Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Mago Valety
Al día siguiente, Tracy volvió a despertarse con esa mezcla rara de cansancio y expectativa.
Sus músculos todavía le dolían por el entrenamiento con el mago Carl, pero, por primera vez desde que había llegado a ese mundo, ese dolor no la desanimaba. Era la prueba tangible de que algo estaba cambiando, aunque fuera lento.
Mientras se lavaba la cara en la palangana de porcelana, una idea le cruzó la mente.
—Hoy me toca Valety… —murmuró.
No sonaba mejor que Carl.
De hecho, en algunos sentidos, sonaba peor.
El mago Valety siempre la había mirado como a un problema mal resuelto. No con rabia, ni con desprecio abierto, sino con una frialdad clínica, como si fuera un experimento defectuoso que no había dado los resultados esperados.
Cuando Lina la acompañó hasta el salón de clases, Tracy sintió un leve nudo en el estómago.
El aula era distinta al patio de entrenamiento. Cerrada, silenciosa, con paredes cubiertas de estanterías llenas de frascos, pergaminos y artefactos mágicos. En el centro había varias mesas de piedra pulida, cada una con símbolos grabados en su superficie. Un gran cristal transparente flotaba sobre un pedestal al fondo de la sala.
El mago Valety ya estaba ahí.
De pie, con las manos a la espalda, observándola como si ya estuviera tomando notas mentales sobre todo lo que hacía mal.
—Llegas puntual otra vez.. Interesante patrón reciente.
Tracy se inclinó levemente.
—Buenos días, señor.
Valety no respondió al saludo. Simplemente giró y señaló una de las mesas.
—Siéntate. Hoy no empezaremos con práctica. Primero, teoría.
Tracy obedeció, sentándose con la espalda recta.
Valety caminó despacio por el aula mientras hablaba, con ese tono de voz sereno que hacía que todo sonara como una orden..
—En este mundo existen distintos tipos de magia.. La más común y visible es la magia elemental.
Con un gesto de su mano, pequeñas chispas flotaron en el aire, luego una gota de agua, después una vara de madera viva, un fragmento de metal brillante y, por último, un pequeño terrón de tierra que giró lentamente.
—Fuego, madera, agua, metal y tierra.. Estas afinidades se heredan por sangre. De padres a hijos. Son dones naturales, estables y, en la mayoría de los casos, poderosos.
Las imágenes se disiparon.
—Luego estamos… nosotros.. personas sin afinidad elemental específica, pero con maná.
Tracy sostuvo su mirada.
—Nuestro poder no viene dado por la herencia… Viene del trabajo. De la disciplina. De la capacidad de canalizar y moldear energía pura para distintos usos: barreras, sanación menor, manipulación de objetos, amplificación, detección.
Caminó hacia el cristal flotante del fondo.
—Somos menos espectaculares que los elementales.. Pero también más versátiles. Y, en un reino como Bernicia, con tan pocos magos disponibles, nuestra utilidad es… crítica.
Tracy apretó un poco los dedos sobre la mesa.
[En beneficio del reino]
Ella bajó la mirada un segundo.
Pensó en su vida anterior.
En cómo siempre había vivido para cumplir expectativas ajenas.
Para sobrevivir.
Para no molestar.
Y una idea clara se formó en su mente..
Ella no iba a usar su don por el reino.
Lo iba a usar por ella.
Por su propia libertad.
Por su propia fuerza.
Por su propio destino.
Levantó la vista otra vez, seria.
Valety siguió hablando, sin notar su tormenta interna.
—Tú tienes una reserva de maná baja.. Extremadamente baja. Pero no inexistente. Eso significa que tu problema no es la ausencia de poder… sino la ineficiencia en su uso.
Tracy asintió.
—Eso nos lleva a la práctica —anunció.
Con un gesto seco, hizo que el gran cristal descendiera hasta quedar flotando a la altura de sus ojos.
—Tu objetivo es simple.. Canalizar maná en un punto concreto y generar presión suficiente para agrietar este cristal.
Tracy tragó saliva.
En sus recuerdos, eso ya lo había intentado antes.. Decenas de veces. Nunca había logrado ni un rasguño.
Se colocó frente al cristal, levantó las manos y cerró los ojos.
Respiró hondo.
Buscó su maná.
Lo sintió débil, como un hilo delgado.
Empujó.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Un leve pulso de energía golpeó el cristal… y se disipó sin dejar marca.
—Insuficiente.. Sigues dispersando tu maná.
Tracy apretó los dientes.
Lo intentó otra vez.
Nada.
Sus hombros empezaron a tensarse.
La frustración subió como una ola caliente.
—Detente —ordenó Valety de pronto.
Tracy bajó las manos, jadeando.
—No lo estás haciendo solo mal técnicamente.. Lo estás haciendo mal emocionalmente.
Ella frunció el ceño.
—¿Emocionalmente?
—Siempre contienes todo.. Tu cansancio. Tu rabia. Tu miedo. Eso crea bloqueos. No necesitas más fuerza. Necesitas dirección.
Se acercó un poco más al cristal.
—Bota tu ira.. No la reprimas. Úsala.
Tracy sintió algo romperse por dentro.
Pensó en su vida anterior.
En sus ahorros perdidos.
En su muerte absurda bajo la lluvia.
En las miradas de decepción.
En la Tracy débil que siempre se rendía por dentro.
Sus manos empezaron a temblar.
—Hazlo —dijo Valety en voz baja.
Tracy gritó.
No en voz alta.
Por dentro.
Empujó su maná como nunca antes.
No con control perfecto.
No con elegancia.
Con pura voluntad furiosa.
El aire vibró.
El cristal emitió un crujido agudo.
Una grieta apareció.
Y luego…
El cristal explotó en mil fragmentos de luz.
Una onda de choque la golpeó de lleno.
Tracy salió despedida hacia atrás y cayó de rodillas, mareada, con la visión borrosa y un zumbido fuerte en los oídos.
Le faltaba el aire.
Sentía el cuerpo vacío.
Apenas consciente.
Valety apareció frente a ella en segundos, sujetándola antes de que se desplomara por completo.
—No te excedas
Tracy respiraba como si hubiera corrido kilómetros.
Pero estaba sonriendo.
Una sonrisa torpe, feliz, incrédula.
—Lo… lo hice…
Nunca.
Nunca antes había logrado eso.
Valety la observó en silencio.
Ya no como a un experimento fallido.
Sino como a algo… interesante.
—Así es.. Lo hiciste.
Tracy cerró los ojos un segundo, agotada, pero con el pecho ardiendo de orgullo.
Había quedado casi desmayada.
Había gastado todo su maná.
Pero había roto el cristal.
Y por primera vez desde que llegó a Bernicia, supo con absoluta certeza que su debilidad no era una condena eterna.
Era solo el punto de partida.