Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 4: Palabras que no debían escucharse
Esa mañana, el sol apenas lograba abrirse paso entre las nubes cuando Alejandro y Ernesto salieron temprano hacia la fábrica Harrison. El auto negro de Ernesto avanzaba por las carreteras húmedas de Manchester mientras los dos hombres hablaban de negocios.
La fábrica era imponente. Un enorme complejo industrial donde se fabricaban piezas de alta precisión para las marcas de automóviles más prestigiosas de Inglaterra: Jaguar, Aston Martin, Land Rover y Rolls-Royce. El ruido de las máquinas, el olor a metal caliente y aceite, y el movimiento constante de los trabajadores creaban una atmósfera de poder y tradición.
Ernesto, con evidente orgullo, guiaba a Alejandro por las instalaciones.
—Aquí es donde nace todo, Alejandro. Estas piezas salen de nuestra fábrica y terminan en los autos más exclusivos del Reino Unido. Controlamos cada etapa del proceso: desde el diseño hasta el acabado final. La calidad es nuestra marca personal.
Alejandro observaba todo con atención. Recorrió las líneas de producción, revisó muestras de piezas y conversó con algunos ingenieros. Le impresionó la precisión y la tecnología que utilizaban.
—Impresionante —admitió finalmente—. La calidad es excelente. Mejor de lo que esperaba. Con esta base, la incursión en el mercado italiano será un éxito. Nuestros diseños combinados con vuestra manufactura podrían abrirnos puertas importantes en Ferrari, Lamborghini y Maserati.
Ernesto sonrió ampliamente.
—Exacto. Esa es la idea. Una asociación que beneficie a ambas partes.
Después de varias horas de recorrido y reuniones, Alejandro extendió la mano con decisión.
—Acepto la asociación, Ernesto. Firmaremos los documentos preliminares mañana. Me quedaré un par de días más para cerrar los detalles y luego regresaré a Italia.
Ernesto le dio un fuerte apretón de manos, visiblemente feliz.
—¡Excelente noticia! Esto significa mucho para la familia Harrison. Vamos a expandir el legado que mi padre inició. Gracias, Alejandro. No te arrepentirás.
Ambos hombres regresaron a la mansión pasadas las seis de la tarde, satisfechos con los avances del día.
Esa misma noche, Natalia estaba en el pasillo del segundo piso, apoyada contra la pared mientras hablaba por teléfono con su mejor amiga Eloise. Su voz era un susurro bajo, pero cargado de emoción.
—…no lo entiendes, Eloise. Steven me dijo cosas horribles. Me llamó “niñita mojigata” y “calienta-braguetas”. Me sentí tan humillada… —Natalia se mordió el labio, recordando la escena—. Le conté que tenía miedo porque nunca lo había hecho y que mi mamá siempre me dijo que eso solo era para después del matrimonio. Él se rio de mí. Dijo que nadie espera tanto en pleno siglo XXI.
Del otro lado de la línea, Eloise soltó un bufido.
—Te lo dije, Nat. Ese tipo es un imbécil. ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Vas a seguir con él?
Natalia suspiró profundamente y bajó aún más la voz, casi avergonzada.
—No lo sé… A veces pienso que tal vez debería ceder. Tengo veintiún años y soy la única de mis amigas que aún no… ya sabes. Me siento tan infantil. Steven dice que si lo quiero de verdad, debería demostrarlo. Pero cada vez que lo pienso, me da pánico. No sé ni cómo se hace, ni qué se siente… ¿Y si lo hago mal? ¿Y si después me arrepiento?
Eloise intentó animarla:
—Nat, escúchame. No lo hagas por presión. Si lo haces, que sea porque tú quieres, no porque él te esté chantajeando con que te va a dejar.
En ese preciso instante, Natalia se giró ligeramente y su corazón dio un vuelco.
Alejandro Foster acababa de salir del despacho de su padre, ubicado al final del pasillo. Estaba claro que había escuchado parte de la conversación. Su expresión era seria, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa sutil, casi divertida.
Natalia se quedó congelada. Sintió que el rostro le ardía de vergüenza.
—Eloise… te llamo después —dijo rápidamente y colgó la llamada sin esperar respuesta.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su suéter con manos temblorosas. Alejandro se acercó caminando con calma, las manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro. Su presencia llenaba el pasillo.
—¿Qué hacías en el despacho de mi padre? —preguntó Natalia, intentando sonar firme, aunque su voz salió más aguda de lo normal. Sus mejillas estaban completamente rojas.
Alejandro se detuvo a unos pasos de ella. Sus ojos verdes la miraban con una intensidad que la ponía nerviosa.
—Necesitaba enviar un correo urgente a mi equipo en Italia. Tu padre me dio permiso para usar su computadora. —Hizo una pausa y añadió con suavidad—: No era mi intención escuchar tu conversación.
Natalia deseó que la tierra se la tragara. Bajó la mirada, mortificada.
—Olvídalo… por favor —murmuró.
Alejandro no se movió. En lugar de irse, dio un paso más cerca y habló con voz baja y calmada:
—Natalia… quien realmente te quiere, no te presiona para hacer algo que no quieres. Mucho menos te insulta cuando te niegas.
Ella levantó la vista lentamente, sorprendida de que él se atreviera a comentar algo tan íntimo. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de vergüenza y tristeza.
—¿Cómo puedes decir eso? Ni siquiera me conoces…
Alejandro inclinó ligeramente la cabeza, observándola con atención.
—No necesito conocerte mucho para saber que mereces más que eso. Hacer el amor no es algo que se planea como una obligación o una prueba. No se hace por presión, ni por miedo a perder a alguien. Fluye con naturalidad cuando hay deseo real, confianza y respeto mutuo. Si no sientes eso… entonces no es el momento, y definitivamente no es la persona correcta.
Natalia se quedó en silencio, procesando sus palabras. Nadie le había hablado nunca con tanta franqueza y al mismo tiempo con tanta delicadeza sobre ese tema. Sintió un nudo en la garganta.
—Steven dice que si lo quiero de verdad…
—Entonces Steven no te quiere como deberías ser querida —la interrumpió Alejandro suavemente—. Una persona que te ama te protege, no te empuja a cruzar límites que no estás lista para cruzar. Y mucho menos te humilla cuando te niegas.
El pasillo quedó en silencio. Solo se escuchaba el tic-tac lejano de un reloj antiguo. Natalia sintió que sus ojos se humedecían otra vez.
—Gracias… —susurró apenas audible—. Nadie me había dicho algo así.
Alejandro la miró unos segundos más. Por un momento, algo suave cruzó por su mirada verde, pero rápidamente recuperó su expresión serena y profesional.
—Buenas noches, Natalia.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia las escaleras que llevaban a la cabaña de invitados. Antes de bajar el primer escalón, se detuvo y añadió sin girarse:
—Y por si sirve de algo… no eres infantil por querer esperar. Eres valiente por respetarte a ti misma.
Natalia se quedó sola en el pasillo, con el corazón latiéndole fuerte y las palabras de Alejandro resonando en su mente. Por primera vez en muchos días, alguien no la había hecho sentir tonta ni presionada… sino entendida.
Se abrazó a sí misma y susurró para sí misma:
—¿Quién eres realmente, Alejandro Foster?