En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 1. La Casa Donde Nadie Dormía en Paz.
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La lluvia golpeaba los vitrales altos del castillo Valemont con una suavidad engañosa, como dedos pacientes arañando el vidrio.
Desde el corredor del tercer piso, Seraphine observó el patio interior cubierto por neblina gris. El agua descendía lentamente por las estatuas de mármol ennegrecido y se acumulaba entre las piedras del suelo formando pequeños espejos oscuros. Abajo, varios sirvientes cruzaban apresurados con la cabeza inclinada, evitando mirar hacia las ventanas superiores.
Como siempre.
En aquella casa todos evitaban mirar demasiado alto.
Seraphine deslizó los dedos sobre la barandilla de hierro frío mientras escuchaba los pasos detrás de ella.
—Llegas tarde.
La voz de Evelyne sonó suave, elegante. Peligrosa.
Seraphine giró apenas el rostro.
Su hermana mayor avanzaba por el corredor envuelta en seda color vino oscuro. Cada movimiento suyo parecía calculado para ser visto. Incluso el modo en que sostenía el abanico cerrado entre los dedos largos transmitía superioridad.
Hermosa. Intocable.
Y completamente vacía detrás de los ojos.
—Faltan diez minutos para la cena —respondió Seraphine.
—Padre ya está sentado.
Eso sí logró que levantara la vista.
Evelyne sonrió apenas al notar la reacción.
—¿Sorprendida?
—Molesta.
—Es lo mismo en esta familia.
Las antorchas del corredor crepitaban con debilidad. El viento que se filtraba por las ventanas hacía bailar las sombras sobre las paredes de piedra negra decoradas con retratos de antiguos duques Valemont: hombres severos, mujeres de belleza rígida, todos con el mismo cabello oscuro como tinta.
Seraphine odiaba esos retratos.
Parecían observarla demasiado.
Evelyne se acercó hasta quedar a su lado.
—Alaric regresó esta mañana.
Ah.
Así que por eso.
Seraphine ocultó la tensión de inmediato.
—Pensé que seguiría en la frontera.
—También lo pensábamos todos.
Evelyne abrió el abanico lentamente. Sus ojos claros se desviaron hacia el patio inferior.
—Dicen que ejecutó personalmente a dos oficiales por desobedecer órdenes.
—¿Y eso impresiona a padre o lo decepciona?
—Depende de si ganaron antes de morir.
Un silencio breve se instaló entre ambas.
La lluvia seguía cayendo.
A lo lejos, el sonido metálico de espadas entrenando en el patio de guardias atravesaba el aire húmedo.
Seraphine observó de reojo a su hermana.
Evelyne siempre parecía tranquila, pero sus dedos estaban tensos sobre el abanico.
Nerviosa.
Interesante.
—¿Cassian está aquí? —preguntó Seraphine.
—Desde el amanecer.
Eso empeoraba las cosas.
Los dos hermanos mayores bajo el mismo techo rara vez significaban algo bueno.
Evelyne la observó entonces con una sonrisa pequeña.
—Hoy deberías hablar menos de lo habitual.
—¿Consejo o amenaza?
—Supervivencia.
Y siguió caminando.
El perfume delicado que dejó atrás desapareció rápidamente entre el olor húmedo de piedra mojada y cera derretida.
Seraphine permaneció inmóvil unos segundos.
Luego continuó hacia el gran comedor.
Cada paso resonaba suavemente sobre el mármol oscuro.
No tenía miedo de su padre.
Eso sería más sencillo.
Lo que sentía era algo peor: atención constante. Como vivir frente a una hoja afilada suspendida sobre el cuello.
Una equivocación.
Una sola.
Y caería.
Los guardias abrieron las enormes puertas del comedor cuando ella llegó.
La luz dorada de los candelabros inundó el corredor.
El calor del salón contrastó de inmediato con el frío húmedo del castillo. El techo alto desaparecía entre sombras, sostenido por columnas negras adornadas con detalles plateados. La mesa principal, absurdamente larga, estaba cubierta por platos de plata, vino rojo y velas encendidas cuya luz hacía brillar los rostros nobles como máscaras elegantes.
El duque ya estaba sentado en la cabecera.
No levantó la vista al verla entrar.
Seraphine descendió la mirada con precisión impecable.
—Padre.
—Seraphine.
Solo eso.
Ni afecto. Ni desprecio.
Peor aún: evaluación.
Cassian estaba sentado a la derecha del duque. Recto. Perfectamente vestido. Impecable.
