Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
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Capítulo 8
El viento golpeaba mi cara mientras la ciudad pasaba rápido a nuestro alrededor.
Me sentía ligera. Libre. Pero, por un instante, una sensación extraña me recorrió el estómago… como si algo me estuviera observando. No dije nada. Solo aceleré un poco más, intentando que desapareciera.
—Quiero ver la cara de todos cuando lleguemos —dije, sonriendo—. Sobre todo cuando vean mi moto.
Tay soltó una risa suave, casi tímida.
—Todavía no puedo creer que digas tu apodo ahí…
—¿“Crazizita”?
Asintió, con una sonrisa curiosa.
—Sí… suena interesante. ¿De dónde salió?
Por un segundo dudé. No por falta de respuesta, sino porque no suelo contar esa parte de mí.
Pero él… no se siente como cualquiera.
—Pensé que mis papás se iban a divorciar —dije, bajando un poco la velocidad—.
Un silencio se instaló entre nosotros. No era incómodo; era intenso.
—En ese tiempo… me refugié en todo —continué—. Libros, música, películas… incluso escribí canciones.
Aprieto un poco el manubrio.
—Me volví… una mezcla rara.
—Buena… pero también difícil —dijo Tay, con la voz más suave de lo habitual.
Lo miré de reojo.
—No dejaba que nadie se metiera conmigo. Ni siquiera mi propia familia.
Tay no interrumpió. Solo escuchó. De verdad. Y eso… ya decía mucho.
—¿Tienes alguna frase? —preguntó después de unos segundos.
Sonreí. Claro que sí.
—La inventé yo.
Respiré hondo.
—Si el mundo te trata mal… no tienes por qué ser como él. Pero si te trata bien… tienes que responder igual.
El viento me envolvió otra vez, pero esta vez no solo era velocidad. Era confianza. Y un pequeño cosquilleo de… algo más.
—Es muy buena —dijo Tay, bajando un poco la mirada—.
Lo miré y noté algo profundo en su expresión. Algo que iba más allá de una simple sonrisa.
—A mí me pasó algo parecido con mi familia —añadió, sin pedir permiso ni explicar demasiado. Solo estaba ahí, y eso decía todo.
Por primera vez desde que subí a la moto, no me sentí sola en lo que soy. Y aun así, un pensamiento fugaz me cruzó la mente: “Esto se siente bien… pero ¿qué pasa si confío demasiado rápido?”
—Ya casi llegamos —dije, mirando al frente.
Tres cuadras. Tres… y de repente, la emoción se mezcló con un leve nerviosismo. Como si algo en la ciudad me recordara que no todo sería perfecto.
—¿Podemos ir más rápido? —pregunté, sonriendo para ocultar la inquietud.
Tay levantó una ceja, divertido.
—No me digas que te gusta la velocidad.
—Me encanta —dije. Y esta vez… aceleré.
El motor rugió bajo nosotros.
El viento me golpeó otra vez, y esta vez no solo me sentí libre… me sentí alerta. Como si la noche estuviera a punto de cambiar.
La moto se detuvo frente a la prepa.
El motor dejó de rugir, pero la adrenalina todavía me recorría el pecho.
Levanté la mirada y los vi. Todos. Sus expresiones cambiaron al instante: curiosidad, sorpresa, emoción… y algo más que no podía descifrar del todo.
Tay bajó primero y me tendió la mano.
—¿Lista?
Lo miré un segundo… y sonreí.
—Siempre.
Toqué el suelo con mis pies y de inmediato las preguntas comenzaron a llover:
—¡Cris! ¿De quién es la moto?
—Está increíble.
—¿Desde cuándo manejas así?
Reí, un poco nerviosa por todas las miradas que nos rodeaban.
—Es mía —dije con naturalidad—. Mis papás me la regalaron.
Hubo un silencio breve. Uno de esos silencios que parecen decir: esto no lo esperábamos.
Antes de que pudiera reaccionar más, solté la bomba.
—Y tengo otra noticia.
Todas las miradas se clavaron en mí.
—¿Quieren saber?
—¡Sí!
