1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 5: Pacto de Sangre y Champán
Un pacto con el diablo siempre se sella con un beso amargo. El sabor del coñac de Alistair todavía ardía en mis labios, mezclado con el rastro metálico del miedo que se negaba a abandonar mi garganta. Cuando finalmente se apartó, no hubo rastro de ternura en su rostro, solo una determinación gélida que me hizo estremecer. Sus manos seguían rodeando mi cintura, manteniéndome anclada a su cuerpo como si temiera que, de soltarme, saldría huyendo hacia la seguridad de mis propias mentiras.
—Ya no hay marcha atrás, Elena —dijo él, su voz era un susurro ronco que vibraba en el aire cargado de la oficina—. A partir de este segundo, eres una traidora a tu sangre. Igual que yo.
—Nunca he sentido que esta sangre fuera realmente mía, Alistair —respondí, tratando de que mi voz no flaqueara—. Ha sido un préstamo a corto plazo con intereses demasiado altos.
Él me soltó lentamente, dándome espacio para respirar, aunque el aire de la habitación se sentía denso, casi sólido. Caminó hacia el escritorio de caoba y sacó una caja de plata labrada. Dentro, descansaban dos jeringas pequeñas y un frasco de alcohol. Me quedé mirándolas, confundida.
—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo que un nuevo tipo de pánico se instalaba en mi pecho.
—Seguridad —respondió él simplemente—. Mi padre es un paranoico. No guarda el código en un papel ni en un servidor. Lo tiene encriptado en un microchip subcutáneo. Y sospecho que el tuyo también.
Sentí un escalofrío. Recordé una cirugía menor que mi padre me obligó a hacerme cuando cumplí los dieciocho años. "Es un rastreador, Elena. Por si intentan secuestrarte", me había dicho. Nunca lo cuestioné. En nuestro mundo, el secuestro era una amenaza real, una moneda de cambio constante. Pero ahora, la idea de que mi propio cuerpo fuera un almacén de datos para sus crímenes me hacía sentir violada.
—¿Estás diciendo que nos han marcado como si fuéramos ganado?
—Peor que eso —Alistair se sentó en el borde del escritorio—. Somos sus cajas fuertes. Si ellos mueren, nosotros somos la llave. Pero si nosotros intentamos usarlas sin su permiso... bueno, para eso necesitamos un equipo que no tenemos aquí. Sin embargo, tengo un contacto en la ciudad que puede extraer la información sin activar las alarmas.
Se acercó a mí con un algodón empapado en alcohol. Tomó mi brazo izquierdo, justo por encima de la muñeca. Su toque era profesional, desprovisto de la agresión de hace unos momentos. Limpió la zona con cuidado.
—Esto va a doler un poco. Es un bloqueador de señal. Evitará que mi padre sepa que estamos manipulando el chip cuando salgamos de la isla.
Cerré los ojos cuando sentí el pinchazo. El dolor fue agudo, una punzada que parecía recorrer mis nervios hasta llegar al cerebro. Apreté los dientes, negándome a quejarme. Alistair me observaba con una mezcla de respeto y curiosidad. Cuando terminó, hizo lo mismo con su propio brazo.
—Sangre y champán —murmuró, señalando la botella de Moët que descansaba en la cubitera junto a nosotros—. El desayuno de los campeones y la cena de los traidores.
Sirvió dos copas, pero esta vez no hubo brindis. Bebimos en silencio, cada uno perdido en sus propios cálculos. Yo pensaba en el grabador que todavía sentía contra mi piel. Si Alistair tenía razón y éramos solo recipientes de información, mi padre me había enviado aquí no solo para espiar, sino para asegurarme de que el "contenedor" de los Vane no fuera destruido antes de tiempo.
—¿Por qué me ayudas, Alistair? —pregunté de repente, dejando la copa a un lado—. Podrías haberme quitado el código a la fuerza. Tienes los medios. Estás en tu territorio.
