⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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2: sombras en la nieve
Zairo salió del edificio con el paso relajado de quien va a tomar un café en una mañana cualquiera. Llevaba un abrigo negro de lana gruesa, jeans oscuros y botas resistentes al hielo. El cabello corto y bien peinado, nada que llamara la atención. Sus ojos quedaban ocultos detrás de unas gafas de sol polarizadas que también servían para grabar discretamente. En la mano derecha cargaba un vaso de chocolate con leche para llevar que había comprado en la pequeña tienda de la planta baja, solo para completar la imagen de vecino normal.
El viento de Vancouver le golpeó la cara con fuerza, pero él apenas lo notó. Tres años en el oficio le habían enseñado a moverse como cualquiera, a fundirse con el entorno. Hoy su objetivo era simple en apariencia: observar a Daniel Hargrove, el empresario canadiense de cincuenta y dos años que lavaba dinero para varios grupos en México y Centroamérica. El cliente en Ottawa quería que pareciera un accidente perfecto. Nada de balas, nada de venenos obvios. Un error, una caída, un descuido fatal.
Zairo caminó dos cuadras hasta la estación de SkyTrain y subió al tren sin prisa. Se sentó junto a la ventana, mirando cómo la ciudad pasaba: edificios de vidrio, parques cubiertos de nieve y gente abrigada que iba a sus trabajos ordinarios. Sacó su teléfono personal —no el seguro— y abrió una app de noticias locales, fingiendo leer. En realidad, su mente repasaba el plan que había empezado a armar la noche anterior, después de la ducha con Rubí.
Bajó en la estación cercana al puerto y caminó hacia el distrito de oficinas donde Hargrove tenía su sede principal. El edificio era moderno, todo cristal y acero, con un letrero discreto que decía “Hargrove Imports & Logistics”. Zairo no entró. En cambio, se detuvo en una cafetería al otro lado de la calle, pidió un café y se sentó junto a la ventana. Desde ahí tenía una vista clara de la entrada principal y del estacionamiento subterráneo.
Sacó una pequeña libreta y un bolígrafo, como si fuera un estudiante o un turista anotando ideas. En realidad, tomaba notas mentales: horarios de llegada, tipo de seguridad, vehículos que usaba Hargrove. El empresario llegó poco después de las nueve y media en un SUV negro blindado, conducido por un chofer que parecía exmilitar. Dos hombres más lo acompañaban, discretos pero alerta. Zairo observó cómo entraban al edificio y tomó nota del tiempo exacto.
Mientras tanto, en el apartamento, Rubí se había quedado en casa. Vestía un suéter amplio color crema y pantalones de yoga negros, el cabello recogido en una cola alta y desordenada. La mesa del comedor estaba cubierta de su laptop, dos tablets y varios papeles impresos que había sacado de la impresora segura. Tomaba sorbos de un té verde mientras revisaba archivos encriptados que el contratista les había pedido la semana anterior.
—Desviaciones financieras… —murmuró para sí misma, abriendo una hoja de cálculo.
Hargrove no solo lavaba dinero; desviaba fondos de proyectos de infraestructura en Canadá hacia cuentas en islas del Caribe y luego los enviaba de vuelta a México camuflados como inversiones legítimas. Rubí iba anotando cada irregularidad: fechas, montos, nombres de empresas fantasma. El cliente quería un informe completo antes de autorizar el pago final. Ella sabía que esos detalles podían servir después para presionar o para cubrir cualquier rastro.
Cada tanto levantaba la vista hacia la ventana. La nieve caía suave, casi hipnótica. Pensó en Zairo allá afuera, moviéndose solo, y sintió esa mezcla familiar de orgullo y preocupación. Tres años casados y todavía se cuidaban las espaldas mutuamente, aunque en misiones como esta solían dividir tareas para no levantar sospechas.
Zairo, por su parte, cambió de ubicación después de cuarenta minutos. Pagó el café que no tomo y caminó hacia un parque cercano, donde se sentó en una banca con vista al edificio. Sacó unos binoculares pequeños, de los que parecen de turista, y observó la fachada. Notó cámaras en las esquinas, guardias en la recepción y un sistema de acceso con tarjeta. Nada imposible, pero sí complicado. Para que pareciera accidental, necesitaba conocer las rutinas personales de Hargrove: gimnasio, restaurantes favoritos, rutas que tomaba para correr o para ir a casa.
A mediodía, Hargrove salió con dos de sus hombres. Zairo los siguió a distancia prudente, caminando por la acera opuesta. Entraron en un restaurante italiano a tres cuadras. Zairo esperó cinco minutos y entró también, pidió una mesa cerca de la ventana y se sentó de espaldas al objetivo, usando el reflejo del vidrio para observarlo. Hargrove comía pasta con mariscos y hablaba animadamente por teléfono. Parecía relajado, confiado. Zairo anotó mentalmente: el hombre bebía vino tinto incluso en comidas de trabajo. Eso podía ser útil.
Pidió un plato sencillo de risotto y comió despacio, escuchando fragmentos de la conversación cuando Hargrove subía el tono. Hablaba de “envíos pendientes” y “clientes en el sur”. Nada concreto, pero suficiente para confirmar que el negocio seguía activo.
Después del almuerzo, Zairo decidió acercarse más. Caminó hasta el estacionamiento público cercano y esperó. Cuando el SUV salió, lo siguió a pie hasta la siguiente esquina y luego tomó un taxi que ya había llamado con antelación. Dio una dirección cercana al destino probable de Hargrove y se bajó dos cuadras antes. Desde allí, a pie otra vez, vio cómo el empresario entraba a un club privado de golf indoor, uno de esos lugares para gente con mucho dinero que querían practicar en invierno.
