Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 6
El control no es un don; es una disciplina que se forja con sangre, privación y el peso de mil cadáveres que cargan sobre tus hombros. En la guerra, si pierdes el control por un segundo, mueres. O peor aún, permites que mueran los hombres que juraron seguirte. Por eso me llaman el Muro de Invierno. Porque el hielo no siente, no duda y, sobre todo, no desea.
O al menos, eso es lo que me había convencido de creer hasta que esa maldita copa de cristal se hizo añicos en el salón del trono.
Estoy sentado en mi despacho, con la luz mortecina de las velas bailando sobre los mapas de la frontera norte, pero no puedo concentrarme. El aroma sigue aquí. Un rastro sutil, casi imperceptible, de flores silvestres y tinta fresca. Es el olor de Elena de Valois.
Maldita sea.
Cierro los puños sobre el escritorio, sintiendo la tensión en mis antebrazos. Hace diez minutos que ella salió de esta habitación, dejándome con los nervios a flor de piel y una erección dolorosa que me recuerda que, por mucho que intente ser una máquina de guerra, sigo siendo un hombre de carne y hueso.
Cuando entró con esa bandeja de café, quise echarla a gritos. Quise proteger mi santuario, mi soledad necesaria. Pero en lugar de eso, la miré. La miré como un depredador mira a una presa que no huye, sino que se expone con una valentía que roza la locura. Esa chica... es pequeña, parece que una ráfaga de viento podría romperla, y su voz apenas es un susurro cuando se pone nerviosa. Pero sus ojos... sus ojos tienen un fuego que no he visto en los generales más veteranos.
—"Entonces rómpame" —repito sus palabras en voz baja, y el sonido de mi propia voz ronca me irrita.
¿Qué demonios cree que está haciendo? ¿Acaso no sabe quién soy? He pasado la mitad de mi vida en campos de batalla donde la piedad es un mito. He visto ciudades arder y he ejecutado órdenes que harían que su pequeño corazón se detuviera de puro espanto. No soy un héroe de cuentos de hadas; soy el monstruo que el reino necesita para dormir tranquilo por las noches.
Y sin embargo, cuando sus dedos rozaron los míos al dejar la bandeja, sentí una descarga que me recorrió la columna vertebral como un rayo. Su piel es tan malditamente suave. Un contraste violento con la dureza de mis manos, marcadas por el acero y el frío de las trincheras.
Me pongo en pie y camino hacia la ventana, apoyando las manos en el marco de piedra. El aire nocturno es gélido, pero mi cuerpo arde. Recuerdo la sensación de su nuca bajo mi mano, la fragilidad de su cuello y cómo su pulso latía desbocado bajo mi pulgar. Estaba aterrada, lo sé. Podía oler su miedo. Pero su deseo era más fuerte. Era una nota vibrante en el aire, una invitación que me tentaba a arrojarla sobre el mapa de guerra, desgarrar ese vestido modesto y descubrir si su piel sabía tan dulce como olía.
Tuve que contenerme. Tuve que obligarme a soltarla antes de cometer una estupidez que comprometiera mi mando. Soy el Duque de Oakhaven, el Comandante Supremo. Ella es una escribiente, la hija de un barón arruinado que apenas sabe dónde tiene la mano derecha. No debería haber nada entre nosotros más allá de informes y suministros.
Pero ella no es solo una escribiente.
Vane dice que es un milagro. Yo digo que es una distracción peligrosa. Ha corregido mis cálculos, ha organizado mi logística y ha logrado lo que ningún enemigo ha conseguido en una década: que baje la guardia. Cada vez que entra en una habitación, mi instinto se dispara. Dejo de mirar el mapa para seguir el movimiento de su trenza. Dejo de escuchar a mis capitanes para intentar captar el sonido de su respiración.
Es un asedio. Ella está asediando mi voluntad, pulgada a pulgada, con su timidez fingida y su determinación de acero.
Golpeo la pared con el puño, frustrado. Mañana partimos. Mañana el frente norte reclamará toda mi atención. Debería estar repasando las rutas de suministro, no pensando en la curva de su labio inferior o en cómo se le empañan los ojos cuando la miro fijamente.
"Solo es carne", me digo a mí mismo, intentando recuperar el cinismo que me ha mantenido vivo. "Es solo una mujer más. Deseo físico, nada más. Un par de semanas en el campo de batalla y la olvidarás".
Pero sé que miento. He tenido mujeres, nobles y plebeyas, bellezas que harían que Elena pareciera una campesina. Pero ninguna me ha mirado como si fuera la respuesta a una pregunta que no sabían que tenían. Ninguna ha buscado mi frío como si fuera un refugio en lugar de una tumba.
Vuelvo al escritorio y tomo la taza de café que ella trajo. Está caliente. El sabor es amargo y fuerte, exactamente como me gusta. Ella lo sabía. ¿Cómo demonios lo sabía? Se ha encargado de observar cada uno de mis hábitos, de anticipar mis necesidades de una manera que me resulta tan molesta como fascinante.
Me siento y cierro los ojos un instante. La imagen de ella, desafiante y temblorosa frente a mí, se niega a desaparecer. Siento de nuevo la presión de su cuerpo contra el mío cuando me incliné sobre ella. Estaba tan cerca... Podía sentir el calor de su aliento. Podía sentir cómo su pecho subía y bajaba, rozando mi camisa. Si hubiera bajado la cabeza un centímetro más, la habría besado. Y si la hubiera besado, no me habría detenido ahí. La habría reclamado en este mismo despacho, sobre los informes de las forjas del sur, demostrándole que el Muro de Invierno puede convertirse en un volcán cuando se le provoca.
—Maldita sea, Elena —gruño al vacío.
Ella cree que puede ganarme. Cree que su "deseo incontrolable" es una llave que puede abrir mi puerta. No entiende que mi puerta está cerrada por una razón. Mi pasado... las cosas que he visto, las que he hecho... no hay lugar para ella en ese mundo de sombras. Unirse a mí es unirse al dolor.
Tomo la pluma y trato de firmar la orden de marcha, pero mi mano, por primera vez en años, no es del todo firme.
Ella es una distracción. Y en la guerra, las distracciones matan.
Si sobrevive a este despliegue, si sigue aquí cuando regrese de la frontera... entonces tal vez. Pero ahora, tengo que alejarla. Tengo que tratarla con más frialdad que nunca. Tengo que recordarle que soy el Temible Comandante, no el hombre que casi pierde la compostura por una bandeja de café y un par de ojos bonitos.
Bebo el último sorbo de café, sintiendo cómo la cafeína golpea mi sistema. Apago las velas de un soplido, dejando la habitación en penumbra. Mañana me iré. Mañana el hielo volverá a su lugar.
O eso espero.
Porque mientras salgo del despacho y paso por delante de su mesa vacía en el piso de abajo, no puedo evitar detenerme un segundo. Toco la madera donde ella apoya sus manos. Está fría. Pero el rastro de su presencia sigue ahí, quemándome los dedos.
La guerra me espera en el norte. Pero me temo que la batalla más difícil ya la he perdido aquí, en este cuartel, frente a una chica que no tiene armas, pero que me ha herido más profundamente que cualquier espada.
Elena de Valois... que los dioses te ayuden, porque si alguna vez permito que este fuego se desate, no quedará nada de la chica tímida que entró por esa puerta. Y me temo que tampoco quedará nada del Comandante Thorne.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