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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 5
No pasó ni una hora desde que cerré los ojos cuando escuché sus botas bajando las escaleras de metal.
Ko.
Lo supe antes de verlo. Por el ritmo. Por el peso. Por la forma en que todos los demás rebeldes se hacían a un lado sin que él dijera nada.
Llegó hasta donde estábamos mi hermana y yo. Me miró desde arriba. No sonreía.
—Vine a buscarlas —dijo.
No era una oferta. Era una orden disfrazada de frase.
Me incorporé despacio. Mi cuerpo aún dolía por el golpe de antes. Mi pómulo seguía hinchado. Pero el dolor físico era lo de menos.
—No —respondí—. Me voy a quedar en este lugar.
Ko frunció el ceño. Hizo un gesto con la cabeza, mirando a mi alrededor. El sótano húmedo, los colchones en el suelo, las grietas en las paredes, el olor a humedad y a comida reciclada.
—No seas orgullosa —dijo, y su voz cambió a ese tono falso de preocupación que tanto odiaba—. Ese lugar está en malas condiciones. Piensa en tu hermana.
La nombró a propósito. Para que yo sintiera el peso.
Me mordí el labio.
—Y tengo comida para las dos —añadió.
Esa fue la puntilla.
La comida. Siempre la comida. Siempre los medicamentos. Siempre "lo que tu hermana necesita". Ko sabía exactamente qué botones apretar porque él mismo los había instalado en mi piel.
Miré a mi hermana. Estaba despierta ya, con sus ojos grandes pegados en Ko, sin entender del todo lo que pasaba, pero intuyendo algo malo. Como los niños huelen la tormenta antes de que caiga el rayo.
—Está bien —dije.
Me levanté. Tomé a mi hermana de la mano. Y seguí a Ko.
Su lugar era un mundo aparte.
Mientras la mayoría de la resistencia dormía en sótanos, almacenes o casas okupadas, Ko tenía una habitación privada en un edificio blindado a tres calles del refugio común. Alfombras gruesas. Iluminación cálida. Una cama enorme con sábanas limpias.
Súper lujoso, comparado con lo que el resto tenía.
Y yo odiaba cada centímetro de ese lugar.
Ko nos hizo pasar. Cerró la puerta con llave. Sonido metálico. Definitivo.
Llevó a mi hermana a una esquina de la habitación, donde había una nevera pequeña y una mesa con frutas, jugos, pan fresco. Cosas que en el refugio común no veías ni en sueños.
—Come todo lo que quieras —le dijo a mi hermana con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Tú y yo tenemos un asunto que resolver. Así que no nos interrumpas.
Mi hermana me miró asustada.
Yo le devolví una mirada que esperaba que significara "todo está bien". Pero no lo estaba. Nunca lo estaba.
Ko se giró hacia mí.
Ya no sonreía.
Me agarró del brazo con fuerza. Me apoyó contra su hombro —como si fuera un saco, como si fuera nada— y me llevó hacia la habitación contigua. Su habitación. Su cama. Su territorio.
No me soltó hasta que estuvimos dentro.
—Con mi hermana presente, no —alcancé a decir.
Se detuvo un segundo.
Su mandíbula se tensó. Sus ojos se oscurecieron de esa forma que conocía demasiado bien. El enfado que siempre precedía a algo peor.
—No me importa —dijo.
Y me arrojó a la cama.
Las sábanas olían a su perfume, a su sudor, a él. Quise levantarme. Quise gritar. Quise decirle que no otra vez.
Pero sabía lo que pasaba cuando decía que no.
Sabía que al día siguiente los medicamentos de mi hermana "se retrasaban". Sabía que la comida escaseaba en nuestro refugio. Sabía que un golpe siempre llegaba, más tarde o más temprano.
Así que me quedé quieta.
Y él me hizo suya.
Era una dinámica común en nosotros.
Ko siempre decía cuándo y dónde.
Aunque yo no quisiera.
Aunque temblara.
Aunque llorara en silencio después, cuando él ya estaba dormido, y yo me quedaba mirando el techo de su habitación lujosa preguntándome cómo había llegado hasta ahí.
Porque al final, eso era lo que Ko había comprado con cada plato de comida, con cada frasco de medicinas, con cada "te doy un techo para tu hermana".
No mi lealtad.
Mi cuerpo.
Y yo, Nox, la noche que todo lo ve, había aprendido a cerrar los ojos.