Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 3: “El día que lo perdí sin perderlo”
Ese día me escribió Brando para vernos. Yo la verdad no quería mucho salir, pero igual fui porque con él siempre termino cediendo. Me dijo: “mami, ven, estoy por ahí en el parque del barrio”. Y yo solo le respondí: “ya voy”.
Cuando llegué lo vi sentado en una esquina del parque, con esa mirada seria de siempre, pero esta vez había algo diferente. Estaba fumando. Y no era un cigarrillo normal. El olor se sentía desde lejos y yo ya sabía qué era. Marihuana.
A mí eso nunca me ha gustado. No me gusta el olor, no me gusta lo que representa, no me gusta la forma en que la gente del barrio empieza a hablar cuando ve esas cosas. Y menos de él, porque la gente ya de por sí habla demasiado.
Me acerqué despacio y lo miré.
—Brando… —le dije bajito.
Él me miró, pero no se levantó.
—¿Qué hubo? —me dijo como si nada.
Yo respiré hondo porque ya estaba incómoda.
—Por favor… no estés así cuando estás conmigo —le dije—. No me gusta. El olor me fastidia, en serio.
Él soltó una risa corta, como burlona.
—Ay Violeta, tampoco es pa’ tanto —me dijo—. No me pongás a joder por eso.
Yo me quedé mirándolo, esperando que apagara eso o al menos lo guardara, pero no lo hizo.
—Brando, te estoy hablando en serio —le dije—. La gente habla, y tú sabes cómo es esto.
Ahí fue cuando lo vi cambiar.
Su cara se puso seria, como tensa. Ya no era el Brando tranquilo de otras veces.
—¿Y a mí qué me importa lo que hable la gente? —me respondió—. Vos siempre con eso, que la gente, que la gente…
Yo me quedé en silencio un segundo, porque no era la forma en que él me hablaba normalmente.
—No es solo la gente —le dije—. Es que a mí no me gusta eso, Brando.
Ahí él se paró, como molesto de verdad.
—Entonces no estés conmigo si no te gusta cómo soy —me soltó así, seco.
Eso me dolió, porque nunca me había hablado así.
—No estoy diciendo eso… —le respondí bajito—. Solo te estoy pidiendo algo normal.
Él negó con la cabeza, como si yo estuviera exagerando todo.
—Vos siempre querés cambiarme, Violeta —me dijo más duro—. A mí no me digás qué hacer.
Yo sentí un nudo en la garganta.
—Yo no te estoy cambiando… solo te estoy hablando como tu novia —le dije.
Ahí él soltó el humo hacia un lado y me miró fijo.
—No me vengás con eso ahora —me dijo—. Yo no soy un man pa’ que me estén controlando.
Yo lo miré sin entender. Porque ese Brando no era el mismo de siempre.
—Yo no te estoy controlando —le dije—. Solo te estoy diciendo lo que siento.
Él se rió otra vez, pero esta vez sin gracia.
—Sí, claro… “lo que sentís” —repitió—. Vos siempre con lo mismo.
Yo ya sentía los ojos llenos de lágrimas, pero no quería llorar ahí.
—Brando… ¿por qué estás así conmigo? —le pregunté—. Vos nunca me hablás así.
Él se quedó callado un segundo, como si estuviera peleando consigo mismo.
—Porque estoy cansado, Violeta —me dijo al fin—. Estoy cansado de todo.
Pero lo dijo frío, sin mirarme como antes.
Yo di un paso hacia él.
—Yo no te estoy haciendo nada malo… —le dije—. Solo vine a verte.
Él apartó la mirada.
—Hoy no era el día —me respondió.
Eso me dolió más.
—¿Hoy no era el día? —repetí—. ¿O sea que para verte tengo que esperar a que vos estés bien?
Ahí él explotó un poco.
—¡Violeta, no me estresés! —me dijo más fuerte—. Yo no estoy pa’ esto.
Yo me quedé quieta.
Nunca lo había visto así conmigo.
—Ok… —le dije bajito—. Ya entendí.
Pero no entendía nada.
Me giré un poco como para irme, pero me quedé esperando que me dijera algo, que me llamara, que me pidiera que no me fuera. Pero no lo hizo.
Él solo se quedó ahí, con la mirada dura, fumando otra vez.
—¿Te vas? —me preguntó al final, pero sin emoción.
Yo lo miré.
—Sí —le respondí.
Él asintió como si le diera igual.
—Bueno.
Eso fue todo.
No hubo “quédate”, no hubo “perdón”, no hubo nada.
Yo me fui caminando despacio por el parque, sintiendo ese peso en el pecho. No era solo rabia, era tristeza. Porque el Brando que yo conocía no era ese. O al menos yo pensaba que no.
Mientras caminaba, pensaba en todo.
En cómo a veces él era tan dulce conmigo, y cómo en segundos podía volverse otra persona. En cómo yo siempre trataba de entenderlo, de justificarlo, de pensar que estaba cansado, que tenía problemas, que la vida lo había hecho así.
Pero ese día fue diferente.
Ese día no hubo excusa que me alcanzara.
Llegué a mi casa sin ganas de hablar con nadie. Mi mamá me vio la cara y me preguntó:
—¿Qué te pasó, mija?
Pero yo solo dije:
—Nada.
Me encerré en mi cuarto.
Y lo peor fue que él no me escribió después.
Ni un mensaje. Ni un “llegaste bien”. Ni nada.
Solo silencio.
Y ese silencio fue peor que la discusión.
Porque por primera vez sentí que Brando y yo no estábamos bien… y que tal vez él no iba a volver a ser el mismo conmigo.