Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
NovelToon tiene autorización de maucris para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Cenizas en Manhattan.
El whisky en el vaso de cristal tallado ya no sabía a nada. El humo del habano que flotaba en mi despacho se sentía como una neblina estéril, una simulación de vida en un mausoleo de lujo.
Salí del despacho y me fui directo al lugar donde Laura ahora trabaja. La seguí... No fue una decisión lógica, fue una pulsión biológica, un hambre que me hacía crujir los dientes.
Verla salir de ese edificio de oficinas mundano, mezclarse con la gente "normal", ver cómo su cuerpo se movía con esa nueva soltura... me producía una furia que solo podía compararse con la excitación más absoluta.
La vi caminar con ese arquitecto de sonrisa fácil, un tipo que olía a madera de pino y buenas intenciones. Un hombre que no tiene ni la menor idea de la oscuridad que ella esconde bajo su jersey negro.
Cuando entraron en ese bar de mala muerte cerca del estudio, sentí una risa desquiciada burbujeando en mi pecho.
¿Este ahora es tu reino, Laura? ¿Cerveza tibia y mesas de madera pegajosa?... susurré.
Me quedé en las sombras un momento, observando a través del ventanal y vi cómo se reía. Esa risa limpia, esa que nunca me dio a mí, me quemaba más que el alcohol.
Vi cómo él la miraba. El idiota creía que estaba ante una mujer honesta, ante una "colega". No sabía que estaba sentado frente a un incendio que yo mismo había avivado en París.
Entré...
El aire del lugar era denso, cargado de olores vulgares, pero en cuanto crucé el umbral, el mundo se redujo a ella.
Sentí el cambio de presión en la habitación. Mi sola presencia es un campo gravitatorio que ella no puede ignorar. Vi cómo se tensaba, cómo su espalda se erguía y cómo sus pupilas se dilataban incluso antes de girarse.
Su cuerpo me reconoce. Su piel es un satélite que orbita alrededor de mi voluntad.
Caminé hacia ellos con la parsimonia de un verdugo que disfruta del recorrido. Cada paso era una declaración de guerra, ignorando al tipo, esa mancha borrosa en el paisaje que ella llamaba Benjamín. Solo existía el contraste: mi chaqueta de cuero oscuro contra la luz ámbar del bar, y sus ojos, esos ojos que decían "vete" mientras su respiración decía "tómame".
—Laura.
Pronunciar su nombre fue como un roce físico. Bajé la voz para que solo ella pudiera sentir la vibración en su médula. Me incliné sobre la mesa, invadiendo su oxígeno, obligándola a oler mi perfume, ese sándalo y madera.
—No esperaba encontrarte aquí —mentí, dejando que mi mirada recorriera su rostro, deteniéndome en sus labios. Todavía podía ver el rastro del labial borgoña que tanto me gustaba, aunque hoy no lo llevara.
Mi mente, desquiciada por el recuerdo, proyectó la imagen de esos mismos labios manchados de sangre y deseo en mi despacho.
—La gente cambia, Adrián —dijo ella.
Solté una media sonrisa, una mueca de animal que sabe que tiene a su presa acorralada aunque ella crea que tiene las llaves de la jaula.
—Tú no has cambiado. Te ves exactamente como te recuerdo. Quizás un poco más hermosa, si eso es posible.
Lo que quería decirle era otra cosa...
Quería decirle que podía oler su excitación desde el otro lado de la barra. Que sabía que el calor que sentía en su vientre en ese momento no era por la cerveza, sino por la descarga química que mi proximidad le provocaba. Quería recordarle cómo se arqueaba bajo mi peso, cómo buscaba mi boca como si fuera el último aliento de aire en un mundo que se ahogaba.
Quería arrastrarla fuera de ese bar, llevarla a un rincón oscuro de Nueva York y demostrarle que su "paz" es una mentira que se desmorona en cuanto mis dedos rozan su piel.
—Podríamos ponernos al día, Laura —insistí, y mi voz era ahora un susurro húmedo, una caricia prohibida que ignoraba olímpicamente al hombre que tenía al lado—. Hay cosas que no se terminan de decir en una última llamada. Tenemos asuntos que merecen más que este silencio.
La tensión entre nosotros era una cuerda de piano a punto de romperse. Podía sentir su pulso acelerado, el ritmo frenético de su corazón golpeando contra las costillas. Estaba ahí, a un centímetro de ceder.
Vi la duda, vi el hambre en sus ojos. Pero entonces, ocurrió algo que no estaba en mi guion. Se giró hacia el otro. Buscó refugio en la mediocridad de la seguridad.
—No hay asuntos pendientes, Adrián —respondió. Su voz fue un bloque de hielo que intentó apagar mi incendio.
Sentí una punzada de incredulidad. ¿Me estaba rechazando? ¿A mí? En este antro, frente a este hombre que olía a serrín y dibujos técnicos.
Mi furia se volvió fría, cristalina. Me quedé petrificado, observándola mientras me borraba de su campo visual como si yo fuera un error de dibujo, un trazo que se limpia con una goma de borrar.
—¿Estás segura? —pregunté, mi voz volviendo a ser ese acero gélido de Boston.
—No se apaga, se ignora —replicó ella, dándome la espalda.
Salí del bar con la mandíbula tan apretada que sentí que los dientes se me romperían.
El aire frío de Manhattan no logró calmar la combustión interna. Me quedé en la acera de enfrente, oculto en la oscuridad de un portal, viendo cómo terminaban su noche. Vi cómo él la dejaba en su casa. Vi ese beso en la mejilla... tan casto, tan patético, tan carente de la electricidad que yo le había enseñado a soportar.
Laura cree que ha ganado...
Cree que el control es suyo porque ha aprendido a ignorar el fuego. Pero lo que no sabe es que el fuego no necesita su permiso para quemar. Se quedó ahí, sonriendo, cerrando la puerta de su portal de Queens, pensando que se ha liberado del autor de su historia.
Me subí a mi coche, apretando el volante con una fuerza que hizo crujir el cuero. Ella dice que es un fantasma en mi mundo. Se equivoca. Ella es la obsesión que ahora dicta mis noches. Si quiere guerra, si quiere jugar a la mujer independiente que encuentra la paz en los brazos de un hombre común, adelante.
Pero yo sé la verdad. Yo sé que cuando cierre los ojos esta noche en sus sábanas de algodón gastado, el rastro de mi voz, el peso de mi mirada y el sabor de mi violencia erótica estarán allí, en la oscuridad, recordándole que no importa cuántos capítulos escriba... yo siempre seré la tinta que le da sentido a su placer.
Esta ronda es suya. Pero el libro... el libro sigue siendo mío. Y estoy dispuesto a quemar toda la ciudad de Nueva York solo para verla arder conmigo una última vez.
💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo