Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 6
La mañana se filtraba por las rendijas de la mansión con una luz grisácea y anémica. Andrea se despertó antes de que sonara la alarma, pero no por disciplina, sino por el espasmo que le recorrió el costado izquierdo, un latigazo de fuego frío que la dejó sin aliento. Se quedó inmóvil en la cama de hierro, contando sus propias pulsaciones, que se sentían como el galope de un animal herido intentando saltar una valla demasiado alta.
Todavía no, pensó, apretando las sábanas con nudillos blanquecinos. Aún no es el momento.
Aprovechando que Francisco solía pasar sus primeras horas del día en el gimnasio privado —una rutina de ejercicios mecánicos que realizaba para no perder la noción de su propio cuerpo—, Andrea se encerró en el baño de servicio. El espacio era minúsculo, con olor a lejía y tuberías viejas. Sacó el teléfono móvil, el cual mantenía siempre en modo silencio.
Tenía tres llamadas perdidas de un número con prefijo de la capital. Marcó de vuelta con dedos que no lograba calmar.
—¿Diga? —la voz al otro lado era la del doctor Méndez, seca y desprovista de adornos.
—Soy Andrea.
—Andrea, los últimos análisis no son buenos. La arritmia es más frecuente y el tejido no está respondiendo como esperábamos. Necesitas hospitalización inmediata para ajustar el tratamiento. No puedes seguir bajo ese nivel de estrés.
Andrea cerró los ojos, apoyando la frente contra el azulejo frío.
—No puedo ir ahora, doctor. Solo necesito un poco más de tiempo. Unas semanas.
—El tiempo no es algo que puedas negociar con tu corazón, Andrea —dijo Méndez con una gravedad punzante—. Si ese latido se detiene, no habrá "después".
—Envíeme la receta de los bloqueadores más fuertes. Yo iré cuando... cuando termine lo que vine a hacer.
Colgó sin esperar respuesta. Se miró al espejo. Su piel tenía un matiz cerúleo, casi translúcido, que el maquillaje apenas lograba disimular. Se mojó la cara con agua helada, intentando forzar la sangre a subir a sus mejillas. El dolor en el pecho era ahora un eco sordo, una presencia constante que empezaba a formar parte de su identidad.
El desayuno de las verdades mudas
Cuando bajó al comedor, Francisco ya estaba sentado a la cabecera. Tenía el periódico en braille frente a él, aunque sus dedos se movían con lentitud, como si su mente estuviera en otra parte.
—Llegas dos minutos tarde —dijo él, sin levantar la vista. Su voz era la habitual máscara de indiferencia, pero había algo menos de veneno en ella después de los sucesos de la noche anterior.
—Lo siento, me distraje —respondió ella, sirviéndole el café con una precisión que ocultaba su temblor.
Al dejar la taza, sus dedos rozaron accidentalmente el dorso de la mano de Francisco. Él se tensó de inmediato, retirando la mano como si lo hubiera quemado un hielo.
—Estás helada —observó él, frunciendo el ceño—. Es pleno verano y tus manos parecen las de un cadáver.
—Es el aire acondicionado de esta casa, Francisco. Es excesivo —mintió ella, ocupándose rápidamente en doblar una servilleta.
—No es el aire —insistió él, dejando el periódico a un lado. Francisco se puso de pie y, guiado por el sonido de la respiración de ella, extendió la mano hasta atrapar su muñeca.
Andrea contuvo el aliento. Francisco no buscaba una caricia, buscaba una respuesta. Su pulgar se posó instintivamente sobre el punto donde la sangre golpeaba la piel. Lo que encontró lo dejó mudo por un segundo. El pulso de Andrea no era rítmico; era un código morse caótico, una serie de golpes rápidos seguidos de silencios demasiado largos que hacían que el tiempo se detuviera.
—Tu corazón está corriendo una maratón mientras tú estás de pie —dijo Francisco, y por primera vez, la sospecha en su voz fue reemplazada por una nota genuina de alarma—. ¿Qué te pasa?
—Es el café. Y el estrés de trabajar para un hombre que intenta humillarme cada vez que respiro —dijo ella, tirando de su brazo para soltarse. Pero él no la dejó ir.
Francisco la atrajo hacia sí. En la cercanía, él podía escuchar el siseo de la respiración de ella, un sonido levemente esforzado.
—Andrea, mírame. Sé que no puedo verte, pero puedo sentirte. Estás vibrando como una cuerda a punto de romperse. Si estás enferma y estás ocultándolo para que tenga lástima de ti, te advierto que...
—No quiero tu lástima —le cortó ella, su voz cargada de una dignidad feroz—. Nunca la he querido. Solo quiero que confíes en mí el tiempo suficiente para que puedas valerte por ti mismo.
—¿Por qué ese afán de "salvarme"? —preguntó él, su rostro a centímetros del de ella—. Nadie da nada gratis, y menos alguien que camina con un pie en la tumba.
La palabra "tumba" golpeó a Andrea como un puñetazo. Se soltó de un tirón, retrocediendo hasta chocar con el aparador. Un jarrón de plata vibró con el impacto.
