¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 5: Un pirata con escamas y una santa con olor a envidia
Lograr que un dragón celestial de quince metros cupiera en un paseo por el pueblo requería un poquito de sentido común, algo de lo que esa deidad mítica afortunadamente sí tenía. Resulta que el "pequeño", al notar mi crisis nerviosa por el desastre de las ventanas rotas, encogió su cuerpo hasta quedar del tamaño de un loro gordo y gordinflón. Ahora mismo estaba cómodamente acomodado sobre mi hombro derecho, aferrándose con sus garritas de oro a las hombreras de mi vestido y mordisqueando distraídamente un mechón de mi pelo violeta.
—¡Mi señora, por favor, camine más despacio! ¡Es peligroso! —suplicaba Brigit, corriendo detrás de mí mientras intentaba taparse la cara con un abanico—. ¡Estamos en el mercado público de la capital! Un asesino podría saltar de entre la multitud, o peor aún... ¡la prensa de la corte podría fotografiarla vestida sin el tocado real!
—Ay, Brigit, bajale dos rayitas al drama —respondí, maravillada con todo lo que veía a mi alrededor.
El pueblo era increíble. Parecía una feria medieval de alta gama: puestos de frutas exóticas que brillaban con luz propia, panaderías que olían a gloria y tiendas de pociones de colores que parecían boliches en miniatura. Tras pasarme la vida encerrada en una oficina gris con luz fluorescente, ver tantos colores y oler comida real me hacía sentir que estaba en el mejor viaje turístico de mi existencia.
—Además, ¿quién me va a atacar? —añadí, dándole una palmadita en el hocico al minidragón—. El pequeño me cuida. Mirame, me siento un pirata, nada más que en vez de un loro llevo un dragón.
Sonreí de oreja a oreja, fascinada con mi nueva mascota. El dragoncito emitió un ronroneo agudo y soltó una pequeña burbuja de humo morado por la nariz, como si estuviera de acuerdo con mi nuevo estatus de capitana de barco.
Brigit estuvo a punto de soltar otro quejido, pero la multitud del mercado se abrió de golpe en el centro de la plaza principal.
Un grupo de monjas y caballeros con capas blancas avanzaba abriendo paso a una joven. La chica vestía un vestido blanco tan inmaculado que parecía flotar, tenía el cabello rubio angelical y una expresión de bondad tan exagerada que parecía sacada de un comercial de champú. Iba repartiendo moneditas de cobre a los niños pobres mientras ponía cara de estar sufriendo por los pecados del mundo.
Apenas crucé mirada con ella, una oleada de rechazo biológico me recorrió el cuerpo. Mi instinto de empleada experimentada, esa que detecta a la compañera de oficina víbora que te roba las ideas y le sonríe al jefe, se activó al mil por ciento.
—Dios mío... desde acá le huelo lo zorra y lo envidiosa —solté en voz alta, deteniéndome en seco y entrecerrando los ojos—. ¿Quién es esa que se cree la Madre Teresa de Calcuta versión medieval?
—¡¡Shhh!! ¡Duquesa! —Brigit casi se atraganta con su propia saliva y me tiró del brazo, aterrorizada—. ¡Baje la voz! Ella es Lady Ariadna, la Santa elegida por el Templo de la Luz. Es la protegida del Príncipe Jarek y la mujer más amada por el pueblo... ¡Por favor, no la insulte en público!
—Ah, la favorita del ricitos de oro. Con razón tiene esa vibra de mosquita muerta —comenté, cruzándome de brazos.
Ariadna, que claramente había escuchado los murmullos de la gente al ver llegar a la "temible Duquesa Cassandra", se giró hacia mí. Sus ojos fingieron sorpresa y luego una profunda compasión. Al divisar al pequeño dragón blanco en mi hombro, sus ojos brillaron con una codicia codificada tras una fachada de pura rectitud.
—¡Oh, Duquesa Cassandra! —exclamó Ariadna con una voz tan dulce que daba diabetes, caminando hacia mí con las manos entrelazadas—. Qué dolor siente mi corazón al verla. He escuchado los rumores de sus... desastres con la magia en el bosque. Y ahora... ¡por los cielos! ¿Qué hace con esa pobre criatura aprisionada en su hombro?
La "Santa" se detuvo a un metro, mirando al dragoncito con fingida ternura.
—Como elegida del Templo, los animales sagrados responden a mi pureza —anunció Ariadna, inflando el pecho con orgullo para que todo el mercado la mirara—. Criatura inocente, no temas a la oscuridad de esa mujer. Ven a mí, yo te daré el amor y la luz que necesitas.
Ariadna extendió sus manos delicadas hacia mi hombro, activando un brillo dorado que supuestamente atraía a las bestias místicas. Ella esperaba que el dragón saltara a sus brazos, dejando a la villana en ridículo frente a todo el pueblo.
Yo no hice nada. Primero, porque me daba flojera pelearme por un lagarto; y segundo, porque quería ver qué pasaba.
El pequeño dragón dejó de morder mi cabello. Miró las manos brillantes de Ariadna. Luego miró su rostro perfecto. El bicho, que en realidad era una deidad mítica con más años que el imperio, pareció ofenderse muchísimo de que una humana con perfume barato intentara darle órdenes.
El dragón abrió el hocico.
Yo pensé: «Bueno, le va a tirar un escupitajo de fuego y la va a dejar pelada». Pero como en mi vida todo sale al revés, la magia del dragón reaccionó de forma puramente cómica. En vez de lanzar fuego, el pequeño emitió un sonido parecido a un estornudo flojo: ¡Pshhh!
De su boca no salió fuego, sino un chorro a presión de un líquido viscoso, pegajoso y de un color verde fosforescente que olía sospechosamente a pantano rancio. El chorro impactó de lleno en la cara de Ariadna.
—¡...! —Ariadna se quedó congelada.
El moco verde le chorreaba por los ojos, la nariz y le caía en hilos espesos sobre su vestido blanco inmaculado, arruinándolo por completo en un segundo. El olor a huevo podrido y algas rancias inundó la plaza.
—¡¡¡KYAAAAAAA!!! —el grito que pegó la Santa no tuvo nada de angelical. Parecía un gato techero al que le pisaron la cola—. ¡Mi cara! ¡Mi vestido! ¡Esta... esta bestia inmunda me ha profanado!
Los caballeros blancos entraron en pánico, intentando limpiarla con pañuelos, pero el moco verde era tan pegajoso que solo lograban esparcirlo más, haciendo que Ariadna pareciera Shrek en un día de campo. La multitud del pueblo, que antes la adoraba, ahora contenía la risa disimuladamente detrás de sus manos.
Yo me quedé mirando la escena, totalmente tentada, y por supuesto, mis pensamientos volvieron a traicionarme.
—Jajaja, ¡tomá por soretita! —solté a carcajadas, dándole una palmadita de felicitación al dragón—. Te quedó el vestido ideal para el estreno de una película de monstruos, querida. Buen tiro, bicho, hoy cenás doble porción de pastel.
—¡¡Duquesa Cassandra, vámonos ya por el amor de Dios!! —gritó Brigit, agarrándome del corsé y arrastrándome a toda velocidad por un callejón antes de que los caballeros del Templo nos declararan la guerra.
Mientras huíamos, con el dragón eructando feliz en mi hombro, no pude evitar sonreír. El paseo por el pueblo había sido un éxito rotundo.