Zairo no entró. En cambio, rodeó el edificio y encontró un café con terraza cerrada desde donde podía ver la entrada. Pidió un café amargo esta vez y se sentó con su libreta. Pasó la siguiente hora observando quién entraba y salía. Tomó nota de los horarios de salida de los empleados, de los proveedores que llegaban y de las posibles salidas de emergencia.
A las tres de la tarde recibió un mensaje en su teléfono personal de Rubí: “Avance en finanzas. Muchas irregularidades. Te espero con café fresco.”
Sonrió apenas. Esa era su forma de decir que todo iba bien en casa y que tenía información valiosa.
Regresó al apartamento cuando ya empezaba a oscurecer. La nieve había arreciado y sus botas dejaban huellas húmedas en el pasillo. Abrió la puerta con su llave y el olor a café recién hecho lo recibió de inmediato.
Rubí estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y la laptop en el regazo. Levantó la vista y le dedicó esa sonrisa que siempre lo desarmaba un poco.
—¿Cómo te fue, amor? —preguntó con tono casual, como si él hubiera salido a hacer mandados normales.
Zairo se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Se acercó, se inclinó y le dio un beso lento en los labios.
—Bien. El tipo es predecible. Usa el mismo SUV, come en el mismo restaurante tres veces por semana, y le gusta el vino tinto. Tiene seguridad, pero no excesiva. Creo que podemos trabajar con un accidente de tráfico o algo en su casa de campo. ¿Tú qué encontraste?
Rubí cerró la laptop y se levantó para servirle una taza de café. Mientras lo hacía, habló con naturalidad, como si comentaran el clima.
—Desviaciones grandes. El mes pasado mandó casi dos millones a una cuenta en las Islas Caimán disfrazados como pago por “consultoría ambiental”. Antes de eso, otros 1.8 millones a México. El cliente quiere todos los detalles: nombres de las empresas receptoras, fechas exactas y cómo lo justifican en los libros. Dice que con eso puede presionar a otros si algo sale mal.
Zairo tomó la taza y se sentó a su lado en el sofá. Bebió un sorbo y asintió.
—Perfecto. Mañana vuelvo a seguirlo, pero esta vez me acerco más. Quiero ver su rutina de las tardes. Tal vez corre en Stanley Park o va al gimnasio. Si encuentro un patrón, podemos planear el “accidente” para dentro de diez o doce días.
Rubí se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su hombro. Su cabello olía a shampoo de vainilla.
—Ten cuidado.
—Lo sé. Me mantengo a distancia. Hoy usé tres cambios de ubicación y nunca me acerqué a menos de treinta metros.
Se quedaron un rato en silencio, disfrutando el calor del apartamento mientras afuera la nieve seguía cayendo. Zairo pasó un brazo alrededor de los hombros de Rubí y le acarició el brazo con movimientos distraídos.
—¿Quieres que pidamos comida tailandesa? —preguntó ella de pronto, cambiando a un tono más ligero—. Vi un lugar nuevo a dos cuadras que entrega rápido.
Zairo sonrió.
—Suena bien. Extraño la comida picante de casa, pero aquí todo es demasiado… suave.
Rubí rio suavemente.
—Pues pide extra picante y nos imaginamos que estamos en un puesto de la Condesa.
Mientras esperaban la comida, revisaron juntos algunos de los documentos que Rubí había reunido. Ella explicaba los movimientos financieros con claridad, señalando patrones en la pantalla. Zairo escuchaba atento, agregando sus observaciones sobre los hábitos personales de Hargrove. Entre los dos iban armando un perfil completo: horarios, gustos, debilidades.
Cuando llegó la comida, se sentaron a la mesa y comieron directamente de los envases, como solían hacer cuando estaban en modo trabajo. Rubí usaba palillos con destreza y Zairo prefería el tenedor. Hablaron de todo y de nada: del frío que no se acostumbraban, de una película que habían visto en el avión, de cómo extrañaban los tacos al pastor de medianoche en México.
Después de cenar, Zairo se levantó y estiró los brazos.
—Voy a darme una ducha rápida. Mañana madrugo para estar en posición antes de que salga.
Rubí asintió y empezó a recoger los platos.
—Yo termino de organizar los archivos. El cliente quiere el primer reporte mañana por la noche.
Zairo se detuvo en la puerta del baño y la miró.
—Oye… gracias por quedarte investigando hoy. Hacemos buen equipo.
Ella le guiñó un ojo.
—Siempre, guapo. Ahora ve a ducharte antes de que se enfríe el agua.
Él sonrió y cerró la puerta. Minutos después, el sonido de la ducha llenó el apartamento. Rubí siguió trabajando un rato más.
Esa noche, cuando se metieron a la cama, el cansancio del día se mezcló con la cercanía de siempre. No fue tan intenso como la noche anterior, sino más calmado: caricias suaves, besos lentos y esa sensación reconfortante de saber que, pase lo que pase con el objetivo, se tenían el uno al otro.
Zairo se durmió primero, con un brazo alrededor de la cintura de Rubí. Ella se quedó despierta unos minutos más, escuchando su respiración tranquila y mirando la nieve que seguía cayendo fuera de la ventana.
Mañana sería otro día de sombras y observación. Pero por ahora, el apartamento era su refugio temporal en medio del hielo canadiense.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