—Crees que todo el mundo es como tú, Francisco. Crees que cada gesto tiene un precio. Quizás mi precio es simplemente verte recuperar la luz antes de que la mía se apague.
El silencio que siguió fue denso y amargo. Francisco se quedó de pie, con la mano aún extendida en el aire, sintiendo el vacío donde antes estaba la muñeca de ella. En su mente, el eco de aquel pulso errático seguía martilleando. Había algo en la fragilidad de Andrea que lo aterraba más que su propia ceguera. Si ella caía, ¿quién lo sostendría a él? ¿O era que temía perder la única cosa que se sentía real en su mundo de sombras?
Durante el resto del día, Andrea se esforzó por mantener la fachada. Le leyó informes legales, organizó su agenda y lo guio por los jardines para que memorizara el número de pasos entre las fuentes y los bancos. Pero el dolor regresaba, más agudo, cada vez que subía una escalera o levantaba un objeto pesado.
En un momento, mientras revisaban unos documentos en la biblioteca, Andrea sintió un mareo súbito. La habitación giró y los bordes de su visión se tiñeron de gris. Se apoyó pesadamente en la mesa, dejando escapar un pequeño gemido ahogado.
Francisco, cuyos oídos se habían vuelto radares de alta precisión, se levantó de inmediato.
—¿Andrea?
Ella no podía responder. Sus pulmones se sentían como si estuvieran llenos de arena. Se llevó la mano al pecho, apretando la tela de su blusa sobre el esternón.
—Andrea, responde —la voz de Francisco subió de volumen, cargada de una urgencia que rayaba en el pánico—. ¡Habla conmigo!
Él caminó hacia ella, tropezando con una silla —algo que no le ocurría desde que ella llegó— y la alcanzó justo cuando sus rodillas fallaban. La sostuvo por los hombros, impidiendo que cayera al suelo.
—Estoy bien... —logró decir ella después de unos segundos, aunque su voz sonaba como si viniera de otra habitación—. Solo... se me bajó la presión. No he desayunado bien.
Francisco no le creyó. Sus manos recorrieron los brazos de ella, notando de nuevo esa frialdad de mármol.
—Llamaré al médico de la familia.
—¡No! —Andrea le sujetó las manos con una fuerza desesperada—. No puedes llamar a nadie. Si alguien sabe que estoy... débil, Sotomayor y los otros lo usarán contra ti. Dirán que no puedes ni elegir a una asistente sana. Dirán que eres vulnerable.
—¡Me importa un bledo Sotomayor! —rugió Francisco, y el eco de su voz hizo temblar las estanterías de libros—. No voy a dejar que te mueras en mi biblioteca solo porque eres demasiado terca para admitir que necesitas ayuda.
El pacto de las sombras
Andrea se recuperó lentamente, apoyándose en él. El contacto físico era diferente ahora; ya no era la tensión sexual de la noche anterior, era algo más primario, una dependencia mutua que ambos odiaban y necesitaban.
—Francisco, por favor —suplicó ella, con los ojos empañados—. Déjame hacer esto a mi manera. Te prometo que estaré aquí hasta que estés listo. Solo... no hagas preguntas. No todavía.
Francisco guardó silencio. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolía. Sentía una ira sorda contra ella, contra su secreto, y contra la forma en que ella lograba manipular sus sentimientos más protegidos. Pero también sentía un miedo que no quería reconocer: el miedo a la ausencia del latido errático que ahora, extrañamente, marcaba el ritmo de sus propios días.
—Si te desmayas una vez más —dijo él con una frialdad que no llegaba a ocultar su preocupación—, te sacaré de esta casa yo mismo, aunque tenga que arrastrarte.
—Gracias —susurró ella.
Andrea se retiró a la cocina para buscar un vaso de agua, dejando a Francisco solo en la inmensidad de la biblioteca. Él se quedó allí, escuchando el sonido de los pasos de ella alejarse. Eran pasos ligeros, casi etéreos, los pasos de alguien que ya no pertenece del todo al mundo de los vivos.
En su bolsillo, el teléfono de Andrea vibró de nuevo. Un mensaje de texto del hospital: "Los resultados de la biopsia del tejido cardíaco son concluyentes. No hay más tiempo".
Ella borró el mensaje sin leerlo por completo. Se tomó dos de las pastillas que el doctor le había enviado, sintiendo cómo el químico forzaba a su corazón a obedecer un ritmo que ya no era el suyo.
Francisco, mientras tanto, se acercó a la ventana. No podía ver el jardín, pero podía oler la lluvia que se acercaba. Por primera vez en años, rezó. No rezó por su vista, ni por su fortuna. Rezó para que el frío de las manos de Andrea fuera solo una ilusión y para que ese pulso caótico no fuera, en realidad, el sonido de una cuenta atrás que él no estaba preparado para escuchar.
Andrea regresando al estudio, con una sonrisa falsa pintada en los labios, mientras Francisco la esperaba en la oscuridad, con el oído atento al eco de un latido que, sabía ahora, le estaba siendo prestado a un precio que temía no poder pagar.
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