Sonreí, y lo dije sin rodeos:
—Voy a tener un hermanito.
Hubo un segundo de pausa absoluto. Luego… el caos.
—¡¿QUÉ?!
—¡No puede ser!
—¡Cris!
Las risas, los abrazos, los gritos… todo explotó alrededor de mí.
Sentí calor subir a mis mejillas, mezcla de emoción y… algo más. Tay me miraba con intensidad, con una sinceridad que me hizo sonreír sin poder evitarlo.
—Con la hermana mayor que va a tener… —dijo Tay, como un comentario casual pero cargado de significado— seguro va a salir increíble.
Me congelé un instante. No por el mensaje, sino por cómo lo dijo. Directo. Sin juego.
—Tay… —susurré.
—La pusiste roja —rió uno de los chicos.
Intenté responder, pero las palabras se me escapaban. Y eso… no me pasaba seguido.
—Ven —dijo Tay suavemente, tomando mi mano—. Vamos adentro.
Caminé con él, sintiendo cada mirada que nos seguía. Pero esta vez… no me incomodaba.
No estaba sola. No del todo.
Y en mi pecho, una mezcla de emoción, nervios y anticipación crecía. Algo me decía que esta llegada no era solo un momento feliz… sino el inicio de algo que cambiaría todo.
Entramos juntos al salón.
El ruido me envolvía, música, risas, conversaciones cruzadas… pero yo sentía algo diferente.
No era obvio, no era inmediato… pero había un cambio en el aire. Una sombra que anticipaba problemas.
Tay apretó ligeramente mi mano, y de repente me sentí protegida… pero también expuesta.
Mi corazón latía más rápido, no solo por la emoción, sino por esa sensación extraña que recorría mi pecho.
—Cris… —dijo Andrea, acercándose un poco más—. Tenemos que decirte algo.
Su tono ya no era ligero. Era serio.
—¿Qué pasó? —pregunté, intentando mantener la calma.
Las demás chicas se miraron entre sí, evaluando quién hablaría primero.
—Tay… —dijo finalmente Fernanda— tuvo una novia aquí.
Mi mirada se dirigió automáticamente hacia él. Tranquilo, sereno… ajeno a lo que pasaba en mi mente.
—¿Y? —pregunté, manteniendo un hilo de control.
—No terminaron bien —continuó Andrea—. Ella le fue infiel.
Silencio. Corto. Suficiente para que cada palabra calara profundo.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Andrea bajó un poco la voz, pero sus ojos me lo dijeron todo:
—Se llama Livier. Y no es… precisamente tranquila.
El nombre cayó como una advertencia. No había exageración, no había dramatismo innecesario… solo verdad.
—¿Qué significa eso? —pregunté, con el estómago encogido.
—Que no le gusta perder —añadió Fernanda—. Y cuando alguien le estorba… lo hace notar.
Mi respiración se aceleró. No por miedo inmediato, sino por la claridad de que el escenario estaba cambiando.
Nuevo lugar. Nueva gente. Nueva historia.
Y alguien que ya estaba antes que yo.
Respiré hondo, levanté la mirada y sentí algo que no había sentido antes: respeto mezclado con alerta.
—Gracias por decirme —dije, con voz firme, pero calmada.
Se sorprendieron un poco, quizás esperaban otro tipo de reacción.
—Pero se metió con la persona equivocada —añadí, y esta vez mi sonrisa no fue dulce. Fue distinta. Determinada.
Hice una pausa, respirando.
—Y porque sé defenderme.
Las miré a todas.
—Si alguien se mete con ustedes… con Tay… o conmigo…
Mi voz bajó, pero cada palabra tenía peso.
—…va a conocer exactamente hasta dónde puedo llegar.
Silencio. Un silencio que esta vez no era incómodo.
Era respeto.
En algún lugar del salón… sin que todavía lo vieran… la historia acababa de cambiar.
Las chicas se alejaron, mezclándose con el resto, como si nada hubiera pasado.
Risas. Música. Normalidad.
Pero yo sabía que algo había cambiado. Y no era solo mi percepción.
