Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 6 — La tormenta
El mar avisó antes que el cielo.
Sofía lo notó en la manera en que las olas cambiaron — más lentas, más largas, como si el océano estuviera tomando aire antes de algo grande. Andrés lo notó antes que ella. Lo notó en el momento en que salieron del muelle y no dijo nada, pero apretó un poco más el timón.
—¿Volvemos? — preguntó Sofía, leyendo su postura.
—Tenemos dos horas antes de que llegue — dijo él —. Alcanza para el punto norte.
Sofía confió en él. Siempre confiaba en él en el mar — era el único lugar donde la lógica de Andrés Villareal era completamente transparente.
No alcanzó para el punto norte.
La tormenta llegó cuarenta minutos antes de lo previsto — el cielo se cerró de golpe, el viento giró, y el mar que había estado tranquilo se convirtió en algo completamente distinto en cuestión de minutos.
Andrés viró la lancha sin decir una palabra. La mandíbula apretada, los ojos en el agua, las manos firmes en el timón. Sofía se aferró al borde y no preguntó nada porque había aprendido que cuando Andrés estaba así — concentrado, puro, sin margen para nada más — lo mejor que podía hacer era no interrumpirlo.
La lluvia llegó antes de que alcanzaran la costa.
Fría, densa, de esa que no avisa. En treinta segundos estaban empapados los dos.
—¡Hay una ensenada a la derecha! — gritó Andrés sobre el viento —. ¡Nos metemos ahí!
La ensenada era pequeña — una hendidura en la roca donde el mar se calmaba y los árboles formaban algo parecido a un techo natural. Andrés amarró la lancha con movimientos precisos, bajó primero y le tendió los brazos a Sofía para ayudarla a saltar a la roca.
Ella saltó.
Él la recibió.
Y por un segundo — solo uno — quedaron completamente pegados el uno al otro. Las manos de él en su cintura, las manos de ella en sus hombros, la lluvia cayendo sobre los dos y el sonido del mar rompiéndose afuera de la ensenada.
Andrés la soltó.
Despacio. Como siempre.
Encontraron refugio bajo una saliente de roca donde la lluvia no llegaba. Se sentaron uno al lado del otro — cerca, porque el espacio no daba para más — con la ropa pegada al cuerpo y el sonido de la tormenta llenándolo todo.
Sofía abrazó sus propias rodillas.
—¿Cuánto tiempo? — preguntó.
—Una hora. Quizás dos.
Silencio.
—¿Tenés frío? — preguntó él.
—Un poco.
Andrés no dijo nada. Se quitó la camisa exterior — la de manga larga que llevaba sobre la camiseta — y se la puso sobre los hombros a Sofía sin pedirle permiso ni esperar que lo aceptara.
Sofía lo miró.
Él miraba la lluvia.
—Gracias — dijo ella, en voz baja.
—No hay de qué.
La camisa olía a él — a mar, a madera, a algo cálido y profundo que Sofía no supo nombrar pero que se quedó grabado en algún lugar al que no tenía acceso consciente.
Fue Andrés quien habló primero.
—Vi tu cuaderno — dijo.
Sofía giró la cabeza.
—No lo leí — aclaró rápido —. Vi la tapa. Dice "empezar de nuevo". Lo escribiste el primer día.
Sofía no respondió de inmediato.
—¿Y? — dijo finalmente.
—Nada. — Pausa —. ¿Lo lograste?
Era la pregunta más personal que le había hecho desde aquella primera vez en la lancha. Sofía lo miró de perfil — la mandíbula firme, los ojos azules fijos en la lluvia, las manos grandes descansando sobre las rodillas.
—Estoy en eso — dijo ella, honestamente.
Andrés asintió despacio.
—Yo también — dijo. Tan bajo que casi se lo llevó el viento.
Sofía sintió que algo se abría en el pecho.
