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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 8
Killa caminaba de un lado a otro de la sala de juntas. Detrás de él, un mapa de la ciudad cubría toda la pared. Chinchetas rojas marcaban puntos estratégicos. Una de ellas, sobre el Banco Central.
—Repite el informe —ordenó sin mirar a nadie.
El teniente carraspeó.
—Los rebeldes planean el asalto en 48 horas. Hemos interceptado comunicaciones. No tienen idea de que sabemos.
Killa se detuvo.
—¿Quién lidera la operación?
—Una célula pequeña, mi coronel. Pero nuestros informantes confirman que Nox estará allí.
El corazón de Killa dio un latido más fuerte. No lo demostró.
—¿Y el objetivo?
—Robar las reservas. Financiar la rebelión. Nada nuevo.
Killa negó con la cabeza.
—No. Hay algo más.
Se acercó al mapa. Pasó un dedo por las calles que rodeaban el banco. Sus ojos recorrían cada callejón, cada azotea, cada salida.
—No quieren solo dinero —murmuró—. Quieren un símbolo. Un golpe mediático. Robar el banco central es como robarle la cara al Régimen.
Giró sobre sus talones y señaló al teniente.
—Quiero francotiradores en estas tres azoteas. Quiero un perímetro de seguridad que se cierre lentamente. No quiero que disparen a matar hasta mi orden.
—¿Aunque sea en defensa propia?
Killa lo miró.
Nadie volvió a preguntar.
—Quiero a Nox viva —dijo, y su voz cambió. Se volvió más íntima, como si estuviera hablando solo—. La necesito entera. Para interrogatorio.
La mentira se le notaba.
Pero nadie en esa sala iba a señalarla.
—Prepárenlo todo —ordenó—. Vamos a cazar.
Cuando todos se fueron, Killa se quedó solo en la sala.
Apagó las luces. Solo quedó el brillo azulado del mapa.
Sacó del bolsillo la cinta negra de Nox. La que se le había caído aquella noche en la plaza.
La acercó a su nariz.
Aún olía a ella. A pólvora. A sudor. A algo indomable.
La guardó de nuevo. Cerca del pecho.
—No sé qué me haces —susurró a la oscuridad—. Pero voy a descubrirlo.
Salió del cuartel con una sonrisa.
No era la sonrisa de un soldado.
Era la sonrisa de un hombre que está a punto de atrapar al único animal que jamás ha podido cazar.
Parte B: Nox – Infierno en el banco
El blindado olía a miedo.
Nox iba apretada entre Seven y otro rebelde que ni sabía cómo se llamaba. Ko se había quedado atrás, como siempre. Dando órdenes desde lejos. Enviando a otros a morir.
Seven le rozó la mano.
—¿Estás bien?
—No —respondió ella—. Pero da igual.
El vehículo frenó.
—¡Ya! —gritó el conductor—. Treinta segundos.
Nox respiró hondo. Ajustó el pasamontañas. Sintió el peso de las granadas en el cinturón.
Por mi hermana, pensó. Por una vida que no tenga que arrodillarse.
La puerta trasera se abrió de golpe.
Y empezó el infierno.
Disparos. Gritos. Cristales rotos.
Nox se movía entre las columnas del banco como una sombra. Su pistola escupía plomo. Cada bala encontraba un blanco.
—¡Cubrid la entrada! —gritó Seven.
Ella cubría. Avanzaba. Mataba.
El suelo se llenaba de cuerpos. Guardias. Rebeldes. Daba igual. Todos éramos carne de cañón.
—¡Nox, voy por la caja fuerte! —dijo Seven mientras corría.
—Voy detrás de ti.
Pero no llegó a seguirlo.
Una explosión la tiró al suelo. El techo se derrumbó parcialmente. Polvo. Sangre. Silencio momentáneo.
Se incorporó. El oído le zumbaba. Vio borroso.
Y entonces lo sintió.
Algo en el ambiente cambió.
Las sirenas dejaron de oírse. Los disparos enemigos cesaron.
Eso era peor.
Porque cuando los militares dejan de disparar, es porque ya tienen todo controlado.
—¡Nox, están en el perímetro! —gritó otro rebelde—. ¡Nos rodearon!
Ella apretó los dientes. Ko tenía razón. Era una trampa.
—¡Salgamos por la parte de atrás! —ordenó.
Pero al girarse, lo vio.
Silueta negra contra la luz del sol que entraba por las ventanas rotas.
Uniforme impecable. Gorra de visera. Una cicatriz fina en la ceja izquierda.
Killa.
No llevaba el arma levantada. La tenía apoyada en el hombro. Como si estuviera de paseo.
—Nox —dijo. Solo su nombre. Pero sonó como una sentencia y una caricia al mismo tiempo—. Tanto tiempo.
Ella levantó su pistola y apuntó a su cabeza.
Killa sonrió.
—No vas a disparar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si disparas, mueres. Y si mueres, tu hermana se queda sola.
El mundo se detuvo.
Nox sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Cómo sabes lo de mi hermana?
Él dio un paso hacia ella. Despacio. Sin miedo.
—Sé todo de ti, Nox. Todo. Lo que comes. Lo que sueñas. Lo que lloras cuando crees que nadie te ve.
Otro paso.
—Sé que Ko te golpea. Y que te acuestas con él aunque no quieras.
Otro.
—Sé que tu hermana se llama como la nuestra. Y que duerme con un muñeco de tela que le hiciste tú.
Las lágrimas asomaron a los ojos de Nox. Pero no de miedo. De rabia pura.
—Cállate —susurró.
Killa se detuvo a dos metros de ella.
Sus miradas se trenzaron como cuchillas.
—Baja el arma —dijo él—. Y te prometo que nadie más de los tuyos morirá hoy.
—¿Por qué harías eso?
Killa inclinó la cabeza. Como un perro curioso.
—Porque quiero que vivas. No para matarte. Para que me odies todos los días de tu vida.
El caos seguía afuera. Disparos lejanos. Gritos.
Pero entre ellos dos había un silencio absoluto.
—No me rendiré —dijo Nox.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces ¿qué quieres?
Killa sonrió otra vez. Esa sonrisa helada que no era sonrisa.
—Que esta noche sueñes conmigo.
Y antes de que Nox pudiera apretar el gatillo, una granada de humo estalló entre ellos.
La visibilidad desapareció.
Alguien la agarró del brazo. Seven.
—¡Corre, Nox, corre!
Ella corrió.
Pero mientras huía, sintió los ojos de Killa clavados en su espalda.
Atravesando el humo.
Atravesando los muros.
Atravesándola a ella.