Maximiliano "Max" Vogel no cree en el amor; cree en los resultados, en el poder y en el control absoluto. Es guapo, insultantemente rico y sabe que es inalcanzable. Para él, las mujeres son un juego de una sola noche, piezas de ajedrez en un tablero que siempre domina. Pero su estructura perfecta se tambalea cuando su hermano y mejor amigo, Luca, le pide un favor que no puede rechazar: supervisar la entrada de su mejor amiga al mundo laboral.
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la empresa
El edificio de Vogel Enterprises se alzaba como una torre de marfil moderna en el corazón del distrito financiero. Al entrar, el lujo era demaciado: mármol blanco, seguridad privada con rostros de piedra y un silencio que parecía ensayado. Para Poli, aquel lugar no era imponente; era simplemente un escenario más donde tendría que destacar si quería sacar a su mamá del infierno donde la tenía su padre.
Al llegar al piso ejecutivo, las puertas del ascensor se abrieron con un siseo casi imperceptible. Max ya estaba allí. No sentado, sino de pie frente al enorme ventanal de su oficina, de espaldas a la entrada, con un teléfono en la oreja y la otra mano metida en el bolsillo de su pantalón de sastre azul.
—Setenta y dos segundos tarde —la voz de Max, amplificada por el intercomunicador de la recepción, sonó como un látigo—. Luca, a tu oficina. Tienes una junta con los inversores de Singapur en diez minutos.
Max se giró lentamente. Sus ojos, de color verde, recorrieron a Poli de arriba abajo. Se detuvo un segundo extra en el brillo de su cabello pelirrojo, que hoy parecía más encendido que nunca en contraste con su ropa la cual la hacía ver más sexy y sofisticada, y en la determinación de su mirada.
—Y tú —continuó Max, ignorando el saludo de su hermano—, ahí tienes tu escritorio. Tienes trescientos folios de la auditoría del Grupo Lozano. Quiero un análisis de riesgos y una comparativa de activos antes de las diez de la mañana. Si a las diez y un minuto no está en mi mesa, puedes irte buscando otro lugar donde "no aprovecharte" de nadie.
Luca le lanzó a Poli una mirada de disculpa y le apretó el hombro antes de alejarse. Poli no se inmutó. Caminó hacia su puesto, dejó su bolso con calma y se sentó frente a la montaña de documentos.
—Buenos días para ti también, Max —dijo ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No te preocupes por el reloj. He pasado noches enteras descifrando facturas de hospital mucho más complicadas que tus jueguitos financieros. Te veré a las diez y te haré tragar tus palabras.
Poli se sumergió en el trabajo. Sus dedos volaban sobre el teclado y sus ojos escaneaban los números con una velocidad voraz. A las 9:55 a.m., se levantó, alisó su falda formal y entró al despacho de Max sin llamar a la puerta.
Dejó un sobre impecable sobre el mármol negro de su escritorio, sin prestar atención que Max estaba con David su mejor amigo y un hombre multimillonario Pero no más que Max
—Nueve y cincuenta y cinco —sentenció ella—. Lozano está inflando su patrimonio con propiedades que tienen embargos preventivos. Si firmas ese contrato de fusión, estarás heredando tres demandas laborales y un agujero fiscal en el extranjero.
Max no se movió. Sus ojos de acero pasaron del informe a los labios de Poli, que aún mantenían esa curva de victoria, y luego a David, cuya expresión de fascinación evidente empezó a irritarlo de una manera irracional.
—Vaya, Max... —dijo David, rompiendo el hielo con una sonrisa depredadora mientras se ponía en pie para inspeccionar a poli de cerca—. No me habías dicho que habías contratado a una genio. Y mucho menos que el talento venía en un empaque tan... espectacular y refinado.
—David, cállate —escupió Max, su voz más ronca de lo normal—. Y tú... ¿cómo has conseguido los datos del agujero fiscal? Ese anexo estaba encriptado en los archivos de la auditoría externa.
—Digamos que tengo poca paciencia para los candados, Max —respondió Poli, cruzándose de brazos, lo que acentuó la sofisticación de su atuendo—. Además, cuando has crecido viendo cómo los cobradores disfrazan facturas para engañar a la gente pobre, todo se vuelve fácil.
Max se levantó lentamente, rodeando el escritorio de mármol. Ignoró por completo a David, que los observaba como si estuviera viendo la mejor película del año, y se detuvo frente a Poli. La diferencia de altura la obligó a inclinar la cabeza, pero no retrocedió.
—Has tenido suerte, pelirroja —susurró Max, tan cerca que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Pero en este mundo, la suerte se agota rápido.
—No fue suerte, Maximiliano. Fue inteligencia. Esa que creías que me faltaba por ser la amiga de tu hermano —le devolvió ella, sosteniéndole la mirada con un desafío ardiente.
—¿Maximiliano? —David soltó una carcajada, acercándose a Poli y extendiéndole una mano con anillos de oro—. Me agradas. Soy David, ¿Cómo dijiste que te llamabas?
Poli estaba a punto de responder cuando la mano de Max se interpuso, sujetando la muñeca de David antes de que pudiera tocar a la chica.
—Se llama "mi empleada" —sentenció Max con una posesividad que ni él mismo entendió—. Y tiene mucho trabajo que hacer. Fuera de aquí, David. La reunión terminó.
David arqueó una ceja, mirando la mano de su amigo y luego la cara de tensión de Max. Una chispa de comprensión brilló en sus ojos.
—Oh, ya veo. El Rey del Hielo ha encontrado algo que quema. Nos vemos luego, preciosa. Espero que Max no sea demasiado... "pesado" contigo.
— No me digas así por favor, me llamo poli.— dijo ella mirando a David.
David soltó una carcajada encantado, ignorando la mirada asesina que Max le lanzaba.
—Poli... —repitió David, saboreando el nombre mientras retrocedía un paso, levantando las manos en señal de rendición ante la hostilidad de su amigo—. Un nombre dulce para una mujer que claramente con carácter.
—Fuera, David. Ahora —ordenó Max, con la voz vibrando en una frecuencia peligrosa.
—Ya me voy, ya me voy. No hace falta que me corras, Max, el mensaje quedó clarísimo —David le guiñó un ojo a Poli antes de salir al pasillo, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una tensión que hacía que el aire en la oficina pesara toneladas.
Max cerró la puerta con un golpe seco y se giró hacia Poli. Se quedó en silencio un momento, recorriéndola con esos ojos verdes que ahora parecían oscurecidos por una tormenta interna. Le molestaba que hubiera impresionado a David, le molestaba que no hubiera bajado la mirada ante él y, sobre todo, le molestaba lo bien que se veía con ese atuendo sofisticado pues era la primera vez que veía bien a poli después de la preparatoria.
—No vuelvas a interrumpir una reunión así —dijo Max, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Poli pudo notar el ligero aroma a tabaco y sándalo de su traje—. Y no uses tu nombre de pila con mis socios. Aquí eres la señorita...
—Soy Poli —lo interrumpió ella, dando un paso adelante en lugar de retroceder, desafiando su táctica de intimidación—. No voy a permitir que me conviertas en un número o en un título gris solo porque te asusta que tenga personalidad. Hice el trabajo, Max. Encontré el fraude que tus expertos no vieron. Si quieres una máquina, cómprate una computadora nueva. Si quieres resultados, me tienes a mí, solo dejame trabajar.
ahora vien Max debe ya de aclarar sus sentimientos eso de que el ni quiere nada serio entonces va a estar con poli y luego se va con otras ojalá poli pinga las cartas sobre la mesa y dejarle claro que ella no es de compartir y que de una vez deje a la vanessa esa