Del otro lado del salón, Tay estaba con los chicos, hablando en voz baja.
Demasiado baja para ser casual.
—Amigo… —dijo uno, dándole un leve golpe en el hombro—. Tenemos que decirte algo.
Tay frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Intercambiaron miradas, como midiendo cuánto revelar.
—Las chicas hablaron con Cris —dijo finalmente uno.
Tay apretó la mandíbula apenas. Imperceptible… pero real.
—¿Y?
—No le tiene miedo —susurró el otro.
El silencio pesó. No cualquier silencio, sino uno cargado de intención.
—¿A quién?
—Livier.
El nombre cayó como una advertencia invisible. Los ojos de Tay se estrecharon, y yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—¿Qué más dijeron?
—Que si alguien se mete con ustedes… o con ella… —el chico sonrió, una sonrisa cargada de peligro y complicidad— …van a conocer sus puños.
Tay soltó una pequeña risa, pero no de burla. Fue de reconocimiento.
—Eso suena exactamente a Cris —dijo, atento—. Pero vamos a estar preparados.
Uno de los chicos se inclinó aún más cerca del grupo, bajando la voz casi hasta un susurro.
—Si vamos a hacer esto… hagámoslo bien.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tay, curioso.
—Que votemos por ustedes —anunció, con complicidad total.
Silencio. Los chicos se miraron, procesando la idea.
—Tiene sentido —dijo uno finalmente—. Sería perfecto.
—Y la haría enojar muchísimo —añadió otro, con un brillo travieso en los ojos.
Tay automáticamente buscó mi mirada entre la multitud.
Me encontró. Y por un segundo… todo el ruido desapareció.
—No sé si… —dijo, dudando levemente.
—Sí sabes —lo interrumpí mentalmente, sintiendo la sincronía perfecta—. Solo no quieres decirlo.
Sonrió, serio esta vez.
—Háganlo —ordenó el chico al final. Pausa.
—Pero sin que se entere Livier. Ni una palabra frente a ella ni sus amigas.
—Perfecto. —Tay respiró hondo, y su mirada buscó la mía—. Perfecto.
Sentí un escalofrío de anticipación. Silencioso. Invisible. Pero poderoso.
Mientras la música seguía, todos fingían normalidad.
Pero en realidad, una pequeña guerra acababa de comenzar.
Y yo… estaba justo en el centro.
El DJ cambió el ritmo. Electrónica. Las luces giraban al compás, llenando el salón de energía.
Sentí la música antes de pensarla, como si cada latido de mi corazón se sincronizara con el bajo.
Y entonces lo vi. Tay ya estaba de pie, esperándome.
—¿Bailamos… mi reina? —preguntó con una sonrisa que encendió algo en mi pecho.
Sonreí, dejando que mis nervios se mezclaran con la emoción.
—Sí… mi rey.
Cuando comenzamos a movernos, todo desapareció. La gente. El ruido. El mundo.
Solo quedábamos nosotros… y la música.
Me dejé llevar, cada movimiento fluyendo sin esfuerzo, como si mi cuerpo recordara exactamente lo que hacer.
Tay no dudó, no falló, me seguía. Y eso… me sorprendió. Me hizo sentir ligera, libre… y viva.
—Bailas increíble —dijo, acercándose un poco más—.
—Tú tampoco te quedas atrás —respondí, sin dejar de girar, sin dejar de sentirlo.
La música subía, y con ella, la tensión entre nosotros. Cada gesto, cada mirada, cada roce de manos tenía peso.
No era solo baile. Era conexión, química y… anticipación.
Después de unos minutos, sentí cómo mi cuerpo empezaba a cansarse.
—Vamos a sentarnos… —dije, con voz jadeante pero feliz—. Luego seguimos.
—Sí —respondió—. Además, escuché que van a traer a una cantante para la coronación.
Eso llamó mi atención.
—¿En serio? —pregunté, intrigada.
—Sí —dijo Tay, con esa sonrisa traviesa que empezaba a conocer bien.
—Y los reyes abrirán el baile —añadió, suavemente.
Me senté, el corazón todavía acelerado, sintiendo cómo la tensión entre nosotros crecía sin que nadie más lo notara.
