Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
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CAPÍTULO 9 — Señora Vercetti
Nunca imaginé que el día de mi boda llegaría sin emoción.
Sin nervios.
Sin ilusión.
Y, definitivamente… sin amor.
El amanecer entró por la ventana como cualquier otro día, pero nada en mí se sentía igual. No había duda. No había esperanza. No había espacio para arrepentimientos.
Solo había una decisión.
Fría.
Calculada.
Irreversible.
Me quedé de pie frente al espejo durante varios minutos, observando mi reflejo como si fuera otra persona. Como si la mujer que me devolvía la mirada no fuera la misma que, días atrás, aún creía tener control sobre su vida.
Pero esa versión de mí… ya no existía.
La chica que dudaba, que huía, que creía en opciones…
Había desaparecido en ese pasillo blanco, frente a la puerta de la habitación de mi padre.
Lo que quedaba ahora…
Era alguien que entendía el juego.
Y estaba dispuesta a jugar.
El vestido era sencillo.
Demasiado para lo que se esperaría de alguien como él.
Blanco, sí… pero sin adornos exagerados. Sin brillo. Sin intención de impresionar.
No quería parecer una novia.
Quería parecer una decisión.
Me moví ligeramente, sintiendo la tela ajustarse a mi cuerpo con precisión. No era incómodo. No era pesado.
Era… correcto.
Como si todo estuviera diseñado para ese momento.
Como si ya estuviera escrito.
La puerta se abrió sin previo aviso.
No me giré.
Sabía quién era.
—Llegas temprano —dije, manteniendo la vista en el espejo.
El sonido de sus pasos fue lento.
Controlado.
Cada uno medido, como si incluso el espacio tuviera que adaptarse a él.
—No duermo cuando voy a ganar.
Alessio.
Mi futuro esposo.
Las palabras aún se sentían ajenas.
—Qué seguridad —respondí con un tono neutral.
—No es seguridad —corrigió—. Es costumbre.
Nuestros ojos se encontraron a través del reflejo.
Y ahí estaba otra vez.
Esa mirada.
Esa calma peligrosa.
Pero esta vez… no retrocedí.
—Hoy no estás ganando —dije.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—¿No?
Giré lentamente para enfrentarlo.
—Hoy estamos empatados.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue… interesante.
Como si ambos estuviéramos evaluando al otro desde una nueva perspectiva.
Como si algo hubiera cambiado.
—Eso suena mejor —admitió.
Su mirada recorrió mi vestido sin prisa, sin disimulo, pero tampoco con vulgaridad. Era más una observación… una evaluación.
—Esperaba algo más… llamativo.
—No estoy aquí para impresionarte.
—No —respondió—. Estás aquí para pertenecer.
Di un paso hacia él.
—Equivocado.
Eso captó su atención.
—Estoy aquí para quedarme.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Y esa reacción…
Me gustó más de lo que debería.
—Diferente enfoque —murmuró.
—Aprendí del mejor.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Eso podría ser peligroso.
—Lo es.
El silencio volvió.
Pero esta vez… no era tenso.
Era eléctrico.
—El notario llegará en unos minutos —dijo finalmente.
Asentí.
—Perfecto.
No hubo más palabras.
No hacían falta.
Todo ya estaba decidido.
La ceremonia fue rápida.
Demasiado.
Sin invitados.
Sin familia.
Sin testigos que importaran.
Solo firmas.
Miradas.
Y un contrato que, aunque no lo dijera en voz alta…
Era mucho más que un matrimonio.
Cuando sostuve el bolígrafo entre mis dedos, sentí un leve temblor.
No de miedo.
De conciencia.
De saber exactamente lo que estaba haciendo.
Levanté la mirada.
Alessio me observaba.
En silencio.
Sin presión.
Sin urgencia.
Como si supiera que no iba a retroceder.
Y no lo hice.
Firmé.
Mi nombre quedó marcado.
Valeria Orlov… desaparecía en ese trazo.
Cuando él firmó después de mí, el sonido del bolígrafo contra el papel resonó más de lo que debería.
Firme.
Seguro.
Final.
—Felicidades —dijo el notario, cerrando el documento.
Pero esa palabra…
No significaba nada.
Cuando todo terminó, el silencio volvió a envolvernos.
Ya no había excusas.
Ya no había condiciones.
Solo realidad.
—Así que… —murmuró Alessio—, señora Vercetti.
Mi espalda se tensó apenas.
No por incomodidad.
Por impacto.
Escuchar ese nombre en voz alta…
Lo hacía real.
—Aún no me acostumbro.
Se acercó.
Lento.
Sin prisa.
—Lo harás.
Se detuvo frente a mí.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Todo el mundo lo hará.
Mi mirada no se apartó de la suya.
—Más te vale cumplir tu parte.
—Siempre cumplo —respondió.
—Mi padre.
Dos palabras.
Pero cargadas de todo.
—Estará bien.
Lo sostuvo con seguridad.
Y, por primera vez…
Decidí creerle.
No porque confiara en él.
Sino porque ahora…
Era lo único que tenía.
—Bien —murmuré.
El silencio se extendió unos segundos más.
Pero algo había cambiado.
Ya no era la misma tensión.
Era otra cosa.
Más… personal.
—Ahora hay algo que debemos dejar claro —dijo.
Mi mirada se endureció apenas.
—¿Qué cosa?
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Esto.
Su voz bajó.
—No es solo un contrato.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Lo sé.
—No —corrigió—. Aún no lo entiendes.
Su mano se alzó lentamente.
Y esta vez…
No me aparté.
Sus dedos rozaron mi mejilla con una suavidad que no encajaba con todo lo demás.
Pero estaba ahí.
Real.
Presente.
—Ahora eres mía —murmuró.
Mi respiración se detuvo un segundo.
Pero no retrocedí.
No esta vez.
—No.
Lo dije en voz baja.
Pero firme.
—Soy tu esposa.
Sus ojos brillaron con algo más intenso.
—Eso también.
Su pulgar rozó ligeramente mi piel.
Y el gesto…
Demasiado íntimo…
Demasiado inesperado…
Hizo que algo dentro de mí se tensara.
—Pero no confundas los términos —añadió.
Mi corazón latía con fuerza.
—Tú tampoco.
El silencio que siguió fue distinto.
Más cercano.
Más peligroso.
Más… real.
—Esto apenas comienza —dijo finalmente.
Y por primera vez…
No sonó como una amenaza.
Sonó como una promesa.