Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 9
La euforia de la victoria en la junta de accionistas se disipó con la misma rapidez con la que el sol se oculta tras los rascacielos. De regreso en la mansión, el silencio ya no era de complicidad, sino de una inquietud latente. Francisco, estimulado por el triunfo, se sentía más alerta que nunca. Sus sentidos, agudizados por la falta de vista, captaban cada matiz del aire: el olor a papel viejo de los archivos que Andrea aún llevaba impregnado, su respiración, que seguía siendo demasiado corta, y un nuevo aroma, sutil y químico, que no lograba identificar.
Andrea se había retirado a la cocina para preparar un té, dejando su bolso sobre la mesa de entrada. Fue un descuido mínimo, un desliz de alguien cuyo cuerpo está empezando a rendirse ante el agotamiento. Francisco, que caminaba por el vestíbulo practicando su orientación sin bastón, pasó cerca de la mesa y, al intentar estabilizarse, rozó el bolso. Este cayó al suelo, volcando su contenido con un sonido seco sobre el mármol.
—¿Andrea? —llamó él, pero ella no respondió; el sonido del agua hirviendo en la cocina amortiguaba su voz.
Francisco se puso de rodillas, maldiciendo su vulnerabilidad. Empezó a tantear el suelo para recoger las pertenencias de ella: un monedero de cuero gastado, un juego de llaves, un labial... y entonces, sus dedos se cerraron sobre un objeto cilíndrico de plástico. Era un frasco pequeño. Al agitarlo, el sonido de las pastillas chocando contra las paredes del envase le resultó extraño. No eran muchas, tal vez tres o cuatro, pero pesaban en su mano como si fueran de plomo.
Acercó el frasco a su nariz. No olía a nada, pero la textura de la etiqueta bajo sus yemas era rugosa, con letras impresas que no podía descifrar.
—¡Francisco! —el grito de Andrea llegó cargado de un pánico que no pudo ocultar.
Sintió sus pasos rápidos acercándose. Ella se arrodilló frente a él y, con una urgencia que rayaba en la violencia, le arrebató el frasco de la mano. Francisco sintió el roce de sus dedos; estaban más fríos que nunca, una frialdad que parecía emanar de sus propios huesos.
—Se me cayó el bolso —dijo él, su voz tranquila, casi demasiado—. ¿Qué es eso que guardas con tanto celo, Andrea? Suena a medicación seria.
Andrea guardó el frasco en el bolsillo de su traje con un movimiento espasmódico. Intentó estabilizar su voz, pero Francisco notó el leve temblor en su mandíbula.
—Son solo vitaminas, Francisco. Vitaminas de alta concentración. El médico me las recetó por la anemia. Ya sabes, el estrés de estos días, las noches sin dormir en el archivo... me han dejado un poco baja de defensas.
—Vitaminas —repitió Francisco, saboreando la palabra como si fuera ceniza—. No sabía que las vitaminas causaran ese miedo en tus ojos cuando alguien las toca.
—No es miedo, es privacidad —replicó ella, ayudándolo a levantarse—. No estoy acostumbrada a que nadie registre mis cosas.
Ella lo guio hacia el sofá, pero Francisco sintió que el vínculo de confianza que habían forjado en la junta se agrietaba. Ella le mentía. Podía sentir el calor de la mentira irradiando de su cuerpo. Andrea no tomaba vitaminas; Andrea tomaba algo que la mantenía en pie a duras penas, algo que explicaba su pulso errático y su piel de porcelana a punto de quebrarse.
Esa noche, Francisco no pudo dormir. Se quedó sentado en la cama, en la oscuridad total que ya no le asustaba tanto como el misterio que caminaba por los pasillos de su casa. En su mente, reconstruía cada detalle de Andrea: su forma de caminar, sus pausas para tomar aire, su negativa a comer alimentos pesados.
Si ella era su socia, si ella era su "GPS del alma", ¿por qué ocultaba algo tan vital? La sospecha de traición había muerto, pero en su lugar había nacido una obsesión mucho más peligrosa: la necesidad de poseer la verdad absoluta sobre ella.
A primera hora de la mañana, Francisco llamó a su estudio a Marcos, su asistente de seguridad y hombre de máxima confianza, el único que no se había vendido a los Valois.
—Marcos, necesito que hagas algo por mí. Y necesito que Andrea no se entere —dijo Francisco, con la barbilla apoyada en sus manos entrelazadas.
—Dígame, señor.
—Ayer, mientras recogía sus cosas, logré identificar un patrón en la etiqueta de un frasco. Era un relieve pequeño, un logo circular en la parte superior derecha de la farmacia. Andrea dice que son vitaminas, pero quiero que rastrees las farmacias especializadas cerca del hospital central. Busca a alguien que haya retirado medicación para la arritmia severa o fallos degenerativos.
