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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 — Lo que el padre no pudo dar

Rafael Villareal estaba esperando en el restaurante del puerto a las diez en punto.

Andrés llegó a las diez y dos minutos — no por tardanza, sino porque se quedó parado en la puerta treinta segundos mirando a ese hombre sentado solo en la mesa del fondo, con su café y su bastón y su cara que era la suya pero con treinta años más encima.

Entró.

Se sentó frente a él sin estrechar la mano. Sin sonreír. Sin dar nada que no le hubieran pedido.

—Gracias por venir — dijo Rafael.

—No vine por ti — dijo Andrés —. Vine por mí.

Rafael asintió. Como si lo hubiera esperado. Como si se lo mereciera.

El mesero trajo café.

Ninguno de los dos habló durante el primer minuto. Se miraban con esa incomodidad particular de dos extraños que comparten los mismos gestos, el mismo carácter, las mismas manos grandes sobre la mesa.

Fue Rafael quien comenzó.

—Sé que no tengo derecho a pedirte nada — dijo. La voz era grave, pausada, con el acento suave de quien ha vivido en muchos lugares y ya no pertenece completamente a ninguno —. Ni a tu tiempo, ni a tu atención, ni a tu perdón. Lo sé. No vine a pedirte eso.

—¿Entonces a qué viniste? — dijo Andrés.

Rafael lo miró.

—A verte — dijo, simplemente —. A decirte lo que debí decirte hace treinta años y no tuve el valor de decir.

Andrés no respondió. Esperó.

—Me fui porque tenía miedo — dijo Rafael —. Tenía veinticinco años, un negocio que apenas arrancaba, y de repente una mujer y un hijo y una vida que no sabía cómo cargar. — Pausa —. No es una excusa. Es lo que pasó. Me fui porque era cobarde y porque pensé — me convencí a mí mismo — de que estarían mejor sin mí.

—Estuvimos mejor sin ti — dijo Andrés. Sin rabia. Con la frialdad de un hecho.

Rafael cerró los ojos un momento.

—Lo sé — dijo —. Tu madre sola te hizo mejor hombre del que yo hubiera podido hacer. Lo sé. — Abrió los ojos —. Pero eso no me quita lo que me quitó a mí. Verte crecer. Estar cuando Isabella murió. Conocer a Valeria.

Algo se movió en la mandíbula de Andrés.

—No menciones a Valeria — dijo, y esta vez sí había filo.

Rafael asintió de inmediato.

—Perdón.

Silencio.

El restaurante estaba casi vacío a esa hora. Afuera el mar brillaba y los pescadores preparaban sus lanchas con la rutina de siempre, completamente ajenos a lo que se estaba deshaciendo y reconstruyendo en esa mesa del fondo.

—¿Estás enfermo — dijo Andrés. No era una pregunta.

—Sí. El corazón. — Rafael lo dijo sin drama, con la calma de quien ya procesó esa noticia —. Los médicos dicen que tengo tiempo. No sé cuánto. Suficiente para ordenar lo que dejé desordenado, espero.

—¿Y lo desordenado soy yo.

—Entre otras cosas. Sí.

Andrés miró su café.

—¿Qué quieres de mí exactamente? — preguntó —. ¿Que te diga que está bien? No está bien. ¿Que te diga que te perdono? No estoy listo para eso. — Levantó la vista —. ¿Qué esperas llevarte de esta conversación?

Rafael lo miró durante un momento largo.

—Nada — dijo —. No espero llevarme nada. Solo darte algo que es tuyo.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo puso sobre la mesa.

Andrés lo miró pero no lo tocó.

—Todo lo que construí — dijo Rafael — lo construí pensando que algún día te lo iba a dar. No como compensación. Sé que no hay compensación posible. Sino porque es tuyo. Porque lleva tu apellido aunque yo no merezca que lo lleves.

—Ya llevo ese apellido — dijo Andrés —. Me lo puso mi mamá cuando no tenía nada. No te lo debo a ti.

Rafael asintió despacio. Y en sus ojos había algo que no era tristeza exactamente. Era algo más parecido al reconocimiento de quien ve en otro la versión que pudo haber sido y no fue.

—No — dijo —. No me lo debes. Tienes razón. — Señaló el sobre con un gesto —. Ábrelo cuando quieras. O no lo abras. Es tu decisión. Todo esto es tu decisión — siempre debió serlo.

Andrés miró el sobre.

Lo tomó.

Lo guardó en el bolsillo sin abrirlo.

