El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 22: El Retorno del León Herido
El estruendo de los cañones en la muralla de la ciudad anunció lo que Estambul esperaba con ansias: el Sultán Selim había regresado. La campaña contra Persia había sido breve pero sangrienta, una serie de relámpagos de acero que habían obligado al Shah a retroceder. Sin embargo, el costo de la victoria se reflejaba en la comitiva que cruzaba las puertas del palacio: menos soldados, estandartes jironados y un Sultán que no cabalgaba erguido, sino que se mantenía en su silla con pura fuerza de voluntad.
Dorian lo esperaba en el patio central. A pesar de haber pasado semanas lidiando con la Valide y limpiando el rastro de Layla, al ver a Selim, su máscara de estratega se quebró. El Sultán estaba cubierto de polvo y sangre seca; una venda cruzaba su torso bajo la armadura y su rostro estaba más delgado, sus ojos ámbar hundidos pero encendidos al ver a su Consorte.
Selim desmontó con dificultad. Antes de que el Gran Visir o su madre pudieran acercarse, Dorian ya estaba a su lado, sosteniéndolo. El aroma de Selim —cedro, hierro y campo de batalla— inundó los sentidos de Dorian, despertando un anhelo que creía haber enterrado bajo su frialdad.
—Habéis vuelto —susurró Dorian, pegando su frente a la del Sultán, ignorando a la multitud.
—Te dije que el desierto no podría retenerme... si tú estabas aquí —gruñó Selim, su voz ronca, rodeando a Dorian con un brazo pesado.
Esa misma noche, el palacio estaba sumido en una celebración forzada. Selim, tras ser atendido por los médicos, descansaba en sus aposentos, pero la Valide Sultan no perdió tiempo. Mientras Dorian supervisaba el traslado de los tesoros traídos de la guerra, ella lo interceptó en el pasillo de las columnas.
—Disfrutad de vuestro momento, Dorian —dijo la Valide, su voz como el siseo de una víbora—. Selim aún no sabe que habéis convertido su lecho en un burdel para vuestras intrigas. Todavía no sabe que Layla está en el fondo del Bósforo por un "crimen" que vos diseñasteis.
Dorian se detuvo y miró a la mujer que le dio la vida al Sultán. —Layla murió por su propia ambición, mi Señora. Yo solo le puse el espejo delante para que el mundo viera lo que ella era.
—Veremos qué piensa mi hijo cuando le cuente que, mientras él sangraba en la frontera, vos jugabais con drogas y esclavos persas en su propia cama —la Valide sonrió con malicia—. Un Alfa puede perdonar una herida de espada, pero nunca una mancha en su honor.
Dorian entró en la alcoba de Selim con el corazón agitado. El Sultán estaba sentado en el borde de la cama, sin túnica, dejando ver la herida de flecha en su costado que los médicos acababan de suturar. Al ver a Dorian, Selim le hizo una señal para que se acercara.
—Mi madre ha estado aquí —dijo Selim, su mirada de ámbar fija en Dorian, escrutándolo con una intensidad que daba escalofríos—. Me ha contado una historia fantástica sobre Layla y el príncipe esclavo. Dice que los encontraste en este mismo lecho.
Dorian se arrodilló entre las piernas del Sultán, apoyando sus manos en sus rodillas musculosas. Sabía que este era el momento en que todo podría derrumbarse. —Es cierto, Selim. Layla regresó del destierro con la ayuda de vuestra madre. Intentaron tenderme una trampa de infidelidad usando a Kaveh. Yo... solo les di la oportunidad de que su propia lujuria los delatara.
Selim agarró la barbilla de Dorian, obligándolo a mirarlo. Su rostro estaba a centímetros del suyo, y por un momento, Dorian vio el destello del "Sultán Implacable" que ejecutaba a sus enemigos sin pestañear.
—¿Usaste mi lecho para una trampa, Dorian? —preguntó Selim, su voz bajando a un nivel peligroso—. ¿Permitiste que esa escoria tocara las sedas donde nos amamos solo para ganar una partida de poder?
—Lo hice para sobrevivir, Selim —respondió Dorian, sin bajar la mirada, sus ojos azules brillando con una honestidad feroz—. Porque si no lo hacía, hoy no estaríais hablando conmigo, sino con mi verdugo. Vuestra madre quería destruirme, y yo destruí a su peón. ¿Preferiríais que hubiera muerto con mi honor intacto pero lejos de vos?
El silencio se prolongó, tenso como la cuerda de un arco. El aroma Alfa de Selim se volvió agrio de sospecha y luego, lentamente, volvió a ser ese cedro profundo y cálido. El Sultán soltó un suspiro largo y atrajo a Dorian hacia su pecho, enterrando el rostro en su cuello.
—No... —susurró Selim—. No podría soportar que no estuvieras aquí. Pero me aterra en lo que te estás convirtiendo, Dorian. Estás aprendiendo a jugar este juego demasiado bien. A veces me pregunto si yo también soy solo una pieza en tu tablero.
Dorian lo rodeó con sus brazos, cuidando de no lastimar su herida. —Vos sois el tablero, Selim. Y sois el premio. Todo lo que hago es para asegurar que nadie nos mueva de nuestro lugar.
Selim se separó lo suficiente para besarlo con una urgencia desesperada, una mezcla de alivio por estar vivo y de posesión renovada. A pesar de su herida y del cansancio de la guerra, el Sultán no podía estar lejos de él. La pasión esa noche fue lenta, casi melancólica, una reafirmación de su vínculo frente a todas las mentiras que los rodeaban. Selim marcaba a Dorian con una delicadeza inusual, susurrando su nombre como si fuera un mantra contra la oscuridad del palacio.
Sin embargo, mientras Selim se quedaba dormido, Dorian sabía que la Valide Sultan no se detendría. Ella había fallado con Layla, pero ahora tenía una nueva arma: la duda. Y en un alma tan territorial y orgullosa como la de Selim, la duda era un veneno que podía tardar años en matar, pero que siempre terminaba haciendo efecto.
Espero disfruten esta nueva aventura