A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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7. Terremoto
Marisela cosía las asas de un bolso cuando sintió una sombra detenerse frente a su mesa. Levantó la vista y se dio cuenta que una nueva reclusa la observaba fijamente, demasiado cerca.
- "¿Qué miras?", preguntó Marisela, sin soltar la tela del bolso que estaba haciendo.
La mujer sonrió de lado y, sin aviso, intentó arrancarle el bolso de las manos. Marisela lo sostuvo con fuerza.
- "¿Qué demonios quieres?", preguntó Marisela, poniéndose de pie, manteniéndose en alerta, su corazón se sintió como si diera un vuelco.
La mujer dio un paso más hacia ella, tenía la misma altura, el mismo tono de piel, el mismo color de cabello, pero un rostro muy diferente a Marisela. Tomó otro bolso que Marisela había dejado en la mesa, con su nombre bordado y se lo colgó a un costado.
- "Alguien pagó porque dejes de respirar", respondió la mujer sacando una navaja de un bolsillo de su uniforme.
El ruido del taller no se detuvo de inmediato, pero las otras tres mujeres que estaban al fondo levantaron la cabeza, pero no podían intervenir, sabían que todo podría salir muy mal.
Marisela retrocedió, chocando con la mesa. Tomó lo primero que encontró, un punzón que servía para hacer broches. Marisela se movió hacia el pasillo entre las mesas.
- "¡Guardias!", gritó Marisela.
La atacante avanzó con la cuchilla en alto. Marisela lanzó una caja de remaches metálicos al suelo. Las piezas rodaron por el piso.
La mujer resbaló, pero no cayó y seguía con la navaja para alcanzar a Marisela, quien tenía el corazón golpeando en el pecho.
La mujer se abalanzó. Y entonces ocurrió, se escuchó un sonido bajo como un silbido profundo y como si una corriente invisible recorriera la base del edificio y luego todo empezó a vibrar.
Las máquinas comenzaron a moverse. Las luces parpadearon y una raja atraviesa la pared en un zigzag que las separa con un estruendo.
- ¡Terremoto!", había gritado alguien y todos corrían.
La atacante perdió el equilibrio justo cuando intentaba clavar la navaja. Ambas cayeron con fuerza.
El punzón salió disparado. El concreto se agrietó con un estruendo seco. Mucho polvo cayó del techo. Un estante completo se desplomó a pocos metros.
Marisela rodó, tratando de alejarse mientras el mundo parecía partirse en dos. La navaja quedó atrapada bajo una mesa volteada.
Afuera se escuchaban los gritos, las sirenas, las órdenes de las guardias, que no podían controlar nada, y adentro del taller un caos, que dejaba dos mujeres casi enterradas por los escombros, un completo caos.
Marisela no supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Cuando despertó tenía la boca llena de polvo y un zumbido constante en los oídos. Intentó moverse, pero algo pesado le oprimía la pierna. Solo pudo toser, y quizá ese sonido fue el que la salvó.
- "¡Acá hay alguien!", gritó la voz.
Manos la sujetaron por los brazos. Alguien retiró los escombros con dificultad.
- "Respira, está viva", dijo el rescatista, cuando miró hacia el fondo vio otro cuerpo, "ahí hay otra", señaló.
A Marisela la sacaron primero. Tenía la frente abierta, su rostro y su uniforme cubierto de polvo y sangre que no sabía si era suya.
La colocaron en una camilla improvisada. Todo eran gritos, sirenas y órdenes cruzadas.
- "¿Tu nombre?", preguntó una guardia, que era nueva en el lugar, mientras intentaba limpiar el polvo de su rostro.
Marisela quiso responder, pero apenas le salió un sonido. La guardia dudó un segundo y escribió “NN” en su cuaderno de anotaciones.
Luego se acercó al otro cuerpo. Los rescatistas ya habían confirmado la muerte. La guardia miró el bolso que había quedado colgado del cuerpo de la mujer. El nombre bordado estaba visible. Lo comparó rápidamente con la lista de internas asignadas a ese taller.
- "Marisela Sánchez", leyó en voz alta, y lo anotó.
Cubrieron el cuerpo con una manta. No hubo más comprobación. No había tiempo.
A Marisela la subieron a una ambulancia junto a otras heridas.
El suelo seguía temblando. Y el nombre que acababan de anotar no era el correcto, pero nada había sido correcto en la vida de Marisela, tal vez ese error podría ser su más grande oportunidad.