—¿Dónde aprendiste a bailar así? —preguntó Tay, mirándome con admiración.
—Sola —respondí, encogiéndome de hombros—. Bueno… una de mis músicas favoritas.
Él me observaba como descubriendo algo nuevo, como si cada movimiento mío contara una historia que solo él podía leer.
—Eres una caja de sorpresas —susurró, y mi corazón dio un vuelco.
—No tanto… —respondí, aunque sabía que sí lo era.
La música cambió a pop, más lenta, íntima. Tay se levantó otra vez y me extendió la mano.
—¿Otra? —preguntó.
Tomé su mano sin dudar. Esta vez era diferente: más cerca, más lenta, más intensa.
Se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel:
—Cantas muy bonito…
Su voz era suave pero firme, cálida y cercana.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Justo cuando el momento se volvía demasiado real… demasiado intenso…
La música se cortó.
Silencio.
La directora subió al escenario:
—Lo siento, jóvenes —dijo—. Ya pueden comenzar las votaciones para rey y reina del baile.
La magia no desapareció… pero la tensión se volvió tangible.
Nos sentamos, y algo dentro de mí no estaba igual. Lo sentí. Antes de entenderlo…
—Amigo… —susurró uno de los chicos—. Cuidado.
Tay se tensó, alerta.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Livier… viene para acá.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Tay me abrazó. Fuerte. Protector. Como si ya supiera.
Levanto la mirada y allí estaba ella. Livier. Caminando directo hacia nosotros, sus ojos fríos, calculadores… sin rastro de paz.
—¿Tay… bailas conmigo? —preguntó Livier.
Silencio. Tenso. Corto.
Y él respondió, sin dudar:
—No, Livier.
El mundo pareció detenerse un segundo. Nunca la habían rechazado así.
Sus ojos se llenaron de enojo, su orgullo herido.
Se fue, pero no tranquila… su mirada era advertencia pura.
La música volvió, pero el aire ahora estaba cargado de tensión.
—¿Todo bien? —pregunté, todavía entrelazada con Tay.
—Sí —dijo, aún alerta—. Quédate conmigo, ¿sí?
No hice preguntas. Solo asentí. Porque ya sabía que esto apenas empezaba.
La música seguía… pero ya no era la misma.
El ambiente había cambiado sutilmente.
No todos lo notaban, pero yo sí.
Tay tampoco.
Las luces bajaron ligeramente, y una sombra se movió cerca del escenario.
Mi estómago se apretó. Algo no estaba bien.
—¿Nos sentamos? —preguntó Tay.
Estaba a punto de aceptar cuando uno de sus amigos llegó corriendo, con el rostro serio.
—¡No se sienten! —advirtió.
Tay frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
—Vimos a Livier haciendo algo… con las sillas donde estaban ustedes —dijo el chico, jadeando ligeramente.
Silencio. No cualquier silencio, sino uno cargado de miedo y urgencia.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué tipo de “algo”? —pregunté, casi susurrando.
—No estamos seguros… pero no se veía bien —respondió él.
Tay me rodeó con su brazo, firme y protector.
—Yo me encargo de Cris —dijo, con voz dura, lista para actuar.
Asentí, confiando en él, aunque mi cuerpo no dejaba de temblar ligeramente.
—Livier no es alguien que se quede tranquila cuando no consigue lo que quiere —agregó Tay.
Mientras tanto, dentro del salón, todo seguía moviéndose rápido.
—Directora —dijo uno de los chicos—, Livier volvió a hacer algo.
—Vamos —ordenó la directora, con voz fría y decidida—. Revisen todo.
Lo encontraron: tornillos flojos en las sillas donde estábamos, estructura inestable, lista para una caída humillante… y un bote de pintura colgando sobre la pista de baile, mal colocado, listo para caer sobre alguien en el momento exacto.
El peligro era real.
Mi respiración se aceleró, y por primera vez, la adrenalina se mezcló con miedo genuino.
—Esto no fue solo por celos, ¿verdad? —pregunté a Tay.
Él negó con la cabeza, firme.