Él dejó su copa y caminó hacia el gran ventanal. Afuera, el mar estaba en calma, una superficie negra que reflejaba la luna como un espejo roto.
—Porque estoy cansado, Elena. Cansado de ser el perro de presa de un hombre que no me ama, sino que me usa como una extensión de su ego. He pasado treinta años construyendo un imperio que odio, pisoteando a personas que no merecían mi desprecio, solo para que Arthur Vane pudiera dormir tranquilo sabiendo que su legado estaba a salvo.
Se giró hacia mí, y por primera vez, vi una grieta en su armadura. No era el depredador, era el prisionero.
—Y porque —continuó, su voz bajando de volumen—, desde que éramos niños y te vi llorar escondida detrás de las cortinas en aquella fiesta de Navidad porque tu padre te había gritado por ensuciarte el vestido... supe que eras la única que entendía lo que es vivir en una jaula de cristal.
Un recuerdo borroso cruzó mi mente. Yo tenía siete años. Mi vestido era de encaje francés y se había manchado con un poco de chocolate. Mi padre me había llevado a una habitación vacía y me había dicho que una Sterling nunca era imperfecta, que si no podía controlar algo tan simple como una mancha, nunca controlaría el mundo. Había llorado durante horas. Nunca supe que alguien me estaba mirando.
—Me odiabas —susurré.
—Te odiaba porque te veías tan frágil que me daban ganas de romperte para ver si así finalmente te liberabas —confesó él, acercándose de nuevo—. Pero ahora ya no eres frágil. Eres peligrosa. Y eso me gusta mucho más.
Se inclinó y me dio un beso corto, casi casto, en la frente.
—Vete a dormir, Elena. Mañana nos iremos de aquí. Mi padre cree que vamos a Nueva York para una sesión de fotos de la "pareja del año". Pero nuestro destino es otro.
Regresé a mi habitación con el corazón acelerado. Me quité el vestido y dejé caer el grabador sobre la cama. Lo miré con asco. Era el vínculo con mi vida anterior, con la obediencia ciega. Pulsé el botón de borrar. No necesitaba esa póliza de seguro. Mi nueva póliza de seguro era un hombre con ojos de hielo y un chip en el brazo.
Sin embargo, el sueño no llegó. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de mi padre, su sonrisa gélida, su voz recordándome que nada en este mundo era gratis. "Si quieres algo, Elena, tienes que estar dispuesta a sangrar por ello".
A las tres de la mañana, un sonido me puso en alerta. No era un helicóptero esta vez. Era el motor de una lancha rápida acercándose al muelle privado. Me asomé al balcón, ocultándome tras las sombras de las plantas tropicales.
Dos figuras bajaron de la lancha. No eran agentes federales. Eran hombres con trajes tácticos, moviéndose con una precisión militar que me hizo entender que la seguridad de los Vane había sido comprometida. O peor, que habían sido invitados.
Fui hacia la habitación de Alistair sin pensarlo. No llamé a la puerta; simplemente entré. Él ya estaba levantado, terminando de abrocharse una camisa oscura. Tenía la pistola sobre la cama.
—Están aquí —dije, sin aliento.
—Lo sé. Los sensores perimetrales se desactivaron desde dentro. Mi padre ha decidido que ya no somos útiles como herederos, Elena. Quiere los chips. Ahora.
—¿Su propio hijo? —el horror me dejó helada.
—A mi padre no le importa el linaje si el linaje intenta morderle la mano. Nos van a llevar a un lugar donde puedan extraer la información sin delicadezas. Un "lugar seguro" donde no habrá abogados ni cámaras.
Me tomó de la mano y me arrastró hacia el pasillo.
—Hay un túnel de servicio que da a la cala trasera. Si llegamos a mi hidroavión antes de que rodeen la casa, tenemos una oportunidad.
Corrimos por las entrañas de la mansión, por pasillos que olían a humedad y a abandono. Mi respiración era errática, mis pulmones ardían. Podía oír los pasos pesados de los mercenarios arriba, rompiendo puertas, buscando a su presa.
