Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 6
La irrupción de doña Elsa lo trastocó todo. Aquella mujer rara vez estaba en casa, igual que Enzo. Pasaba los días fuera. Pero esa tarde regresó más temprano de lo habitual.
Doña Elsa ya estaba en la sala, el rostro encendido. —¿Qué crees que estás haciendo? —La voz le temblaba de una furia contenida.
Azalea se incorporó despacio. —Solo les estaba contando cosas de su madre, señora.
—¡No tienes ningún derecho! —estalló doña Elsa—. ¿Quién te crees para andar trayendo el nombre de Jazmín a esta casa?
Erza se plantó delante de Azalea por instinto. —Abuela, tía solo estaba contando...
—¡Cállate, Erza! —lo cortó doña Elsa.
—¡Buaaa... la abuela es mala! —Elora rompió a llorar.
Azalea procuró mantener la calma. —Los niños tienen derecho a conocer a su madre.
—¡No me vengas a enseñar sobre derechos! —Doña Elsa avanzó un paso—. No eres más que una niñera. Una pueblerina. Con estudios de nada. No te sientas la que más sabe de esta familia.
Cada palabra fue un latigazo. Azalea agachó la cabeza, pero su voz permaneció serena. —No me creo la que más sabe. Solo soy su hermana.
—¿Hermana? ¿O sea que eres la hermana de Jazmín? —Doña Elsa torció la boca—. Si Jazmín era tan lista y tan admirable como cuentas, no habría...
—¡Señora! —la interrumpió Azalea sin pensar, la voz temblorosa—. No diga eso. Jazmín era una mujer buena.
Doña Elsa le clavó la mirada. —¡No vuelvas a mencionar el nombre de esa mujer! Solo estás abriendo heridas viejas.
—Las heridas no sanan si se tapan para siempre —replicó Azalea en un hilo de voz, con las lágrimas cayéndole ya—. Estos niños extrañan a su madre.
Erza abrazó a Azalea por un costado de repente. —Yo extraño a mami. —Su llanto menudo cargó aún más el ambiente.
Doña Elsa vaciló un segundo, pero el orgullo pesó más. —¡No quiero que mis nietos sean educados por alguien que les mete ideas de pueblo en la cabeza! —sentenció—. A partir de hoy, dejas de trabajar aquí.
Las palabras cayeron como un martillazo. Azalea se quedó petrificada.
Elora gritó: —¡No quielo! ¡Tía no se vaya!
Erza estrechó a Azalea con más fuerza. —¡La abuela es mala! ¡Tía es buena persona!
—¡Erza! —rugió doña Elsa.
Azalea se arrodilló y envolvió a los dos niños con el cuerpo temblando. No le dolían los insultos: le dolía que volvieran a denigrar el nombre de su hermana.
—Escúchenme bien —susurró entre sollozos, acariciándoles el cabello—. Mami de ustedes fue una mujer maravillosa. Nunca olviden eso.
Doña Elsa giró sobre sus talones. —¡Vete de esta casa antes de que pierda la paciencia!
Azalea no fue capaz de articular nada más. Entró al cuartito, metió la ropa en la maleta con las manos temblando.
Afuera se oían los llantos. —¡Tía, no te vayas! —La voz de Elora se quebraba.
—¡Tía! ¡Todavía no me sé la plegaria de protección! —gritó Erza.
Azalea salió con los ojos hinchados. Erza y Elora corrieron a abrazarle las piernas.
—No me dejes otla vez. —Erza lloraba a gritos.
La palabra otra vez le apretó el pecho a Azalea. Se arrodilló y los envolvió a ambos. La lluvia seguía cayendo con fuerza afuera. En medio de aquella sala suntuosa, Azalea se mantuvo de pie con el corazón hecho pedazos, no solo como una niñera despedida, sino como una hermana que acababa de ver pisoteado sin piedad el recuerdo de su hermana.
Azalea cargó su pequeña maleta y atravesó la puerta principal de aquella mansión. Las manos le temblaban, no por el frío, sino porque sentía el alma desgarrada.
Las palabras de doña Elsa seguían retumbando en su cabeza. Pueblerina. Estudios de nada. Indigna de pronunciar el nombre de Jazmín delante de sus hijos. El nombre de su hermana, que ella guardaba con todo su amor.
Azalea se secó las lágrimas que caían sin permiso. Intentó caminar con entereza, aunque cada paso le pesaba como si llevara grilletes.
—¡Tíaaaa!
El grito la detuvo en seco. Erza y Elora corrían descalzos bajo la llovizna. Los rostros empapados, no se sabía si por la lluvia o por el llanto.
—¡Tía, no te vayas! —Elora le abrazó la pierna con todas sus fuerzas.
Erza se paró frente a Azalea, los brazos abiertos bloqueándole el paso. —¡Si tía se va, yo me voy también!
Azalea cayó de rodillas y los estrechó. La lluvia le mojaba la espalda, pero no le importó.
—Escuchen, cariños —dijo con la voz entrecortada—. A veces hay que separarse para no lastimar a otros.
—¡A mí no me duele nada! —chilló Erza, histérico—. ¡Solo me duele que tía se vaya!
El llanto de los tres resonó en el jardín. Desde adentro, Amina los miraba paralizada. Doña Elsa espiaba entre las cortinas; el rostro pétreo, pero los ojos no tan serenos como aparentaba.