Parecía una estatua tallada para representar al heredero ideal.
Pero sus ojos tenían sombras oscuras debajo.
Agotamiento.
Alaric ocupaba el lado opuesto. Sonreía mientras hacía girar lentamente una copa entre los dedo.
Demasiado relajado.
Demasiado satisfecho.
Celestine permanecía en silencio al final de la mesa, casi invisible bajo la iluminación tenue. Como siempre, observaba más de lo que hablaba.
Seraphine tomó asiento.
Un sirviente llenó su copa rápidamente sin mirarla directamente.
El sonido de cuchillos y porcelana rompió el silencio inicial.
Entonces el duque habló.
—Alaric.
—Padre.
—Escuché que tomaste Fort Rhenovar en cuatro días.
Alaric sonrió apenas.
—Cinco.
—Entonces mis mensajeros son más eficientes que mis soldados.
Cassian no reaccionó.
Pero Seraphine notó cómo tensó ligeramente la mandíbula.
Pequeño error.
Pequeña provocación.
El duque cortó un trozo de carne lentamente.
—¿Y los oficiales ejecutados?
—Uno vendía información. El otro dudó.
—¿Dudó?
—En combate.
El duque bebió vino sin apartar la mirada de su hijo.
—Hiciste bien.
Ahí estaba.
La satisfacción apenas visible en el rostro de Alaric resultó casi desagradable.
Cassian permaneció inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Seraphine sintió el ambiente endurecerse alrededor de la mesa como una cuerda tensándose lentamente.
Todos esperaban algo.
Siempre esperaban algo.
El duque finalmente dirigió la mirada hacia Cassian.
—Tu hermano obtiene resultados rápidos.
—También pierde el doble de hombres —respondió Cassian con calma.
Alaric soltó una risa corta.
—Los soldados existen para morir.
—Los incompetentes piensan eso.
La sonrisa de Alaric desapareció apenas un segundo.
Seraphine bajó la vista hacia su copa ocultando el interés.
Ahí estaba el verdadero juego.
No odio.
No gritos.
Solo dos hombres intentando destruirse con frases medidas.
—Suficiente —dijo el duque.
El silencio volvió inmediatamente.
Ni siquiera Alaric desafió esa orden.
Las velas chisporrotearon suavemente.
Afuera, el trueno distante hizo vibrar los vitrales.
Entonces el duque habló otra vez.
—La Casa Arden enviará invitados dentro de tres semanas.
Evelyne dejó de mover el abanico.
Cassian alzó apenas la vista.
Seraphine sintió un mal presentimiento inmediato.
—Quieren negociar una alianza comercial —continuó el duque—. Y posiblemente matrimonial.
Ah.
Claro.
Siempre terminaba ahí.
Matrimonios.
Ventas elegantes disfrazadas de honor noble.
—Evelyne —dijo el duque—. Te encargarás de recibirlos.
—Por supuesto, padre.
—Seraphine irá contigo.
El aire pareció enfriarse.
Seraphine levantó lentamente la mirada.
El duque la observaba directamente ahora.
Sus ojos oscuros eran insoportablemente tranquilos.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
Nunca responder demasiado rápido.
Nunca demasiado lento.
El duque sostuvo su mirada unos segundos más antes de continuar comiendo.
Pero Seraphine entendió el mensaje.
La estaban mostrando.
Evaluando.
Quizá vendiendo.
Sintió asco.
No en el rostro. Nunca en el rostro.
Solo en el pecho.
La conversación cambió hacia asuntos militares y comercio del ducado. Seraphine escuchó sin intervenir, almacenando detalles, tonos, silencios.
Cassian evitaba provocar a Alaric.
Alaric intentaba hacerlo constantemente.
Evelyne analizaba cada reacción del duque.
Celestine…
Celestine la estaba observando.
Seraphine lo notó sin girarse completamente.
Sus ojos se encontraron apenas un instante.
La segunda hermana sonrió de forma casi imperceptible.
Y luego miró debajo de la mesa.
Seraphine sintió el corazón detenerse un segundo.
Porque debajo de la manga negra de su vestido… una chispa rojiza había escapado entre sus dedos.
Magia.
Minúscula.
Pero visible.
Seraphine cerró la mano de inmediato.
Cuando volvió a mirar a Celestine, su hermana seguía en silencio.
Observándola.
Entendiéndola.
O condenándola.
Y por primera vez en mucho tiempo, Seraphine sintió verdadero miedo.
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