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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:584
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

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El enredo: parte II

—Isabela… no te cases.

La miró directo.

—No con él.

Hizo una breve pausa.

—Cásate conmigo.

Isabela no respondió de inmediato.

Se quedó mirándolo, sin saber qué decir. La incomodidad era evidente.

—¿Vine hasta aquí para que me dijeras eso? —preguntó, con molestia contenida.

Dante apretó ligeramente la jarra entre sus manos.

—No soporto estar en ese instituto… pensando que estás con él. Que te toma de la mano… que te besa.

Hizo una pausa breve.

—No lo soporto.

Isabela desvió la mirada un instante antes de volver a verlo.

—Dante… somos de mundos distintos.

Señaló ligeramente alrededor, sin exagerar el gesto.

—Hoy lo entendí. Pudiste llevarme a cualquier lugar… y elegiste esto.

Su voz se mantuvo firme.

—Un lugar que pone en riesgo mi reputación. Donde no debería estar.

Guardó silencio un segundo.

—No hay futuro para nosotros.

Lo miró directamente.

—Déjalo ya.

—Isabela… tú me gustas. Quiero casarme contigo. Verte cada mañana… besarte… tocarte.

—Basta —lo interrumpió, alzando ligeramente la mano—. Ya te escuché. Cumplí con mi parte del trato. Quiero irme.

Dante la miró fijamente.

—¿De verdad te vas a casar con él?

—Sí —respondió, sin dudar.

—¿Sientes algo por él?

—No.

La seguridad en su voz no cambió.

—Pero espero hacerlo. Dante, no me pongas a elegir… entre tú y mi familia, mi reputación.

Hizo una breve pausa.

—Porque vas a perder.

Lo sostuvo con la mirada.

—Me gustas, sí. Pero no voy a renunciar a lo que tengo por un matrimonio contigo que no me convence… uno que podría arruinarme.

—Isabela… —la llamó, esta vez más suave.

—No.

Negó con la cabeza.

—Llévame de regreso al pueblo. Quiero volver al instituto.

Dante apartó la mirada por un instante.

—Déjame pagar y pedir un carruaje.

Isabela asintió en silencio.

Esperaron un buen rato el carruaje, en completo silencio.

Cuando por fin llegó y se detuvo frente a ellos, Isabela fue la primera en reaccionar. Sin esperar a Dante, abrió la puerta y subió.

No dijo nada.

Dante la observó un instante antes de dar las indicaciones al cochero. Pagó y luego subió al carruaje, tomando asiento a su lado.

El espacio se volvió reducido.

Y el silencio… más incómodo.

El carruaje avanzó.

El trayecto se sentía largo, pero el silencio lo era aún más.

Isabela apoyó la cabeza ligeramente y dirigió la mirada hacia la ventana. El paisaje se convirtió en su única distracción: los árboles que pasaban uno tras otro, los pájaros cruzando el cielo, incluso el camino de terracería levantando polvo.

Todo era mejor que pensar.

Le dolía la cabeza. El cuello también. La tensión comenzaba a pasarle factura.

No entendía en qué momento se había metido en todo aquello.

Cerró los ojos por un instante.

El movimiento constante del carruaje, junto con el silencio, terminó por calmarla lo suficiente.

Y, sin darse cuenta…

se quedó dormida.

Cuando despertó, notó que la luz había cambiado.

Era más tenue.

Ya era tarde.

Se incorporó un poco y miró por la ventana. El paisaje no le resultaba familiar.

Algo no estaba bien.

—¿Y el pueblo? —preguntó, alarmada.

Dante la observó en silencio.

—Dante —insistió, alzando la voz.

—No voy a dejar que te cases con él —dijo finalmente.

Isabela frunció el ceño.

—¿Estás borracho?

Él negó con la cabeza.

—Estoy bien.

El miedo empezó a instalarse.

—¿Dónde estamos? ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó, ahora con urgencia.

Dante sostuvo su mirada.

—Vamos a mi condado. Serás mía. A tu abuelo no le quedará otra opción que casarte conmigo.

Le sonrió.

Isabela sintió que el aire le faltaba.

—¿Enloqueciste? —dijo, con la voz temblorosa—. ¡Detenga el carruaje!

El cochero no respondió.

Dante habló sin apartar la vista de ella.

—Trabaja para mí. No hará nada de lo que digas.

Isabela levantó la mano y le dio una bofetada.

El golpe fue seco. Incluso a ella le dolieron los dedos.

—Detén el carruaje. Llévame de regreso o te juro que me voy por mi cuenta.

Dante llevó la mano al rostro, sorprendido. No esperaba el golpe… pero no pareció molestarle.

—Isabela, cálmate —dijo, manteniendo el control.

Ella no respondió.

Giró hacia la ventana y comenzó a observar. El camino, el movimiento del carruaje, la puerta… el seguro.

Esperó.

Contó el tiempo en silencio, intentando parecer tranquila.

Pero no lo estaba.

Pasaron unos minutos.

Y, en un descuido, actuó.

Abrió la puerta y saltó.

El impacto contra el suelo fue fuerte. Cayó mal y se lastimó la muñeca, pero no se detuvo.

Se levantó como pudo.

Y corrió.

Corrió sin mirar atrás, hasta internarse en el bosque.

El carruaje se detuvo de golpe.

Dante descendió de inmediato, seguido por el cochero.

Ambos se adentraron en el bosque.

A buscarla.

Ni Isabela ni Dante sabían exactamente dónde estaban. Ninguno de los dos había estado antes en ese bosque.

El cochero, a diferencia de ellos, lo conocía un poco mejor, pero no lo suficiente.

La noche cayó.

La poca luz del día desapareció por completo, y con ella cualquier ventaja que pudieran tener.

Buscarla se volvió mucho más difícil.

—¡Isabela! —gritó Dante, avanzando entre los árboles.

El cochero se mantenía cerca, atento a cualquier ruido.

El bosque era denso. Las copas altas de los árboles bloqueaban incluso la luz de la luna, dejando todo en una oscuridad casi total.

—¡Isabela! —volvió a llamar, esta vez con más urgencia.

Solo el eco le respondió.

—Señor, no se ve nada —dijo el cochero, deteniéndose.

—Debemos encontrarla —respondió Dante con firmeza—. Vamos a separarnos, así será más rápido.

El hombre dudó. La oscuridad era total.

—Señor… no creo que sea buena idea. ¿Dónde nos veremos?

Dante señaló hacia un lado del bosque.

—Búscala por ahí. Yo iré por este lado. Si no la encuentras, regresa al carruaje. Te veré ahí en un rato.

El cochero asintió, aunque no parecía convencido.

Ambos tomaron direcciones distintas.

Dante avanzaba llamándola por su nombre.

—¡Isabela!

Cada vez con más urgencia.

La falta de respuesta empezaba a inquietarlo.

Por su parte, el cochero también la llamaba, pero con menos insistencia. Ambos caminaban prácticamente a ciegas. No distinguían bien el terreno.

Más de una vez chocaron contra los árboles o resbalaron al pisar piedras sueltas.

El bosque no ayudaba.

Cada paso era incierto.

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