⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Runas y las garras
En el Castillo de Alva, la higiene no era un lujo común para los soldados ni los campesinos, quienes apenas se limpiaban con paños húmedos durante el invierno para evitar el frío. Sin embargo, para la familia del duque, las cosas eran distintas. En el sótano de la torre oeste existía una cámara de piedra con calderas de cobre donde los sirvientes calentaban agua del pozo, mezclándola con hojas de pino y resinas aromáticas para camuflar el olor a hierro y sudor.
Marek Kizilbash sabía que el aroma a sexo, semen seco y almizcle animal que desprendían sus cuerpos delataría el secreto del embarazo ante los nobles del consejo. Por eso, antes de subir al salón de mapas, ordenó traer grandes tinas de madera llenas de agua humeante directamente a la habitación de la torre.
Naim se sumergió en el agua caliente con un gemido de puro alivio. El líquido humeante limpió las costras de sangre de sus muñecas y el fluido blanco del duque que se había secado entre sus muslos trigueños. Marek entró en la tina contigua, dejando que el agua relajara los músculos tensos de su espalda.
Desde su tina, el duque observó cómo Naim usaba un trozo de jabón de grasa animal y ceniza para restregar su pecho marcado. Con el agua aclarando su piel, los moretones y las marcas de mordiscos que Marek le había dejado la noche anterior resaltaron con violencia erótica.
—Tu cuerpo está cambiando rápido —dijo Marek en voz baja, fijando sus ojos oscuros en el vientre del licántropo.
Naim detuvo sus manos. Al mirarse en el reflejo del agua, notó que su abdomen, antes perfectamente plano y duro como la piedra, lucía ligeramente más suave y redondeado en la zona baja, justo por encima de su pelvis. La magia del bosque estaba expandiendo su útero interno a una velocidad sobrehumana para proteger al cachorro. Sus pezones oscuros también lucían más grandes y sensibles, rozando las ondas del agua con un cosquilleo constante.
—Es el cachorro —susurró Naim, acariciando la suave curva de su vientre con dedos temblorosos—. Exige espacio. Y exige tu presencia, Marek. Siento que mi magia se estabiliza cuando estás cerca.
Marek no pudo contenerse. Salió de su tina, dejando que el agua corriera por su torso musculoso, y se metió en la tina de Naim. El espacio era estrecho, obligando a los cuerpos desnudos a pegarse por completo. El agua caliente se desbordó, empapando el suelo de madera.
Marek atrapó a Naim por la cintura desde atrás, pegando la espalda mojada del shou contra su propio pecho firme. Con una de sus manos grandes, el duque comenzó a acariciar el vientre hinchado del lobo bajo el agua, mientras que con la otra subió para amasar los pectorales del licántropo. Naim echó la cabeza hacia atrás, jadeando directamente contra el oído de Marek mientras sentía la hombría del noble ponerse rígida y presionar contra sus glúteos bajo el agua caliente.
—Tengo que bajar al salón —dijo Marek, aunque sus manos seguían recorriendo la piel trigueña del lobo con urgencia carnal—. Los nobles ya han llegado.
—Ve entonces… —rogó Naim, aunque sus caderas se movieron hacia atrás instintivamente, buscando el contacto duro del duque—. Pero regresa rápido. El vacío en mi estómago está volviendo.
Marek le dio un último beso húmedo en el cuello, se separó con esfuerzo y salió del baño. Se secó con un paño limpio y se vistió con sus ropas oficiales: una túnica de terciopelo azul oscuro con el escudo del ducado bordado en hilos de plata y su capa forrada de zorro. Colocó su guante de cuero sobre la mano derecha vendada y salió de la torre, dejando a Naim limpio, alimentado y protegido por el cerrojo.
El gran salón de mapas estaba helado en comparación con la calidez de la torre. En el centro de la habitación, alrededor de la mesa de roble, tres hombres mayores vestidos con pesadas ropas de seda y pieles finas esperaban con rostros de pocos amigos. Eran los miembros del consejo del ducado, los nobles que controlaban las tierras del este. Junto a ellos, el capitán Gregor se mantenía de pie con la mano apoyada en el pomo de su espada.
