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INDELEBLE

INDELEBLE

Status: En proceso
Genre:Contratadas / Amor prohibido / Amor a primera vista / Amor eterno
Popularitas:840
Nilai: 5
nombre de autor: Andreiina

una chica y un chico

ambos tiene una vida en sus hogares, una familia

pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?

NovelToon tiene autorización de Andreiina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Territorio extraño

La sede de la empresa en la zona costera era un laberinto de concreto y acero que operaba bajo el ritmo frenético de las grúas y el rugido de los motores. Para Elizabeth, el viaje no era solo una tarea profesional; era un desplazamiento hacia un terreno donde las reglas de la oficina central parecían diluirse bajo el sol implacable del trópico.

—Es un viaje de supervisión, Adam. Estaremos rodeados de operarios y ruido, no hay nada glamuroso en esto —había dicho Elizabeth mientras cerraba su maleta esa mañana. Sin embargo, al evitar la mirada de su esposo, sentía que sus palabras eran una cortina de humo para ocultar la agitación que le provocaba la idea de compartir un espacio tan reducido con Maximiliano.

El vuelo en el jet privado fue el primer recordatorio de esa cercanía inevitable. En la cabina, el silencio se volvía táctil. Maximiliano estaba sentado frente a ella, separado apenas por una mesa de nogal. Elizabeth intentaba concentrarse en sus notas, pero su visión periférica la traicionaba: registraba la forma en que él pasaba las páginas de un contrato, el leve movimiento de sus dedos contra el cristal de su reloj, la manera en que su respiración parecía acompasarse con la de ella en la presurizada cabina.

No hablaban. No era necesario. Había una gravedad extraña que los atraía, una fuerza que hacía que, cada vez que el avión atravesaba una zona de turbulencia, sus miradas se buscaran por puro instinto de supervivencia.

Al llegar a la ciudad costera, el calor los recibió como una bofetada húmeda. Se instalaron en un hotel boutique frente al mar, un edificio de arquitectura minimalista donde el sonido de las olas se filtraba por cada rincón. Tras una jornada agotadora recorriendo los hangares de logística, el cansancio había limado las asperezas de su formalidad, pero había agudizado su sensibilidad.

Esa noche, se citaron en la terraza del hotel para repasar los hallazgos del día. Maximiliano se había quitado la corbata y la chaqueta; llevaba la camisa blanca ligeramente abierta y las mangas remangadas. Elizabeth, por su parte, se había soltado el cabello, que ahora caía sobre sus hombros con una libertad que no se permitía en la ciudad.

—La eficiencia aquí es asombrosa —comentó Maximiliano, rompiendo el silencio mientras observaba las luces del puerto a lo lejos—. Pero tiene razón, Elizabeth. Hay algo... mecánico en la forma en que todos se mueven. Como si estuvieran esperando permiso para ser personas.

Él se giró para mirarla. Estaban sentados en un sofá de exterior, lo suficientemente cerca como para que Elizabeth pudiera sentir el calor que emanaba del cuerpo de él. Ella asintió, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta. No era lo que decían lo que importaba, sino el espacio que quedaba entre ellos, ese vacío que vibraba con una intensidad peligrosa.

En un momento dado, Maximiliano se inclinó para señalar una anotación en la libreta de Elizabeth. El movimiento hizo que su hombro rozara el de ella. Ninguno de los dos se apartó de inmediato. El contacto, aunque breve, fue como una descarga eléctrica que recorrió la columna vertebral de Elizabeth. Podía oler su perfume —una mezcla de sándalo y algo frío, como el metal— fundiéndose con el aroma a salitre del mar.

Elizabeth levantó la vista y se encontró con los ojos de Maximiliano. No había confesiones, no había promesas. Solo había una observación mutua, un reconocimiento de que algo en la estructura de sus mundos se había movido de lugar. Él observó la línea de su cuello, la forma en que ella apretaba la pluma entre sus dedos, y Elizabeth notó cómo la pupila de él se dilataba bajo la luz tenue de la terraza.

