El amor entra por el estómago y los ojos
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14
El convoy de camionetas negras se detuvo frente a "Dulce Encuentro" con la precisión de una unidad de asalto. Neón bajó primero, escaneando la calle con ojos de halcón mientras abría la puerta para los jefes. Cuando Sergei e Igor bajaron del vehículo, el aire de la acera pareció enfriarse diez grados. La presencia de Sergei, con su traje impecable y esa mirada de mar profundo que prometía tormentas, hizo que los transeúntes agacharan la cabeza por instinto.
—¿Aquí? —preguntó Sergei, mirando el rótulo rosa y elegante del local—. Parece una casa de muñecas, Igor. Si entro ahí, voy a romper algo solo con respirar.
—Entra y cállate —replicó Igor, ajustándose el saco—. Neón dice que es el lugar con mejores reseñas de la ciudad. Si mi bomboncito no tiene sus besos de cereza, tú serás el que le explique por qué.
Dentro de la cafetería, Jazmín estaba en su momento de gloria. El local estaba lleno y ella se movía entre las mesas con una agilidad nacida de la felicidad. Acababa de colocar en la vitrina una torre de macarrones de colores y sus famosos bizcochos de frambuesa, horneados en el molde de flores que tanto sacrificio le había costado.
—¡Mirna, mira esto! —exclamó Jazmín, señalando la charola vacía—. Se están vendiendo como si fueran...
La campanilla de la puerta sonó con un tintineo que, por alguna razón, se sintió más pesado de lo normal. El silencio se extendió por la cafetería como una mancha de aceite. Jazmín levantó la vista y el corazón se le detuvo.
En el umbral estaban dos hombres que parecían salidos de una pesadilla elegante o de la fantasía más prohibida. El que iba al frente, un gigante de 1.90 con ojos azules que cortaban como el cristal, recorrió el local con una mirada soberbia. Jazmín sintió que las rodillas se le aflojaban; la fragancia del hombre, una mezcla de tabaco caro y peligro, inundó sus pulmones, borrando el aroma a vainilla que la rodeaba.
Sergei caminó hacia el mostrador. Cada paso suyo hacía que el suelo vibrara. Mirna, usualmente valiente, se quedó petrificada tras la barra, pero Jazmín, impulsada por un instinto que no pudo controlar, dio un paso al frente.
—Buenas tardes —logró decir ella, aunque su voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. ¿En qué puedo ayudarlos?
Sergei fijó sus ojos azules en los de Jazmín. Por un segundo, el "Pakhan" olvidó el código rosa, el poni y las guerras de territorio. La chica frente a él tenía harina en la mejilla y una luz en la mirada que él no había visto en años de vivir entre sombras. Era... real.
—Necesito bizcochos de frambuesa —dijo Sergei, con una voz ronca que le erizó la piel a Jazmín—. Y macarrones. Los mejores que tengas.
—Y besos de cereza —añadió Igor, asomándose por encima del hombro de Sergei—. Muchos. Es para una emergencia de estado bomboncito los necesitas.
Jazmín parpadeó, confundida. —¿Una emergencia de estado?
—Mi hija quiere un té con su poni —explicó Sergei, y por un microsegundo, su expresión de piedra se suavizó—. Y si la reina de mi casa no tiene sus dulces, habrá consecuencias para todos.
Jazmín, a pesar del miedo que emanaban esos hombres y las camionetas blindadas que se veían por el ventanal, no pudo evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios. El hombre más peligroso que había visto en su vida estaba allí por un té de juguete.
—Tengo los mejores del mundo —dijo ella, recuperando la confianza—. Recién salidos del horno. Si me dan un minuto, les prepararé una caja digna de una princesa.
Sergei no respondió con palabras, pero no apartó la vista de ella mientras Jazmín empacaba los dulces con manos temblorosas. Igor, por su parte, ya estaba echando un ojo a la caja registradora, no para robar, sino preguntándose cuánto costaría comprar la cafetería entera si a Inna le gustaban los bollos.
El destino no solo las había cruzado con el gas y las deudas; ahora las había puesto frente al hombre que podía ser su mayor salvación o su más dulce perdición.