Llegamos a la salida del túnel, una abertura oculta entre las rocas del acantilado. El aire salino me golpeó el rostro. El hidroavión estaba allí, balanceándose sobre las olas como un pájaro de plata. Pero no estábamos solos.
En el muelle, bajo la luz de un foco potente, estaba mi madre. Tenía un cigarrillo en una mano y un teléfono satelital en la otra. Su rostro, iluminado por el resplandor artificial, se veía viejo y cruel.
—Elena, querida —dijo, su voz proyectándose sobre el ruido de las olas—. No me decepciones más de lo que ya lo has hecho. Vuelve aquí. Alistair es una mala influencia, siempre lo ha sido.
—¡Nos habéis vendido! —grité, mi voz rompiéndose—. ¡A vuestros propios hijos!
—No es una venta, es una inversión —respondió ella con una calma aterradora—. Necesitamos esos códigos para cerrar el trato con los inversores de Dubai. Es la única forma de que los Sterling sigan existiendo. Entiéndelo, Elena. Tú eres solo el envoltorio. El contenido es lo que importa.
Alistair levantó su arma, apuntando hacia las sombras donde seguramente se ocultaban los tiradores de mi madre.
—Déjala pasar, Lillian —rugió Alistair—. O te juro que lo primero que haré al aterrizar será filtrar cada documento que tengo en mi poder.
—No vas a aterrizar en ninguna parte, muchacho —dijo otra voz.
Arthur Vane salió de detrás de mi madre. Se veían como una pareja perfecta de la alta sociedad, si no fuera por el hecho de que estaban cazando a sus propios hijos.
—El avión tiene una carga explosiva en el depósito de combustible —dijo Arthur con frialdad—. Si intentáis despegar, seréis solo fuego y humo sobre el océano. Es una pena, realmente. Hubiera preferido una extracción limpia.
Me quedé paralizada. Estábamos atrapados entre el fuego y el abismo. Alistair me apretó la mano, sus dedos transmitiéndome una fuerza que él mismo parecía estar perdiendo.
—Elena —susurró—. Confía en mí.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a hacer lo que mejor se nos da a los Vane: destruir el tablero.
En un movimiento rápido, Alistair no disparó a sus padres, ni a los guardias. Disparó a las luces de emergencia del muelle, sumergiéndonos de nuevo en una oscuridad total. Al mismo tiempo, sacó un pequeño control remoto de su bolsillo y lo pulsó.
Una explosión ensordecedora sacudió la isla. Pero no fue el hidroavión. Fue la lancha rápida en la que habían llegado los mercenarios. El muelle se convirtió en un infierno de llamas naranjas y humo negro. El calor era insoportable, pero fue la distracción necesaria.
—¡Corre! —me gritó.
No hacia el avión, sino hacia el agua. Saltamos desde las rocas justo cuando las balas empezaban a silbar sobre nuestras cabezas. El agua fría me recibió como un impacto de hormigón, dejándome sin aire. Nadé con todas mis fuerzas, siguiendo la sombra de Alistair en la oscuridad líquida.
Salimos a la superficie unos cientos de metros más lejos, en una pequeña cueva marina que solo era visible durante la marea baja. Nos aferramos a las rocas, jadeando, mientras a lo lejos las llamas seguían devorando el muelle.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz temblando por la adrenalina y el frío.
—Sigo viva —respondí, tiritando—. Pero nos han quitado todo, Alistair. Ya no tenemos apellido, ni fortuna, ni hogar.
—Tenemos los chips —dijo él, y por primera vez en toda la noche, vi una sonrisa real, aunque sombría, en su rostro—. Y tenemos su miedo. Ahora saben que no vamos a jugar según sus reglas.
Miré hacia la isla. El resplandor del incendio iluminaba el cielo nocturno, una señal de que el viejo mundo se estaba desmoronando. El pacto de sangre y champán se había cumplido. Habíamos dejado de ser herederos para convertirnos en fantasmas.
Pero el fuego del escándalo solo acababa de empezar.