De pronto, un auto frenó ante la reja. Los faros alumbraron la escena desoladora.
La puerta se abrió. Enzo descendió con cara de agotamiento tras la jornada laboral, el saco todavía impecable, la corbata algo floja. Pero sus pasos se detuvieron al ver a sus dos hijos llorando abrazados a Azalea, que ya tenía la maleta en la mano.
—¿Qué pasó? —La voz de Enzo sonó grave.
Erza corrió hacia él. —¡Papi! ¡La abuela corrió a tía!
Elora se colgó de la pierna de Enzo. —¡Papi, dile a tía que no se vaya! Elola tiene miedo...
Las cejas de Enzo se juntaron con dureza. Miró a Azalea, de pie con el rostro devastado y los ojos rojos. —¿A dónde vas? —le preguntó, quedo pero firme.
Azalea agachó la cabeza con respeto. —Ya no trabajo aquí, señor Enzo. La señora Elsa me pidió que me fuera.
—¿Cómo? —La mandíbula de Enzo se endureció.
Desde el interior, doña Elsa salió. —Solo hago lo mejor para mis nietos. No necesitan la influencia de alguien de origen desconocido.
—Mamá... —El semblante de Enzo se volvió gélido—. Azalea no es una desconocida. Es la hermana de Jazmín.
Aquel nombre volvió a pesar en el aire. Enzo observó a Azalea. Había algo en sus ojos oscuros que iba más allá del sentido de responsabilidad: un desorden interior, un sentimiento de culpa.
Desde que Jazmín falleció, su vida perdió toda calidez. Erza se volvió iracundo. Elora lloraba de manera inconsolable sin razón. Ninguna niñera aguantó más de dos semanas.
Solo Azalea. En tres meses, sus hijos se transformaron. Aprendieron a recitar el Corán. Empezaron a decir "por favor" y "perdón". Invocaban el nombre de Dios antes de dormir. Y ahora lloraban como si se les acabara el mundo.
—Papi... —Erza hipaba—. Si tía se va, voy a odiar esta casa.
Aquello fue como una bofetada. Enzo miró a su madre un momento y luego se volvió hacia Azalea. —¿Te irías así, sin más? —le preguntó.
Azalea se tragó la amargura. —No tengo derecho a quedarme.
Entonces Enzo se acercó. —Si tuvieras ese derecho, ¿te quedarías?
Azalea se quedó estupefacta. —¿Qué quiere decir?
Enzo aspiró hondo, como si estuviera tomando la decisión más grande de su vida. —Cásate conmigo.
Las palabras fueron suaves, pero bastaron para que el mundo pareciera detenerse.
Doña Elsa abrió los ojos como platos. —¡Enzo! ¿Perdiste la razón?
Azalea retrocedió un paso, pálida. —Señor Enzo, no bromee en un momento así.
—No estoy bromeando. —Esta vez la voz de Enzo fue rotunda—. Mis hijos te necesitan. Esta casa te necesita.
—¿Y usted? —Azalea lo enfrentó con los ojos vidriosos—. ¿Usted también me necesita?
La pregunta quedó suspendida. Enzo calló un instante. —Necesito una madre para ellos.
Honesto. No por amor. Tampoco por añoranza. Pura necesidad.
A Azalea se le estrujó el corazón. —Entonces, ¿es un matrimonio por lástima? —La voz le temblaba—. ¿O porque usted tiene miedo de perder a la niñera que le funciona para Erza y Elora?
Elora volvió a abrazar a Azalea, llorando. —Tía, no te enojes con Papi. Yo solo quielo que tía esté aquí.
Erza también lloró. —¡Que tía sea nuestra mami! ¡Yo quiero!
Esas palabras fueron un relámpago en plena tormenta. Azalea cerró los ojos un momento. Podía irse ahora, salvar su dignidad. O quedarse junto a dos almas pequeñas que ya sentía como sangre propia.
—Azalea. —La voz de Enzo se suavizó—. Sé que no es justo para ti. Sé que no te estoy ofreciendo amor.
El hombre la miró a fondo. —Pero te prometo que voy a respetarte. No voy a tocarte sin tu consentimiento. No voy a obligarte a reemplazar a Jazmín.
Ese nombre volvió a comprimirle el pecho a Azalea.
—Solo quiero que mis hijos crezcan con cariño. Y la única que puede darles eso eres tú.
Nadie habló. Solo se oían la lluvia y el llanto de los niños.
Azalea se arrodilló, tomó los rostros de Erza y Elora. —Si tía se queda, ustedes tienen que ser niños buenos. Cuidar su corazón. No odiar a nadie. Ni siquiera a la abuela. ¿Pueden?
Ambos asintieron entre sollozos.
Azalea se puso de pie despacio. Miró a Enzo. —Yo no lo amo, señor Enzo.
—Y yo no te lo estoy pidiendo —respondió Enzo, apenas audible.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Azalea. —Pero los amo a ellos.
Esa sola frase bastó como respuesta. Enzo inclinó la cabeza, como si acabara de aceptar el peso de una decisión enorme.
Doña Elsa desvió el rostro con un suspiro hondo.
Bajo una lluvia que no cesaba, un matrimonio sin amor —nacido del llanto, las heridas y la necesidad— comenzó a tomar forma.