Cuando Marek entró al salón, los nobles se pusieron de pie a regañadientes, haciendo reverencias cortas.
—Excelencia —habló el barón Von Stern, un hombre gordo y de barba canosa—. Nos alegramos de ver que sigue con vida. Los rumores en la villa dicen que habéis traído a un demonio devorador de hombres al castillo. Los soldados juran que la bestia saltó de la muralla y destripó a los monstruos de la Niebla con sus propias manos.
Marek se sentó en la cabecera de la mesa, adoptando una postura imponente. Su mirada oscura barrió los rostros de los consejeros, infundiendo el miedo que un gobernante de frontera necesitaba.
—Lo que los soldados vieron fue una herramienta de guerra, barón —respondió Marek con voz firme y gélida—. El licántropo está bajo mi custodia y responde únicamente a mis órdenes. Gracias a su intervención, los silos de grano del sur siguen intactos hoy. ¿Tienen alguna objeción contra la supervivencia de nuestro pueblo?
Los nobles se miraron entre sí, incómodos. Un segundo consejero, el conde Malik, dio un paso al frente, apoyando sus manos arrugadas sobre los mapas del ducado.
—No dudamos de la efectividad del monstruo, milord. Pero la Iglesia del Sur llegará en cinco días. Si los inspectores eclesiásticos huelen la presencia de la herejía en este castillo, declararán al ducado en rebeldía. Nos quitarán las rutas de comercio y nos dejarán morir de hambre. Exigimos que la bestia sea entregada a la Iglesia o ejecutada en la plaza pública antes del amanecer.
La runa de sangre en la palma derecha de Marek dio un latido violento de furia. El instinto posesivo del duque se encendió al escuchar la amenaza contra su shou y su hijo no nacido. Se levantó de la silla con brusquedad, apoyando ambas manos sobre la mesa con tanta fuerza que la madera crujió.
—Este ducado me pertenece por derecho de sangre —sentenció Marek, dando un paso hacia el conde Malik—. La Iglesia no defendió los muros anoche cuando la Niebla avanzaba. Mis runas y las garras de esa criatura fueron las que salvaron vuestras tierras. Si un solo inspector intenta tocar al licántropo, consideraré que es un acto de traición contra mi autoridad. Y sabéis bien cómo castigo la traición.
El silencio que se apoderó del salón fue sepulcral. Los nobles dieron un paso atrás, intimidados por el aura asesina del duque. Sabían que Marek no dudaba en usar su espada si alguien desafiaba sus decisiones.
—Entendido, excelencia —dijo el barón Von Stern, tragando saliva con dificultad—. Pero recordad que las sospechas no se calman solo con amenazas. Si el monstruo comete un solo error, el pueblo se levantará contra vos.
—Retírense —ordenó Marek, dándoles la espalda.
Los consejeros salieron del salón a toda prisa, murmurando entre dientes. Gregor se quedó a solas con el duque, soltando un suspiro largo.
—Habéis sido muy duro con ellos, señor. Von Stern tiene espías en el castillo. Buscarán la forma de averiguar qué es lo que hacéis realmente en la torre oeste.
—Que lo intenten, Gregor —respondió Marek, quitándose el guante para revisar la venda de su mano—. Refuerza la guardia en la base de la torre. Nadie entra sin mi permiso escrito. Voy a regresar con Naim.
El duque caminó de vuelta hacia la torre oeste. Su mente estaba llena de estrategias políticas, pero su cuerpo exigía regresar al aroma almizclado del lobo. Al abrir la puerta de los aposentos, encontró a Naim esperándolo de pie junto a la chimenea. El licántropo ya se había colocado una túnica limpia de lana azul, pero sus ojos ámbar brillaban con una intensidad inusual.
Naim se acercó a Marek a pasos rápidos. Antes de que el duque pudiera hablar, el shou lo tomó por las solapas de la túnica de terciopelo y lo empujó hacia la cama, mostrando una urgencia que rozaba la locura. El apetito de su vientre preñado no solo exigía comida; exigía la simiente carnal del macho para alimentar la magia del cachorro.