Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.
Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.
Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…
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CAPÍTULO 10
Capítulo 10 — El Sábado es Sagrado
El sábado en mi casa tiene un olor específico.
Café fuerte, de ese que la Abuela Cida cuela con dos cucharadas de más porque dice que el café flojo es agua sucia, y el sonido del televisor encendido en la sala sin nadie mirando porque ella se levanta demasiado temprano y lo prende por costumbre, por compañía, por esa necesidad de no dejar el silencio demasiado grande.
Me quedé en la cama escuchando ese ruido unos veinte minutos sin hacer nada.
Solo escuchando.
Hay cosas que valen más de lo que uno se da cuenta mientras todavía las tiene. La Abuela Cida haciendo ruido de cacerola un sábado por la mañana es una de ellas, y lo aprendí de la manera más difícil, en los meses en que ella no podía levantarse y la cocina quedaba callada de una manera que dolía.
Me levanté en pijama viejo y el pelo por todas partes, fui hasta la cocina y ella estaba ahí con el pañuelo blanco en la cabeza y una expresión de reina frente al fogón.
—Buenos días, abuela.
—Buenos días, mi niña. Siéntate que el atole ya casi está.
Me senté. Agarré el café. Tomé ese primer sorbo que siempre es el mejor del día sin importar nada más y me quedé mirándola revolver la cacerola con ese movimiento de quien lo ha hecho miles de veces y ya no necesita pensar.
—¿Viene Carla hoy? —preguntó sin voltear.
—Viene. Dijo que llegaba a las once.
—Buena chica esa Carla.
—Sí, lo es.
—Presentable también.
—Abuela.
—Estoy diciendo que es presentable, Antonieta, no le estoy haciendo el currículum a nadie.
Tomé otro sorbo de café sin responder porque cuando la Abuela Cida usa ese tono de inocente es exactamente cuando no está siendo inocente en lo absoluto.
Carla llegó a las once y dos minutos con dos bolsas pesadas, el cabello cepillado un sábado por la mañana porque ella es así, y esa energía de perro que vio la correa y ya sabe que va a salir a pasear.
—¡Doña Cida! —gritó desde la puerta.
—Entra ya, Carla, que el viento está entrando.
Ella entró, besó a la abuela de esa manera suya que siempre es abrazo junto con beso porque no puede hacer las cosas a medias, tiró las bolsas en el sofá y abrió los brazos.
—Traje esmalte, mascarilla capilar, palomitas, botana, brigadeiros que hice anoche y dos películas.
—¿Brigadeiros? —me levanté.
—Siéntate. Primero las uñas.
—Carla, dame un brigadeiro.
—No.
—Solo uno.
—Después de las uñas.
—Eres una persona horrible.
—Soy tu mejor amiga. Siéntate aquí.
La abuela sonreía de ese modo de comisura de labios que usa cuando se está divirtiendo pero no quiere ceder.
Nos quedamos toda la mañana en la sala con ese desorden bueno que solo ocurre cuando no hay compromisos esperando. Frasquito de esmalte encima de la mesita, mascarilla de cabello que la abuela insistió en usar también y que Carla aplicó con todo el cuidado del mundo mientras la abuela se quedaba quieta con esa expresión de reina siendo servida.
La abuela eligió esmalte rojo.
—Abuela, ese rojo es demasiado vivo.
—Tengo setenta y dos años, Antonieta. ¿Si no es ahora, cuándo?
No había argumento contra eso.
Carla me hizo las uñas con esa concentración que tiene, la lengua levemente hacia afuera en los detalles, base, color, sellador. Cuando terminó me quedé mirando el resultado con esa sorpresa de siempre de ver mis propias manos bonitas.
—Cuenta ya. —dijo sin levantar los ojos, comenzando en la segunda mano.
—¿Contar qué?
—Antonieta.
—¿Qué fue?
—El hombre. El patrón. Cuenta.
—No hay nada que contar.
—Hiciste esa pausa antes de responder.
—No hice ninguna pausa.
—Sí hiciste. La de cuando tienes algo pero estás decidiendo si lo dices.
La abuela cambió de posición en el sofá con esa sutileza de quien acaba de subir el volumen interno.
Suspiré.
—Carla, tú fuiste la que me mandó a entregar el currículum en ese lugar. Tú eres la que me estuvo llenando la cabeza con que él era un bombón griego lleno de tatuajes y que me iba a volver loca cuando lo viera. ¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo. ¿Mentí?
—No. —admití. —Pero olvidaste mencionar que es la persona más arrogante que ha pisado esta tierra.
—Mencioné que no soportaba a la gente común.
—Mencionar es diferente a sentirlo en carne propia, Carla. Mira a la gente que trabaja para él como si fueran una mancha en el piso que alguien olvidó limpiar. Habla con la gente en el tono que uno usa para darle órdenes al GPS. Llegó de viaje sin avisarle a nadie, entró al cuarto que yo estaba limpiando y actuó como si yo fuera invisible hasta el momento en que decidí dejar de serlo, y entonces me convertí en el problema.
Silencio.
Carla dejó el esmalte.
—¿Qué pasó.
—Nada que no resolví.
—Antonieta.
—Carla.
—Habla de una vez.
Conté. No todo, pero lo suficiente. Su llegada, el susto, la discusión, la bofetada que salió antes de que yo pensara, Glória entrando en medio de todo, la escena de los productos.