—Señor, eso es información médica privada, es difícil de...
—No me importa el costo, Marcos. Solo necesito saber qué está matando a la mujer que me devolvió la vida —la voz de Francisco se quebró por un instante, revelando una vulnerabilidad que lo asustó hasta a él mismo.
Mientras Marcos iniciaba su investigación en la sombra, la tensión en la mansión se volvió sofocante. Francisco empezó a "cazar" los sonidos de Andrea. Escuchaba el click del frasco abriéndose tres veces al día. Notaba cómo, después de ingerir la pastilla, ella permanecía inmóvil durante diez minutos, esperando que el químico hiciera efecto.
Un día, mientras ella le leía las noticias internacionales, Francisco la interrumpió abruptamente.
—¿Cómo se llaman, Andrea?
Ella dejó de leer. El silencio se prolongó durante varios latidos.
—¿Qué cosa?
—Las vitaminas. He pensado que quizá yo también debería tomarlas. Me siento... cansado.
Andrea tragó saliva. Francisco escuchó el movimiento de su garganta.
—No creo que te convengan. Son específicas para mi tipo de sangre y mi deficiencia de hierro. El doctor Méndez es muy estricto con eso.
Doctor Méndez.
Francisco anotó el nombre en su memoria con la precisión de un grabador. No eran vitaminas. El tono de voz de ella al mencionar al doctor era el de alguien que habla con su verdugo o con su único salvador.
La revelación parcial
Al final de la semana, Marcos entró en el estudio de Francisco. Cerró la puerta con llave y se acercó al escritorio.
—Señor, he encontrado algo. No pude entrar en los registros del hospital, pero seguí el rastro del mensajero de la farmacia "La Esperanza". Hacen entregas especiales en esta dirección tres veces por semana.
—¿Y qué entregan? —preguntó Francisco, inclinándose hacia adelante, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—No es hierro, señor. Es Digoxina y un compuesto experimental de bloqueadores beta. Es una medicación de último recurso para pacientes con insuficiencia cardíaca congestiva o... —Marcos hizo una pausa, midiendo sus palabras— o para personas que esperan un trasplante que no llega.
Francisco sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. No era un amante, no era Sotomayor, no era una estafa. Era la muerte. Andrea estaba muriendo frente a sus ojos nublados y él, en su egoísmo, la había obligado a subir escaleras, a pasar noches en vela y a luchar sus batallas legales.
En ese momento, Andrea entró en el estudio con una bandeja de té. Francisco olió el aroma del jazmín mezclado con ese matiz químico que ahora identificaba con claridad. Era el aroma de la resistencia.
—Gracias, Marcos. Puedes retirarte —dijo Francisco con una voz que sonaba como si viniera de ultratumba.
Cuando se quedaron solos, Francisco se levantó. Caminó hacia ella, no con la duda de un ciego, sino con la determinación de un hombre que acaba de ver la luz más dolorosa de su vida. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Podía oler su perfume, podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ese calor que ahora sabía que era una llama que se extinguía.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él. No había rabia, solo una tristeza infinita que inundó la habitación.
Andrea dejó la bandeja sobre la mesa con un ruido metálico. Sabía que la habían descubierto. No preguntó cómo. Simplemente suspiró, un sonido largo y cansado que pareció vaciar sus pulmones.
—Porque si lo sabías, dejarías de verme como a tu socia y empezarías a verme como a una enferma —respondió ella, con una calma que le rompió el corazón a Francisco—. Y yo no vine aquí para que me cuidaras, Francisco. Vine aquí para que aprendieras a cuidarte solo antes de que yo ya no pueda hacerlo.
Francisco extendió la mano y buscó el rostro de Andrea. Sus dedos rozaron sus labios, sus mejillas húmedas por una lágrima silenciosa, y finalmente se posaron sobre su pecho, justo encima de donde el corazón de ella libraba su batalla perdida.
Sentía el latido. Débil, errático, pero increíblemente valiente.
—No me importa el trasplante, no me importa la medicina —susurró Francisco, acercando su frente a la de ella—. No voy a dejar que te apagues. He pasado demasiado tiempo en la oscuridad como para perder la única luz que me importa.
Ellos dos abrazados en el centro del estudio, rodeados de secretos revelados y una verdad devastadora: el tiempo, el único enemigo al que Francisco no podía comprar ni humillar legalmente, se les estaba escapando entre los dedos como arena fina. La obsesión de Francisco ya no era el poder, sino cómo detener el reloj biológico de la mujer que le había enseñado que el alma tiene ojos que nunca quedan ciegos.
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