la luz entrara en la mansión Von Hardenberg. Pero al ver la sonrisa de Gitta, supe que, por primera vez en cuatro años, no estaba tomando una decisión corporativa, sino una decisión del corazón.