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La Piel Del Subconsciente

La Piel Del Subconsciente

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Fenty fuentes

Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.

NovelToon tiene autorización de Fenty fuentes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

el sabor del veneno

Capítulo 3:

​La cena era una puesta en escena perfecta, pero para Valeria, cada risa falsa de Julián sonaba como el chirrido de un clavo sobre metal. Ella se movía entre los invitados con una elegancia que rayaba en la insolencia. El vestido rojo, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, era su declaración de guerra silenciosa.

​—Estás bebiendo demasiado, Valeria —le susurró Julián al oído, sujetándole el brazo con una fuerza que pretendía ser cariñosa ante los ojos del alcalde, pero que era puramente posesiva—. Y ese vestido... te dije que no era apropiado para una noche como esta.

​Valeria no retiró el brazo. Se limitó a mirarlo a los ojos, sosteniendo su copa de vino tinto con una mano firme.

​—Lo que no es apropiado, Julián, es que pierdas el tiempo fijándote en mi ropa cuando tienes negocios tan... interesantes que atender —respondió ella, dándole un sorbo lento al vino. Sus ojos brillaron con un destello de malicia—. Por cierto, el color azul medianoche te sienta muy bien a la vista, ¿no crees?

​Julián palideció apenas un tono, pero su máscara de arrogancia no cayó. Antes de que pudiera responder, un hombre alto y de presencia magnética entró al salón, interrumpiendo la tensión.

​—Siento llegar tarde, Julián. El tráfico de nueva York no perdona —dijo el recién llegado.

​Valeria sintió que el mundo se detenía. El aire en sus pulmones se volvió fuego. Era él. No era una sombra, no era un trazo de óleo en su cuarto secreto. Era el hombre de sus sueños. La misma mandíbula fuerte, los hombros anchos que ella había acariciado en su imaginación, y esos ojos oscuros que, al posarse sobre ella, parecieron reconocerla de inmediato.

​—Valeria, te presento a Adrián Valdés —dijo Julián, recuperando su tono de superioridad—. Es el arquitecto encargado de la nueva galería. Adrián, mi esposa.

​Adrián tomó la mano de Valeria. El contacto físico fue como una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal. Sus dedos eran largos y cálidos, exactamente como ella los había dibujado.

​—Es un honor, señora —dijo Adrián, y su voz, profunda y vibrante, era la misma melodía que la arrullaba en el subconsciente—. Siento que ya nos conocemos de alguna parte.

​—Tal vez en otra vida —respondió Valeria, sin apartar la mirada.

​Julián, ajeno a la conexión eléctrica que estaba incendiando el salón, soltó una carcajada cínica.

​—Valeria vive en las nubes, Adrián. Cree que el arte es algo místico. No le hagas mucho caso.

​La cena transcurrió entre platos gourmet que a Valeria le sabían a ceniza. No podía dejar de mirar a Adrián, y lo más perturbador era que él tampoco dejaba de mirarla a ella. Pero la noche tenía preparada una última puñalada.

​Hacia el final de la velada, una mujer elegante, de unos treinta años y con una mirada de depredadora, se acercó a Julián y le entregó una carpeta. Sus dedos se rozaron más tiempo del necesario. Valeria reconoció la fragancia de inmediato: era la misma que había quedado impregnada en el saco de su marido esa mañana.

​—Gracias, Beatriz —dijo Julián, con una sonrisa que Valeria no le había visto en años—. Siempre tan eficiente.

​Beatriz miró a Valeria con una mezcla de lástima y triunfo. En su cuello, brillaba un pequeño dije de zafiro que, Valeria estaba segura, combinaba perfectamente con el conjunto de encaje azul medianoche que Julián había pagado.

​Valeria sintió que el odio terminaba de cristalizar en su pecho. Tenía al hombre de sus sueños frente a ella y a la amante de su esposo en su propia mesa.

​Cuando la cena terminó y los invitados se marcharon, Julián la tomó del hombro con brusquedad.

​—No vuelvas a humillarme con ese tono frente a mis socios, Valeria. Mañana te quiero temprano en la oficina para firmar los documentos de la donación de tus "trastos de arte". Se acabó el juego de la pintora.

​Valeria se soltó de su agarre con una calma que lo desconcertó.

​—Mañana haré muchas cosas, Julián. Pero ninguna será bajo tus órdenes.

​Subió las escaleras sin mirar atrás. Entró en su cuarto secreto, cerró con llave y se derrumbó frente al lienzo del hombre de sus sueños. Pero esta vez no lloró. Tomó un pincel, lo empapó en negro profundo y escribió sobre la esquina del cuadro: LA SENTENCIA.

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