—Fue para hacerte daño.
Mi corazón se encogió. No por mí, sino por lo lejos que alguien podía llegar solo por no perder.
Los amigos de Tay intervinieron rápidamente.
—¡Ya está todo arreglado! —dijo uno—. Pueden entrar, casi anuncian a los ganadores.
Tay me miró con intensidad.
—¿Lista?
Respiré hondo.
—Lista.
Entramos, como si nada hubiera pasado. Pero todo era distinto. Las luces, el sonido, el aire… incluso la gente parecía moverse en cámara lenta.
La tensión seguía palpable, invisible para los demás, pero nosotros la sentíamos en cada latido.
Sabía que esta noche no era solo sobre coronas y baile.
Era sobre vigilancia, estrategia y supervivencia.
Livier había dejado claro que no jugaba limpio.
Y yo… apenas estaba entendiendo la magnitud del juego.
El aire estaba cargado de expectativa.
La música bajó un poco, pero la energía del salón seguía vibrando en cada rincón.
—Ahora sí… —anunció la directora—. Es hora de conocer a sus reyes del baile.
Mi corazón latía con fuerza, cada golpe resonando como un tambor.
—Y el rey es…
Pausa. Silencio absoluto.
—¡Taylor!
El lugar estalló en gritos, aplausos y vítores.
Tay me buscó entre la multitud.
Se acercó, sorprendido, pero con esa sonrisa que solo él sabe poner.
Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó hacia mí.
Su abrazo fue fuerte, protector, y me envolvió de inmediato.
Levanto la mirada y allí estaba ella: la corona de la reina.
—¡Cristina! —exclamó la directora.
Subí al escenario casi en automático.
Cuando la corona tocó mi cabeza, entendí algo crucial: esto no era un sueño.
Todo encajaba.
Tay me tomó la mano, sus dedos entrelazados con los míos.
—Felicidades… reina —dijo, con voz baja, cálida.
—Felicidades… rey —respondí, sonriendo.
El momento era perfecto. No exagerado, no forzado.
Real.
—Ahora, abran la pista de baile —continuó la directora.
El murmullo creció.
—Y esta noche tenemos una invitada especial.
Los gritos y aplausos se multiplicaron cuando la sorpresa se reveló:
—¡Selena Gomez!
Mi boca se abrió de asombro.
No podía creerlo.
La música comenzó, y reconocí la primera nota de “Naturally…”.
Mi canción favorita.
Tay me miró y sonrió, como si supiera exactamente lo que significaba para mí.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí.
Bailamos.
Pero esta vez era diferente.
Más intenso. Más libre. Más real.
Cada movimiento, cada giro, cada risa… era mío y suyo al mismo tiempo.
Cuando la canción llegó a su punto más alto, sentí que todo en mi vida encajaba: el baile, la corona, el beso, Tay.
—Creo que ganamos… más que una corona —susurró él.
—Sí… —dije, dejando que la sonrisa se expandiera en mi rostro.
El lugar explotó en aplausos y vítores.
Pero yo seguía en mi momento, respirando, disfrutando de la sensación de triunfo, de libertad y de pertenencia.
Aunque todo parecía perfecto, una certeza me recorría: esto apenas comenzaba.
Livier había dejado claro que no jugaba limpio, y yo sabía que la noche había sido solo el primer movimiento.
Me recosté en la moto con Tay en el camino de regreso, en silencio, pero el silencio no pesaba.
Era cómodo, seguro, real.
El mundo se movía rápido a nuestro alrededor, pero nosotros estábamos presentes, juntos, invencibles por un instante.
Al llegar a casa, mis padres nos esperaban, sonriendo.
Tay bajó primero, luego me ayudó con cuidado.
—¿Te quieres quedar esta noche? —preguntó mi papá.
—Gracias… pero mejor nos vamos —dijo Tay, con respeto.
Antes de entrar, mi corazón aún vibraba con la emoción de la noche.
Sabía que esto no era solo un baile, ni solo una corona.
Era el inicio de algo grande, algo real.
Y por primera vez, no tenía miedo de lo que venía.