Historia romántica
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Capítulo 1 - El primer encuentro
Elena no creía en las casualidades, pero aquella tarde empezó a dudar de todo lo que pensaba saber sobre la vida. Había salido del trabajo más temprano de lo habitual, el calor del verano hacía imposible concentrarse y la oficina era un horno. Caminó por el centro sin apuro, mirando vidrieras, dejando que el tiempo pasara lento. Necesitaba eso: tiempo lento, silencio, aire.
Entró a una librería antigua que siempre le había llamado la atención pero en la que nunca había entrado. El lugar olía a papel viejo y madera. Había estanterías altas, una escalera con ruedas y música suave de fondo. Se sintió inmediatamente en paz.
Mientras recorría los estantes, pasó su mano por los lomos de los libros hasta que uno cayó al suelo. Se agachó al mismo tiempo que otra persona y sus manos se rozaron. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que ambos levantaran la mirada al mismo tiempo.
—Perdón —dijeron los dos a la vez.
Elena sonrió. Frente a ella había un hombre de unos treinta y pocos años, ojos oscuros y una expresión tranquila, pero con algo intenso en la mirada.
—Creo que el libro nos eligió —dijo él, levantándolo.
Ella rió suavemente.
—O quiso matarme de un susto.
—Eso también es posible.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo normal. No fue incómodo. Fue extraño, como si ya se conocieran de antes.
—Soy Martín —dijo él.
—Elena.
Se dieron la mano, pero el saludo se sintió demasiado formal para la forma en que se estaban mirando.
—¿Te gusta leer novelas románticas? —preguntó él mirando el libro.
—A veces. Me gustan las historias donde pasan cosas que en la vida real no pasan.
—Yo creo que pasan —respondió él—. Solo que la gente no se anima.
Esa frase quedó flotando entre los dos. Elena sintió algo raro en el pecho, como curiosidad, como nervios, como si algo estuviera empezando sin que ella lo supiera.
Hablaron unos minutos más, de libros, de películas, de viajes que querían hacer. La conversación era fácil, natural, como si se conocieran desde hacía años. Cuando se dieron cuenta, la librería estaba por cerrar.
—Creo que tenemos que irnos —dijo ella.
—Creo que sí. Pero no me gustaría que esta conversación termine acá.
Elena sintió ese cosquilleo otra vez.
—A mí tampoco.
Salieron juntos de la librería. El aire de la tarde estaba tibio y el cielo empezaba a ponerse naranja.
—¿Te invito un café? —preguntó Martín.
Ella dudó solo por costumbre, no porque no quisiera.
—Bueno.
Caminaron hasta un bar cercano. Se sentaron en una mesa afuera. Hablaron durante horas. Se rieron. Se miraron mucho. Demasiado.
En un momento hubo silencio. No incómodo. Un silencio lleno de algo.
—Siento como si te conociera de antes —dijo él.
Elena lo miró fijo.
—Yo también.
Y en ese momento los dos supieron que algo estaba empezando. Algo que ninguno de los dos iba a poder frenar.
Cuando se despidieron, él la abrazó. No fue un abrazo corto. Fue lento, cercano, cálido. Elena sintió su respiración cerca del cuello y se le erizó la piel.
—Nos vamos a volver a ver —dijo él en voz baja.
No fue una pregunta. Fue una certeza.
—Sí —respondió ella.
Esa noche Elena no pudo dormir. No dejaba de pensar en sus ojos, en su voz, en la forma en que la había mirado. Sentía que algo dentro suyo se había despertado.
Algo que recién empezaba.