Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Dímelo en secreto”
La tarde caía sobre el pueblo con un viento cálido y espeso.
En la habitación cerrada de la casa Montenegro, Elsa se sentó frente a su escritorio.
Tenía las manos temblorosas, pero el rostro sereno.
El papel frente a ella estaba en blanco.
Pero su alma estaba a punto de desbordarse.
Joshua dormía en su pequeño rincón, abrazado a un peluche.
Él sería su mensajero… una vez más.
Elsa escribió con tinta negra. Con rabia contenida. Con miedo. Con amor.
"Tomás:
No sé cómo empezar.
Tal vez porque esta carta no es para contarte algo nuevo…
sino algo que ya sabes.
Sebastián me pidió que le mienta.
Me pidió que le diga que lo quiero, aunque no sea cierto.
Y a cambio, me dejaría ir.
Pero con una sola condición.
Que no me vaya contigo.
Dice que puede soportar que lo rechace, que lo odie, que lo olvide.
Pero no puede soportar que mi amor siga siendo tuyo.
No sabe…
que ni el olvido ni la violencia pueden arrancarte de mí.
Le mentí.
Le dije lo que quería oír.
Le di las palabras que necesitaba para soltarme… aunque por dentro me estaba rompiendo.
No sé si esto funcione.
No sé si realmente me deje ir.
No confío en él.
Solo confío en ti.
En que me recuerdas.
En que no te has rendido.
En que vas a venir por mí.
No me importa si ya estoy casada.
No me importa si este pueblo arde.
Solo sé que quiero escapar de esta cárcel… y volver contigo, aunque sea al infierno.
Tuya,
Elsa."
Elsa dobló la carta con cuidado.
La envolvió en un pañuelo con bordado azul —el que él mismo le había regalado años atrás— y lo amarró con hilo.
Despertó suavemente a Joshua.
El niño la miró con ojos enormes y preocupados.
—Jojo… ¿recuerdas al muchacho que te dio las otras cartas?
—Sí… Tomás… el amigo… el de las piedritas con letras…
Elsa sonrió con ternura.
—Necesito que se la des tú mismo.
Nadie más debe verla.
Es nuestro secreto, ¿sí?
Joshua asintió.
—¿Y si me ven?
—Usa la capa gris del abuelo. La que te cubre entero.
Diles que vas al mercado. Toma esta moneda.
El niño abrazó la carta como si cargara una vida entre sus manos.
—¿Volverá pronto Tomás?
Elsa agachó la cabeza.
—Eso espero. Pero por si acaso…
voy a estar lista.
Esa noche, mientras Joshua salía por la puerta trasera en silencio, Elsa miraba el cielo desde la ventana.
Pensaba en lo que había hecho.
Pensaba en lo que vendría.
Y Tomás…
Tomás aún tenía la carta anterior guardada bajo el colchón.
Apenas leyó esta nueva, cerró los ojos.
Apretó el pañuelo bordado.
Y supo que la hora se acercaba.
No había nada más que fingir.
Solo había que esperar el momento justo para atacar.
Y sacarla.
Para siempre.
“A punto de caer”
La mañana apenas despuntaba y la hacienda de los Montenegro se sumía en un silencio pesado, como si las paredes mismas guardaran secretos.
Elsa, aún pálida y con el cuerpo adolorido por las noches de humillación, caminaba con pasos ligeros por el pasillo.
Sabía que Joshua había cumplido con su encargo.
La carta había llegado.
Pero había cometido un error.
Había dejado su habitación sin asegurar el escondite.
El pañuelo azul con el que envolvía las cartas estaba aún en su mesita.
Y justo ese día, Sebastián había decidido regresar temprano.
Sebastián entró sin anunciarse.
Tenía los ojos hundidos, los labios apretados y el ceño torcido.
Al cruzar la puerta del cuarto matrimonial, lo primero que vio fue el pañuelo.
Camino hacia él. Lo reconocía.
Era uno que Elsa guardaba con recelo.
El mismo que una vez había intentado quemar y ella le arrebató de las manos con furia.
Lo tocó.
Sintió el nudo.
Estuvo a punto de desatarlo.
Fue entonces que escuchó la puerta abrirse.
Elsa entró.
Se detuvo al verlo allí, sosteniendo el pañuelo.
Su rostro no mostró miedo.
Mostró un silencio que sabía a culpa.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó ella, con voz calmada.
Sebastián levantó el pañuelo, como si lo acusara sin hablar.
—Lo encontré aquí. ¿Qué tiene de especial? —preguntó con veneno en la lengua.
Elsa se acercó despacio.
—Es un recuerdo de infancia. Lo usaba para cubrir mis cartas de confesión cuando era niña.
De esas cosas inútiles que una guarda… —fingió una sonrisa leve.
Sebastián la observó con fijeza.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
La tensión era tan densa que podría cortarse con un cuchillo.
—Ayer me dijiste lo que quería escuchar, —le susurró él, acercándose.
—¿Era mentira también eso?
Elsa bajó la mirada.
Con esfuerzo, fingió una emoción que no sentía.
—No era mentira, Sebastián.
Solo… no estoy acostumbrada a este tipo de verdad.
Una que me salva… pero que me cuesta el alma.
Sebastián se quedó quieto.
Tocó su barbilla, mirándola fijamente.
—¿Hay algo que deba saber, Elsa?
—No.
(Sus ojos aguantaban lágrimas. Su pecho fuego. Pero no tembló.)
Sebastián la observó un segundo más.
Luego dejó el pañuelo sobre la cama, sin desatarlo.
—Te creo…
pero solo porque me conviene creer.
Dicho esto, se giró y salió de la habitación.
Pero al cruzar la puerta, no se fue al estudio.
Fue directo con su mayordomo personal.
—Duplica la seguridad en la hacienda.
No solo en las puertas…
vigila sus pasos.
Y refuérzalo también en la pensión donde está el… accidentado.
No quiero que nadie entre. Ni salga.
—¿Sospecha algo, señor?
—No aún. Pero prefiero pecar de paranoico… que de cornudo.
Mientras tanto, en la pensión de Doña Pachita,
Tomás había recibido la carta.
Sus manos temblaban mientras leía cada palabra.
Ahora lo sabía todo.
Ella había mentido…
para protegerlo.
Y Sebastián no solo estaba al tanto.
Estaba respirando cerca.
Tan cerca… que casi descubre todo.
Tomás guardó la carta.
Se puso de pie.
Y juró que no esperaría mucho más.
ecxelente