1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 7: El Precio de la Obsesión
Nada es gratis en el mundo de los ricos, y Alistair quería cobrar. El aire pesado del puerto de Nassau se sentía como una mortaja de humedad y salitre sobre nosotros. La revelación de mi madre —que nuestro plan de contingencia había sido neutralizado antes incluso de nacer— fue como un disparo certero al centro de mi confianza. Miré a Alistair, esperando ver el fuego del guerrero que me había rescatado del búnker, pero lo que encontré fue una máscara de frialdad absoluta. Su silencio me dolió más que las amenazas de Lillian.
—¿Así es como termina, mamá? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara frente a los cañones de los rifles que nos apuntaban—. ¿Con un asesinato en un muelle oxidado para proteger unas cuentas bancarias que ya tienen más ceros de los que podrías gastar en siete vidas?
Lillian Sterling dio un paso adelante, el tacón de su zapato de diseñador resonando contra el cemento agrietado. Su rostro no mostraba ira, sino una decepción gélida, la misma que me dedicaba cuando fallaba en un recital de piano a los diez años.
—No se trata del dinero, Elena. Se trata de la estructura. El mundo necesita pilares, y nosotros somos esos pilares. Si el pilar se agrieta, el edificio cae sobre todos. Incluyéndote a ti. Arthur y yo simplemente estamos reforzando los cimientos.
Hizo una señal con la mano. Dos de los guardias se acercaron a Alistair. Él no opuso resistencia. Dejó que le quitaran el arma y le retorcieran los brazos a la espalda. Mis ojos buscaron los suyos, implorando una señal, una mentira más, cualquier cosa que me dijera que aún teníamos el control. Pero Alistair miraba al suelo, su mandíbula apretada, su respiración lenta y pesada.
—Alistair... —susurré.
Él levantó la vista finalmente, pero no me miró a mí. Miró a mi madre.
—Hecho —dijo él, una sola palabra que cayó como una guillotina.
El mundo pareció detenerse. Las olas chocando contra el muelle, el grito lejano de las gaviotas, el latido desbocado de mi propio corazón... todo se congeló.
—¿Hecho? —repetí, la palabra sabiendo a ceniza en mi boca—. ¿A qué te refieres con "hecho"?
Lillian sonrió, una expresión de triunfo que me revolvió el estómago.
—Nada es gratis, Elena. Alistair es un hombre de negocios, después de todo. Él sabía que vuestro pequeño juego de rebelión no duraría para siempre. Hicimos un trato anoche, mientras tú "dormías" en esa cabaña.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La imagen de Alistair abrazándome frente a la chimenea, sus promesas de libertad, el calor de su piel contra la mía... todo se transformó en una farsa grotesca. La traición tenía un sabor metálico, un frío que se extendía desde mis huesos hacia fuera.
—Me vendiste —dije, mirando a Alistair. Mi voz era apenas un hilo, pero cargada de un odio que nunca antes había sentido—. Me usaste para llegar a mi madre, para asegurar tu propia posición.
Alistair dio un paso hacia mí, pero Lillian se interpuso con un gesto elegante. Los guardias lo soltaron, y él se enderezó, ajustándose los puños de la camisa como si no acabara de destrozarme la vida.
—Elena, escúchame —comenzó él, su voz era profunda, sin rastro de remordimiento aparente—. Había que asegurar el futuro. Tu padre y el mío nunca nos habrían dejado ir. El trato garantiza nuestra inmunidad. Tú vuelves a casa, yo tomo el mando de Vane Industries, y los documentos se quedan donde pertenecen: bajo llave.
—¿Y Sofía? —le grité—. ¿Tu hermana también era parte del "negocio"?
Alistair cerró los ojos por un segundo, y en ese breve lapso, creí ver una sombra de dolor, pero se desvaneció tan rápido como el humo.
—Sofía está en un centro de recuperación privado. Estará bien. Pero solo si cooperamos.
Lillian se acercó a mí y me tomó por la barbilla. Sus dedos estaban congelados.
—Ves, querida. Alistair entiende el precio de la obsesión. Él quería el poder, y tú querías una fantasía. Él ha cobrado su parte. Ahora te toca a ti pagar la tuya. Vas a subir a ese coche, vas a regresar a Nueva York y vas a anunciar tu compromiso oficial con Alistair en la gala de la semana que viene. El mundo verá una unión perfecta. Las acciones subirán, los secretos morirán y tú serás la reina de un imperio.
—Prefiero morir —escupí.
—Oh, Elena. Los Sterling no morimos por principios. Eso es para la clase media. Nosotros sobrevivimos por conveniencia.
Me obligaron a subir al coche. Alistair se sentó a mi lado, pero yo me pegué a la puerta, sintiendo náuseas ante su proximidad. El trayecto hacia el aeropuerto fue un calvario de silencio roto solo por el sonido de la lluvia que empezaba a azotar las ventanillas.
Cuando llegamos al jet privado de mi familia, Alistair intentó tomar mi mano al subir la escalerilla. Le solté una bofetada que resonó en toda la pista. Su rostro se giró por el impacto, pero no se inmutó. No se quejó. Solo me miró con esos ojos azules que ahora me parecían dos abismos de hielo.
—Me debes mucho más que un golpe, Elena —murmuró, su voz tan baja que solo yo pude oírlo—. Pero recuerda esto: en este mundo, para salvar lo que amas, a veces tienes que convertirte en lo que odias.
—No me hables de amor —le respondí con asco—. Tú no sabes lo que es eso. Solo conoces la obsesión por el control. Eres igual que tu padre. Quizás peor, porque tú me hiciste creer que eras diferente.
El vuelo de regreso a Nueva York fue un descenso a los infiernos. Mientras cruzábamos las nubes, me obligaron a revisar el guion que mi madre y el equipo de relaciones públicas de los Vane habían preparado. Cada palabra, cada gesto que debía hacer en la gala, estaba meticulosamente planeado. Yo era un producto. Una marca. Una propiedad.