La cercanía era tal que ella podía contar las líneas de cansancio alrededor de los ojos de él, y él podía ver el pulso acelerado en la base del cuello de ella. Era una intimidad involuntaria, una que no se basaba en lo que sabían el uno del otro, sino en cómo sus cuerpos reaccionaban a la presencia del otro.

—Mañana será un día largo —dijo Maximiliano. Su voz había bajado un tono, volviéndose más ronca, más física.

—Sí —susurró ella, incapaz de apartar la mirada—. Deberíamos descansar.

Pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron allí, suspendidos en ese instante donde el aire pesaba más de lo normal. En ese momento, Maximiliano extendió la mano hacia la mesa para recoger su teléfono, y sus dedos volvieron a rozar los de Elizabeth. Esta vez, el contacto fue deliberadamente prolongado. Él no la tomó de la mano, pero tampoco la soltó de inmediato. Fue un reconocimiento silencioso de esa fuerza magnética que los mantenía anclados a ese sofá.

—Elizabeth... —murmuró él, y su nombre sonó como una pregunta para la que no tenía respuesta.

Ella sintió un vértigo que no tenía nada que ver con la altura de la terraza. Era la sensación de estar al borde de un precipicio, viendo cómo el suelo firme de su vida con Adam se desmoronaba centímetro a centímetro.

De repente, el teléfono de Maximiliano vibró. En la pantalla, una notificación de la cámara de seguridad de la habitación de Valeria mostró a la niña moviéndose en sueños. El brillo de la pantalla actuó como un foco de luz fría que rompió la atmósfera. Maximiliano retiró la mano, cerrando los dedos en un puño, como si intentara atrapar lo que acababa de sentir antes de que se evaporara.

—Vaya a descansar —dijo él, recuperando su tono de mando, aunque sus ojos todavía guardaban el rastro de la agitación—. La veré en el desayuno a las siete.

Elizabeth se levantó, sintiendo que sus piernas temblaban levemente.

—Buenas noches, Maximiliano.

Caminó hacia su habitación sintiendo que el calor del roce de él seguía marcado en su piel. No se habían dicho nada prohibido, no habían roto ningún juramento, pero al cerrar la puerta de su cuarto, Elizabeth supo que el silencio de esa noche había sido más revelador que cualquier grito.

En la terraza, Maximiliano se quedó mirando el horizonte, apretando el teléfono contra su palma. La cercanía de Elizabeth lo había dejado más desprotegido que cualquier crisis financiera. Había descubierto que el cristal que lo rodeaba no solo era frío, sino que era lo único que evitaba que se consumiera en un incendio que no sabía cómo controlar.

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Angelica Cornejo Gomez
hermoso terminalo los demas.capitulos
Angelica Cornejo Gomez
buenaza.me.gusta y me.sorprendes🥰🥰🥰🥰
Yessenys Díaz
❤️❤️❤️
jmlanena
Ya no son sospechas!!! 🧐 Son dudas muy claras!!! 🤷
jmlanena
Cuando la realidad los alcance, arrasará con todo!!!!🤦
jmlanena
No se puede huir de la realidad cuando está golpea tu puerta 🚪!!¡
jmlanena
Se dejaron llevar por la pasión ❤️‍🔥 del momento y el deseo pasajero del sentimiento mutuo!!!🤦
jmlanena
Sucedió lo que tanto temian!!!🤦
jmlanena
El compartir juntos el tiempo y el espacio aún en actividades profesionales, no será fácil para Maximiliano mantener su posición de jefe de hielo?
jmlanena
Es inevitable Maximiliano reflexionar y pensar en la vida que tienes hasta ahora!!!
jmlanena
Tienes años repitiendo la misma mentira una y otra y otra vez!!!!🤦
jmlanena
Dos vidas que creen que teniendo todo lo que soñaron para ser felices, en el día a día viven una realidad totalmente diferente y el destino juega en favor de despertar lo mejor de cada uno y nos motiva a vivir con intensidad cada día!!!🥰🥰🥰🥰
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