¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 22: Auditoría interna y un beso sin retorno
El cambio en la rutina de la mansión se empezó a notar en los detalles más chicos, pero con un impacto masivo. Las lectoras que esperaban que me quedara tirada en la cama en modo avión todo el año tuvieron que recalcular, porque cuando una contadora experimentada decide ponerse el traje de jefa, las planillas se ordenan o ruedan cabezas.
Pasé las siguientes dos semanas levantándome a las seis de la mañana sin un solo bostezo destructivo. Las calzas medievales cómodas se convirtieron en mi uniforme oficial de combate. En el patio de práctica, bajo la mirada estricta pero secretamente orgullosa de Gideon, aprendí a domar el maná. Ya no era un río desbocado que arrancaba árboles; ahora, cuando extendía la mano, la neblina morada obedecía como un empleado sumiso en época de aguinaldos. Podía encender runas de protección con un chasquido y disolver ráfagas de energía con mover un dedo. El poder de la Cassandra original seguía ahí, pero ahora tenía un cerebro estratégico y ordenado detrás que sabía exactamente cómo administrar los recursos sin gastar energía de más.
Pero mi toma de control no se limitó al pasto del jardín. Un miércoles por la tarde, me cansé de ver el desorden administrativo del ducado y me instalé en el despacho principal. Mandé a llamar a los contadores del ducado y a los administradores de las tierras del norte, que entraron temblando con montañas de libros contables bajo el brazo.
—A ver, muchachos, traigan los balances de los últimos tres años —ordené, sentada detrás del enorme escritorio de roble, mientras usaba un hilito de magia morada para hacer girar una pluma en el aire, dejando a todos con los ojos como platos—. Vamos a ver cómo están los números del ducado. Si la Iglesia nos va a congelar las cuentas o a meter un embargo místico, quiero saber exactamente con cuánto capital disponible contamos para financiar la resistencia.
En menos de tres horas, detecté dos desvíos de fondos en el ala de suministros, optimicé el presupuesto para la compra de avena de los caballos de la vanguardia y rediseñé el sistema de recaudación de impuestos de los pueblos del norte para que los campesinos pagaran menos pero el ducado rindiera más. Los administradores salieron del despacho haciendo reverencias, sudando frío pero mirándome como si fuera una deidad de las finanzas. Empezaba a manejar el territorio con una soltura que nadie esperaba de la antigua duquesa fría. Estaba cuidando mi propio nido.
Al caer el sol, caminé hacia la sala de mapas tácticos donde Gideon y Félix llevaban horas encerrados. La puerta estaba entornada, y me detuve un segundo al escuchar sus voces bajas y tensas. Estaban analizando los reportes que llegaban de la capital.
—Los paladines ya cruzaron la frontera del este, duque —estaba diciendo Félix, señalando un punto en el mapa con un peón de madera—. Y la Santa Ariadna viene en una carroza blindada con bendiciones de alto nivel. La tipa tiene un aura que anula la magia común. Si llega acá, nos desarma la defensa en dos minutos. Para mí, la única opción táctica viable es armar una emboscada en el desfiladero y liquidarla antes de que pise el valle. Hay que matar a la Santa.
Gideon apoyó las manos en la mesa, frunciendo el ceño con pesadez militar.
—Es un movimiento arriesgado, Félix. Matar a la figura de la fe desataría una cruzada inmediata sobre el norte. Pero si dejamos que se acerque a Cassandra...
—De esa arpía me encargo yo —los interrumpí, empujando la puerta de golpe y entrando con paso firme y los brazos cruzados—. No va a hacer que se termine enamorando de mi duque, eso sí que no. A esa rubia operada le tengo tomado el tiempo y no le voy a dejar ni que te mire el flequillo, bombón.
Gideon se enderezó de inmediato. Al escucharme decir "mi duque" con tanta naturalidad y posesión, una sonrisa sutil, cálida y sumamente atractiva se le dibujó en los labios. Toda la tensión militar de su rostro se disolvió en un segundo. Caminó hacia mí con paso felino y, antes de que pudiera reaccionar, se posicionó justo a mi espalda, pasándome sus brazos firmes alrededor de la cintura y pegando mi espalda contra su pecho en un abrazo protector que me hizo dar un vuelco al corazón.
—Me parece una excelente estrategia de defensa, Duquesa —susurró Gideon cerca de mi oído, con esa voz ronca que me borraba el sentido común.
Félix, que seguía con el peón de madera en la mano, nos miró de arriba abajo y soltó un suspiro dramático, revoleando los ojos con total desparpajo.
—paren un poco, no es hora de su amorío —reclamó el comandante, cruzándose de brazos con una mueca divertida—. Estamos planificando una resistencia armada contra el Vaticano de este mundo y ustedes se ponen en modo novela romántica de las ocho de la noche. Qué falta de respeto al arte de la guerra.
Ni Gideon ni yo le prestamos la más mínima atención. El duque me apoyó la barbilla en el hombro, ignorando olímpicamente las quejas de su subordinado, mientras yo le acariciaba un brazo con total soltura.
Félix soltó una carcajada limpia, tiró el peón sobre el mapa y caminó hacia la salida del salón sacudiendo la cabeza.
—Bueno, ya fue, me voy al patio —anunció Félix, yendo hacia la puerta—. Me voy con el dragón, que me quiere más que ustedes y por lo menos no me refriega el romance en la cara. Disfruten del balance de cuentas, par de tortolitos.
El portazo de Félix nos dejó en un silencio absoluto, iluminados únicamente por la luz mortecina de las velas y el calor del atardecer que entraba por el ventanal.
Gideon no me soltó. Al contrario, rompió el abrazo solo para hacerme girar lentamente hasta quedar de frente a él. Sus manos bajaron hasta mis caderas, sosteniéndome con una firmeza que me aceleró el pulso a niveles poco recomendables para la salud. Sus ojos azules estaban encendidos con la misma determinación de la noche del armario.
—Te lo dije ese día, Cassandra... —susurró, dando un paso más, acorralándome sutilmente contra el borde de la mesa de mapas—. Te dije que no quiero parar.
Le sostuve la mirada. El entrenamiento me había dado control sobre mi maná, pero estar así de cerca de él me hacía perder cualquier tipo de estructura corporativa. Sentí su respiración cálida y el perfume a madera de su cuello, y decidí que ya no había necesidad de esquivar los balances anuales del amor. Le sonreí de lado, pícara y decidida, y le rodeé el cuello con los brazos.
—Entonces no pares, duque —le respondí en voz baja.
Y lo besé.
Esta vez fui yo la que tomó la iniciativa, uniendo nuestros labios en un beso intenso, demandante y sin ningún tipo de mentiras de por medio. Gideon soltó un gruñido bajo que me vibró directo en la boca y me apretó más contra su cuerpo, profundizando el beso con una pasión que me dejó el cerebro totalmente en blanco. Las líneas de la falsa alianza se habían borrado por completo; ahora éramos nosotros dos, listos para prender fuego el imperio si hacía falta, pero primero, asegurando nuestro propio contrato.