Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 14: Lo que no corresponde preguntar
El final del almuerzo no llegó de forma abrupta, pero tampoco fue completamente natural. Hubo un punto en el que la conversación, que hasta entonces había fluido con ligereza gracias a la presencia de Ilyan Drevik, comenzó a desacelerarse de manera casi imperceptible, como si algo en el ambiente hubiera cambiado sin necesidad de ser señalado. Las palabras seguían presentes, las sonrisas aún aparecían, pero ya no tenían la misma espontaneidad que al inicio. Naelith Corvane lo notó antes de levantarse de la mesa, en esos pequeños silencios que comenzaban a alargarse más de lo habitual, en la forma en que Gael Eryx Valcázar permanecía más callado, más observador, como si hubiera retrocedido ligeramente hacia esa distancia que solía mantener dentro de la oficina. No era un cambio evidente para cualquiera, pero para ella, que ya comenzaba a reconocer los matices en su comportamiento, resultaba imposible ignorarlo.
La despedida con Ilyan fue sencilla, cargada de esa cercanía natural que solo existe entre personas que comparten un pasado común. No hubo formalidad innecesaria ni incomodidad en el gesto; fue breve, pero lo suficientemente cálido como para dejar claro que ese vínculo no pertenecía al presente inmediato, sino a algo más antiguo, más arraigado. Cuando se separaron, Naelith no se quedó pensando en ello de inmediato, pero la sensación permaneció, acompañándola mientras caminaba junto a Gael hacia el estacionamiento.
El trayecto fue silencioso.
No incómodo.
Pero sí… distinto.
Había una pausa entre ellos que no se había presentado en los días anteriores, un tipo de silencio que no era compartido como antes, sino que parecía estar sostenido por algo más denso, más contenido. El sonido de sus pasos sobre el pavimento era lo único que marcaba el ritmo de ese momento, un contraste evidente con la conversación ligera que habían tenido apenas minutos atrás.
Naelith no dijo nada.
No porque no pudiera.
Sino porque entendía que ese silencio tenía un origen.
Y, de alguna forma, también sabía que no le correspondía romperlo primero.
Fue Gael quien lo hizo.
No de inmediato, no con prisa, sino en el momento exacto en el que el silencio ya no podía extenderse más sin volverse incómodo. Su voz, cuando finalmente habló, mantuvo ese tono controlado que lo caracterizaba, pero había algo en la forma en que formuló la pregunta que la hizo diferente a las demás.
No era una orden.
No era una observación.
Era… curiosidad.
Le preguntó desde cuándo conocía a Ilyan.
La pregunta, en sí, era simple. Directa. Pero no era habitual en él. No dentro de una dinámica donde lo personal rara vez tenía espacio, donde cada palabra parecía tener un propósito claro y delimitado. Aquello no encajaba del todo con la imagen que Naelith tenía de él.
Aun así, respondió.
Con la misma claridad que mantenía en todo lo demás.
Le dijo que lo conocía desde la infancia.
Nada más.
No hubo detalles adicionales, ni explicaciones innecesarias. Fue una respuesta breve, suficiente para satisfacer la pregunta, pero no lo suficientemente amplia como para abrir una conversación más profunda.
Sin embargo, Gael no se detuvo ahí.
Hubo una segunda pregunta.
Más específica.
Más dirigida.
Quiso saber más.
Sobre cómo se habían conocido, sobre el tipo de relación que habían tenido en ese entonces, sobre esos detalles que, en cualquier otro contexto, podrían considerarse triviales, pero que en ese momento adquirían un peso distinto.
Y fue ahí donde Naelith marcó el límite.
No de forma brusca.
No con incomodidad.
Sino con una firmeza tranquila que no necesitaba elevar la voz para hacerse clara.
Le dijo que no necesitaba saber eso.
La frase no fue larga, ni cargada de tensión evidente, pero sí lo suficientemente directa como para detener cualquier intento de continuar por ese camino. No había rechazo en su tono, pero sí una línea definida, una que separaba lo que estaba dispuesta a compartir de lo que prefería mantener en su propio espacio.
El silencio que siguió fue diferente.
Más corto.
Más claro.
Gael no insistió.
No hizo otro comentario.
Pero algo en su expresión cambió apenas, una variación mínima que no cualquiera habría notado, pero que estaba ahí, presente, como una reacción contenida que no necesitaba ser expresada en palabras.
El resto del trayecto continuó sin más interrupciones.
Hasta que llegaron al auto
El regreso a la oficina fue igual de silencioso, pero ya no tenía el mismo peso que antes. No era un silencio cargado de preguntas, sino uno más estable, como si ambos hubieran entendido algo sin necesidad de decirlo. La dinámica había cambiado nuevamente, ajustándose a una línea que ninguno había cruzado por completo, pero que ya no era la misma de antes.
Cuando regresaron al edificio, la rutina retomó su lugar casi de inmediato. El entorno profesional volvió a imponerse, absorbiendo cualquier rastro de lo ocurrido fuera de él. Los escritorios, los documentos, las voces medidas… todo parecía igual.
Pero no lo era.
Naelith volvió a su trabajo con la concentración de siempre, retomando el ritmo sin dificultades visibles. Sus movimientos eran precisos, su mente clara, su enfoque intacto. No permitió que lo ocurrido alterara su desempeño, aunque una parte de ella permanecía consciente de ese pequeño cambio que había ocurrido.
Gael, por su parte, retomó su posición con la misma autoridad de siempre.
Pero algo en su presencia…
No era exactamente igual.
Las horas pasaron sin incidentes hasta que, en medio de una revisión, ocurrió algo que rompió ese equilibrio.
Fue el sonido de su teléfono.
No era inusual que recibiera llamadas, pero hubo algo en esa en particular que captó la atención de Naelith sin que ella lo buscara activamente. Tal vez fue la forma en que él respondió, o el momento exacto en el que lo hizo, pero algo se sintió diferente.
Gael contestó.
Su voz fue baja.
Controlada.
Pero su expresión…
Cambió.
No de forma drástica.
No lo suficiente como para alarmar a cualquiera.
Pero sí lo suficiente como para notarlo.
Su mirada se tensó apenas.
Su postura se volvió más rígida.
Como si la conversación, aunque breve, hubiera alterado algo interno.
No habló mucho.
No hizo preguntas en voz alta.
Solo escuchó.
Y eso, viniendo de él, resultaba aún más significativo.
Cuando colgó, el silencio que dejó a su alrededor fue distinto al de antes.
No era el mismo control.
No era la misma calma.
Había algo más.
Algo que no se explicó.
Algo que no compartió.
Pero que definitivamente…
No pasó desapercibido.
Naelith no preguntó.
No era su lugar hacerlo.
Pero lo notó.
Y eso fue suficiente.
Porque en un entorno donde todo parecía calculado, donde cada gesto tenía un propósito…
Ese cambio…
No podía ser ignorado.