Carla se me quedó mirando con la boquita abierta.
—Le pegaste.
—Se me escapó sin querer.
—Le pegaste a Luke Petronius en la cara dentro de su propia mansión.
—Él me agarró por la cintura sin pedirme permiso, Carla, ¿qué querías que hiciera?
—Quería que me hubieras llamado de inmediato después de eso.
—Acababa de llevarme un susto, no iba a llamar a nadie.
—¿Y él? ¿Qué hizo?
—Se me quedó mirando como si fuera a devorarme. No de deseo, de rabia de verdad, ¿sabes esa mirada de quien no puede creer que eso le pasó a él?
—Dios mío. —Carla puso el esmalte sobre la mesa y se desplomó en el sofá con esa falta de ceremonia suya. —Antonieta, ¿sabes lo que eso significa, verdad?
—¿Que me van a despedir?
—Que no te va a sacar de la cabeza. El hombre que te sigue mirando después de recibir una bofetada es el hombre que quiere entender lo que eres. Y el hombre que quiere entender lo que eres ya perdió la mitad de la batalla.
—Para con ese análisis de romance barato.
—No es análisis de romance barato, es observación de mujer que ha leído a la gente toda la vida.
La Abuela Cida hizo un sonido bajo de aprobación que negaría si yo le preguntara.
—Las dos son imposibles. —refunfuñé.
El almuerzo fue la abuela en el fogón con Carla interfiriendo y siendo mandada fuera de la cocina dos veces con esa delicadeza que la abuela usa cuando quiere que te vayas pero no quiere ser grosera.
Arroz, frijoles, pollo al ajo y limón, sofrito de ese que la abuela nunca escribió en ningún lado porque dice que las recetas que valen la pena viven en las manos de quien cocina.
Nos sentamos las tres en la mesa pequeña y la conversación fue fluyendo sin tema fijo, de esa manera que solo ocurre con quien tiene verdadera intimidad, saltando de un lado a otro sin pedir permiso.
Carla contó de un huésped del resort que intentó coquetearle la semana pasada.
—Llegó así. —se preparó en la silla con seriedad cómica. —*Sonríes mucho para alguien que trabaja.*
Solté el tenedor.
—¿Ese fue el coqueteo?
—Esa fue la apertura, Antonieta. Se me quedó mirando esperando que me derritiera.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le agradecí y le indiqué la senda del lago con mi sonrisa más profesional.
—Hombre que no sabe llegar a una mujer. —decretó la abuela con la autoridad de siete décadas. —Tu abuelo llegó a mí con una sola frase.
—¿Cuál fue, abuela? —pregunté como siempre pregunto.
—Me miró y dijo *tú me vas a quitar el sueño por toda mi vida, ¿verdad, morena?* Solo eso. Y supe en ese momento que iba a ser él.
Carla se llevó la mano al pecho con esa cara de quien sintió algo físico.
—Doña Cida, eso es demasiado hermoso.
—Es verdad. —dijo la abuela sencilla. —La verdad siempre es hermosa cuando es de verdad.
Después del almuerzo se convirtió en ese buen desorden de tarde de sábado.
Palomitas, brigadeiros por fin liberados, Carla conectando la computadora al televisor con ese cable que siempre necesitaba maña, la abuela eligiendo la película con una soberanía que ninguna de nosotras iba a cuestionar.
Eligió una comedia italiana con subtítulos pequeños de los que se quejó durante quince minutos hasta que Carla los agrandó.
Nos quedamos las tres en el sofá, la abuela en el centro con la cobija, yo de un lado, Carla del otro distribuyendo brigadeiros con una avaricia que yo le dije que era un crimen y ella dijo que era curaduría.
La película fue pasando con esa ligereza italiana que no se toma demasiado en serio y Carla fue recostándose cada vez más en el sofá comentando todo.
—Mira a este hombre. —señaló al actor en la pantalla. —¿Este tipo existe en la vida real?
—No existe. —respondí.
—El Petronius existe y tú trabajas para él.
—Carla.
—Lo digo en serio. Ese hombre en foto de revista ya es un absurdo, en persona debe ser ilegal.
—En persona es un problema.
—Problema rico.
—Problema y punto.
—Antonieta. —giró todo el cuerpo hacia mí con esa expresión de intimidad que usa cuando va a decir algo que considera importante. —¿Ya estuviste con alguien?
Hice una pausa.
—Qué pregunta es esa de la nada.
—No es de la nada. Es porque hablaste de él con una rabia que no es de indiferencia. La indiferencia no tiene calor. Lo que estás sintiendo tiene calor.
—Estoy sintiendo irritación, Carla.
—La irritación es calor.
—Eres imposible.
—Nunca respondiste.
Agarré un brigadeiro. Lo comí despacio. Miré la pantalla donde el actor italiano le decía algo a la protagonista bajo la lluvia con esa intensidad de cosas que solo existen en las películas.
—No es asunto de nadie. —dije por fin.
Carla se quedó callada; ella no necesita saber que nunca he estado con nadie.
Que para ella era la respuesta.
La abuela tenía los ojos cerrados pero yo conocía su respiración durmiendo y esa no era.
En la pantalla la protagonista se quedaba parada con esa expresión de quien no sabe qué hacer con lo que está sintiendo.
Entendí más de lo que debía.
No lo comenté con nadie.
Continúa...