—¿Cuánto tiempo llevas empezando de nuevo? — preguntó, con cuidado. Con el mismo cuidado con que uno se acerca a algo frágil sin querer romperlo.
Andrés tardó. La lluvia llenó el silencio.
—Siete años — dijo.
Una sola frase. Pero Sofía entendió todo lo que había adentro.
No dijo "lo siento". No dijo nada de lo que se dice en estos casos y que nunca alcanza. Simplemente movió la mano despacio sobre la roca y la puso sobre la de él.
Andrés miró esa mano.
No la apartó.
Se quedaron así — la mano de ella sobre la de él, la tormenta afuera, el silencio adentro — durante un tiempo que ninguno de los dos midió.
Cuando la lluvia empezó a ceder, Andrés giró la mano despacio.
Y entrelazó sus dedos con los de ella.
Sin mirarla. Sin decir nada. Como quien toma una decisión que lleva tiempo madurando y finalmente la ejecuta en silencio.
Sofía miró sus manos unidas — la de él grande y oscura, la de ella más pequeña y clara — y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
Seguridad. De la real. De la que no se pide ni se exige — simplemente aparece.
—Andrés — dijo, muy despacio.
—¿Qué?
—Gracias por no soltarme en la lancha.
Él giró la cabeza y la miró. De cerca. Con esos ojos azules que a esta distancia eran devastadores.
—Nunca te voy a soltar en el mar — dijo. Y aunque hablaba de la lancha, las dos sabían — los dos sabían — que no hablaba solo de eso.
Sofía sintió el calor de esa mirada bajarle por el pecho hasta el estómago.
Se miraron durante un segundo que duró demasiado.
Andrés bajó la vista a su boca.
Sofía no respiró.
Él se inclinó — despacio, dándole tiempo, dándose tiempo — y cuando sus labios estaban a centímetros de los de ella, se detuvo.
—Sofía — dijo. Su nombre en su boca era una cosa completamente distinta al resto del lenguaje humano.
—Sí — respondió ella. No supo a qué, pero la respuesta era sí.
El primer beso fue suave.
Casi una pregunta.
Sus labios rozaron los de ella apenas — tibios, cuidadosos, con la delicadeza de alguien que lleva mucho tiempo sin tocar algo que le importa y no quiere romperlo.
Sofía cerró los ojos.
Y cuando Andrés sintió que ella no se alejaba — que al contrario, se inclinaba hacia él — el segundo beso no fue una pregunta.
El segundo beso fue una respuesta.
Profundo, lento, con su mano libre subiendo hasta su mandíbula para sostenerla como si fuera exactamente lo que era — algo que no quería perder. Sofía soltó sus rodillas y se giró hacia él, y el mundo afuera con su lluvia y su mar y su viento dejó de existir completamente.
Cuando se separaron, los dos respiraban diferente.
Andrés apoyó su frente contra la de ella. Cerró los ojos.
—Hace mucho que no hacía eso — dijo, en voz muy baja.
—¿Y? — susurró Sofía.
Sintió más que vio su sonrisa. La primera sonrisa real, completa, sin reservas.
—Y valió la pena esperar — dijo.
Regresaron al muelle cuando el mar ya estaba tranquilo.
Caminaron por el muelle en silencio — pero este silencio era nuevo. Liviano. Lleno de algo que no necesitaba nombre todavía.
Antes de separarse, Andrés le tomó la mano un momento. La apretó. La soltó.
Y se fue sin mirar atrás.
Sofía se quedó en el muelle con la camisa de él todavía sobre los hombros, oliendo a mar y a él, con el corazón haciendo cosas que ya no intentó controlar.
Esa noche escribió en su cuaderno:
Me besó durante una tormenta.Como si el mar nos hubiera estado esperando para eso.Como si todo lo demás hubiera sido solo el camino.
Tengo miedo.Pero esta vez el miedo se siente diferente.Esta vez el miedo llega junto con algo que se parece mucho a las ganas.
Fin del Capítulo 6 ✨