—Voy a pensarlo — dijo. Y era lo más que podía ofrecer y los dos lo sabían.

Rafael asintió. Y algo en sus hombros se acomodó levemente — como si una carga que llevaba décadas se hubiera aligerado apenas, no desaparecido, pero sí aligerado.

—¿Puedo preguntarte algo? — dijo Andrés, cuando ya estaba por levantarse.

—Lo que quieras.

—¿Fuiste feliz?

Rafael tardó. Lo pensó de verdad, sin pose, sin respuesta preparada.

—Tuve éxito — dijo finalmente —. No es lo mismo.

Andrés lo miró un momento.

Se levantó. Puso dinero sobre la mesa para el café — el suyo, no el de Rafael — y se fue sin mirar atrás.

Sofía estaba sentada en el muelle cuando él llegó.

No le había dicho que iba a estar ahí. Simplemente estaba — con dos cafés en vaso de cartón y la vista en el mar — como si fuera la cosa más natural del mundo.

Andrés se sentó a su lado.

Ella le dio un café sin decir nada.

Él lo tomó sin decir nada.

El mar estaba quieto y brillante y completamente hermoso y ninguno de los dos lo miraba.

—¿Cómo estuvo? — preguntó Sofía, después de un rato.

—Como esperaba — dijo Andrés —. Y completamente diferente a lo que esperaba.

Sofía asintió.

—¿Está bien?

—No. — Pausa —. Pero voy a estar bien.

Ella se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro.

Andrés no se movió. Levantó el brazo y la rodeó — despacio, naturalmente, como si llevar así el peso de otra persona fuera algo que su cuerpo ya sabía hacer con ella específicamente.

Se quedaron así un rato largo. El café se enfrió. Las gaviotas gritaron lejos. El sol empezó a bajar sobre el puerto.

—Sofía — dijo él.

—¿Qué?

—Quedáte esta noche.

Ella levantó la cabeza y lo miró.

Andrés la miraba de frente — sin rodeos, sin disimulo, con esa honestidad directa que era lo más suyo que tenía. No era solo deseo, aunque había eso también y los dos lo sabían. Era algo más profundo. Era un hombre que acababa de enfrentarse a la historia más difícil de su vida y que quería — necesitaba — no estar solo con ella.

—¿Valeria? — preguntó Sofía.

—Está en casa de mi mamá esta noche.

Sofía lo miró durante un momento.

Y en ese momento tomó una decisión que su cuerpo había tomado mucho antes que su cabeza.

—Está bien — dijo —. Me quedo.

La casa de Andrés olía a madera y a mar.

Era una casa de hombre solo — ordenada pero sin adornos, funcional y limpia — con una sola excepción: en cada superficie había algo de Valeria. Un dibujo pegado en la nevera. Un par de sandalias rosadas junto a la puerta. Una foto en la pared — Andrés y la niña en la lancha, los dos con los ojos entrecerrados por el sol, los dos sonriendo.

Sofía la miró un momento.

—La tomé el año pasado — dijo Andrés, desde la cocina —. Es mi favorita.

—¿Por qué?

—Porque los dos estábamos felices al mismo tiempo — dijo, simplemente —. No siempre es fácil sincronizar eso.

Sofía sintió algo apretarse en el pecho.

Andrés abrió una botella de vino.

Se sentaron en el porche trasero de la casa — el que daba directo al mar, separado de la playa solo por una franja de arena y unas piedras — con las copas en la mano y el sonido del agua llenándolo todo.

Hablaron.

De verdad, como no habían hablado antes — sin el mar de por medio, sin la distancia de la lancha, sin ninguna tarea que cumplir. Andrés habló de Isabella con una quietud que Sofía no esperaba — no con dolor agudo sino con la serenidad de quien ha aprendido a cargar una pérdida sin que lo aplaste. Le habló de los primeros meses con Valeria recién nacida, de Elena apareciendo todos los días a las seis de la mañana sin que nadie se lo pidiera, de la primera vez que la niña lo llamó papá con claridad y él tuvo que salir al patio a respirar porque no quería llorar delante de ella.

Y Sofía habló de Rodrigo — más de lo que había hablado con nadie — de los dos años de señales que ignoró porque era más fácil ignorarlas, de la manera en que la mentira se instala despacio en una relación hasta que uno ya no recuerda cómo era antes de que estuviera ahí.

—¿Lo querías? — preguntó Andrés.

—Creía que sí — dijo Sofía —. Ahora creo que quería la idea de él. