Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 5: Dejando Montería
Hola, soy Araceli Aguilar. Nací el 14 de septiembre del 2008 en Montería y tengo 17 años.
Y ajá… apenas hablo la gente se da cuenta que soy costeña.
Porque yo crecí entre calor sabroso, vallenato sonando duro en las esquinas y gente alegre que saluda hasta sin conocerte.
Sinceramente extraño demasiado Montería.
Extraño caminar por el centro escuchando mototaxis pitando por todos lados, las tardes calientes cerca del río Sinú y las tiendas con música a todo volumen desde temprano.
Mi vida allá no era perfecta, pero sí bonita.
Yo vivía con mi mamá y mis dos hermanos menores en una casa sencilla, pero llena de amor. Mi mamá se llama Lorena Aguilar y ha sido la mujer más berraca que he conocido. Esa mujer trabajaba todos los días sin descansar pa’ sacarnos adelante.
Mi papá trabajaba manejando camiones y casi nunca estaba en la casa porque vivía viajando. A veces duraba semanas enteras por fuera.
Yo soy la mayor de tres hermanos.
Después de mí sigue Samuel Aguilar, que tiene 12 años y vive pegado a un balón de fútbol. Ese pelao rompe más zapatos que cualquiera porque mantiene jugando en la calle.
Y la menor es Julieta Aguilar, que tiene 8 años y habla más que un radio prendido. Esa niña no se queda callada nunca.
Sinceramente yo terminé ayudando muchísimo en la casa porque mi mamá trabajaba demasiado.
Yo les ayudaba con tareas, hacía comida algunas veces y hasta acostaba a mis hermanos cuando mi mamá llegaba cansada.
Por eso maduré rápido.
Mientras otras peladas solo pensaban en fiestas o novios, yo pensaba más en estudiar y salir adelante. Porque yo veía el esfuerzo tan grande que hacía mi mamá y quería ayudarla algún día.
Y gracias a Dios siempre fui buena estudiante.
Desde pequeña me gustaba leer y aprender cosas nuevas. En el colegio casi siempre ocupaba los primeros puestos y los profesores me querían mucho porque era juiciosa y respetuosa.
Aunque tampoco era aburrida.
A mí me gustaba arreglarme bonito, escuchar música y salir con mis amigas de vez en cuando.
Yo tengo el cabello largo, liso y oscuro, casi siempre bien arreglado porque mi mamá desde pequeña me enseñó a cuidarlo. Mi piel es clarita por parte de mi papá y mis ojos son color miel, esos mismos ojos que mi mamá dice que saco de mi abuela.
Mis amigas siempre molestaban conmigo diciendo que parecía seria cuando no sonreía, pero realmente yo era tranquila. Solo observadora.
Todo empezó a cambiar el año pasado cuando hicieron unas pruebas académicas entre varios colegios privados del país. Mi colegio escogió a los mejores estudiantes pa’ presentar el examen y yo estaba entre ellos.
Uy no, yo estudié como loca pa’ eso.
Duraba noches enteras repasando mientras tomaba café pa’ no dormirme. Mi mamá hasta me regañaba porque casi no descansaba.
—Araceli, deje esos cuadernos y acuéstese ya, mija.
—Ya voy, ma.
Y sinceramente todo el esfuerzo valió la pena.
Cuando salieron los resultados fui una de las mejores puntuaciones de Córdoba.
Todavía me acuerdo cuando la rectora me llamó a la oficina. Yo pensé que había hecho algo malo.
Pero apenas entré ella estaba sonriendo.
—Araceli, siéntese por favor.
Yo me senté nerviosa.
—¿Pasó algo?
Ella sonrió todavía más.
—Ganó una beca completa para estudiar en el Instituto Nuevo Horizonte en Cúcuta.
Ave María Santísima… yo me quedé congelada.
—¿Cómo así?
—El colegio quedó impresionado con sus notas y quiere darle la oportunidad de terminar allá el bachillerato.
Uy no… yo sentí que el corazón me explotó de felicidad.
Llegué llorando a la casa a contarle a mi mamá y ella también lloró conmigo.
Porque sinceramente nosotros jamás hubiéramos podido pagar un colegio así.
Esa beca era una oportunidad gigante.
Pero también daba miedo.
Porque significaba dejar Montería.
Dejar mi casa.
Mis amigas.
Mis hermanos.
Todo.
Esa noche mi mamá se sentó conmigo y me agarró las manos.
—Escúcheme bien, mi amor. Las oportunidades así no llegan dos veces. Usted nació pa’ cosas grandes.
Y ahí entendí que tenía que irme aunque me doliera.
Pero mi mamá no quiso dejarme sola en otra ciudad.
Así que decidió que todos viajaríamos juntos a Cúcuta.
Sinceramente el día del viaje fue uno de los más duros de mi vida.
Nos levantamos de madrugada pa’ terminar de guardar las últimas cosas. Mi mamá intentaba verse fuerte, pero yo sabía que quería llorar.
Samuel estaba bravo porque no quería dejar a sus amigos del barrio y Julieta lloraba abrazando una muñeca diciendo que iba a extrañar su cuarto.
Y yo… yo estaba hecha un enredo por dentro.
Porque estaba feliz por la beca, pero triste por irme de mi tierra.
Cuando llegó el bus, los vecinos empezaron a despedirse.
—Cuídense mucho.
—No se olviden de Montería.
—Araceli, siga estudiando así de juiciosa.
Ave María… ahí fue cuando mi mamá empezó a llorar de verdad.
Y yo también.
Subimos las maletas al bus mientras Julieta seguía abrazando su muñeca y Samuel iba callado mirando el piso.
Cuando arrancamos, me quedé mirando por la ventana cómo mi ciudad iba quedando atrás poquito a poquito.
Sinceramente sentí horrible el pecho.
Durante el viaje Julieta terminó dormida sobre las piernas de mi mamá y Samuel se puso audífonos mirando por la ventana serio.
Mi mamá iba callada pensando quién sabe en cuántas cosas.
Y yo casi no hablé.
Me la pasé mirando la carretera y pensando en cómo sería mi nueva vida.
En un momento mi mamá me agarró la mano y me preguntó bajito:
—¿Tiene miedo?
Yo asentí despacito.
—Mucho, ma.
Ella me acarició la mano.
—Todo va a salir bien, mi amor. Dios nunca abandona a la gente buena.
El viaje fue larguísimo. Paramábamos a comer y descansar un rato, pero sinceramente yo casi ni hambre tenía de los nervios.
Mientras más nos acercábamos a Cúcuta, más rápido sentía el corazón.
Cuando finalmente llegamos ya era de noche.
La ciudad se veía grande, llena de carros, motos y luces por todas partes. Muy diferente a Montería.
Y sinceramente… me dio miedo.
Pero también emoción.
Porque sabía que mi vida iba a cambiar completamente ahí.
Los primeros meses fueron difíciles. Extrañaba demasiado mi tierra y a veces lloraba en silencio por las noches.
Pero poco a poco fui acostumbrándome al colegio nuevo.
Y sinceramente todo iba normal… hasta que llegó el nuevo profesor de sociales.
Rafael Araujo.
Ave María Santísima… apenas ese hombre entró al salón yo quedé fue en shock.
Primero pensé:
“¿Y este sí es profesor?”
Porque parecía demasiado joven. Literalmente parecía universitario todavía.
Tenía el cabello oscuro y un poco despeinado que le daba un aire relajado, la piel morena clarita y unos ojos cafés oscuros demasiado lindos. Además tenía una sonrisa tranquila que hacía verlo todavía más guapo.
Y cuando sonreía… uy no.
Ahí fue donde pensé completico:
“Uyyy… ese profe sí está guapo.”
Además hablaba relajado, tranquilo y daba confianza. No como esos profesores amargados que llegan mandando desde el primer día.
Y mientras explicaba historia caminando por el salón, yo sinceramente casi ni podía concentrarme porque me distraía mirándolo.
Mis ojos se iban solos hacia él.
Ave María… y lo peor era cuando nuestras miradas se cruzaban.
Porque cada vez que eso pasaba sentía el corazón acelerarse horrible.
Mi amiga Mariana Pérez se dio cuenta enseguida.
Ella me empujó bajito y susurró:
—Ajá Araceli… deje de mirar tanto al profe porque se va a dar cuenta.
Yo volteé rapidísimo pa’l tablero toda roja.
—Cállese ombe.
Pero ella empezó a reírse.
—Ay no, usted sí quedó tragada.
Y sinceramente… creo que sí tenía razón.

Samuel y Julieta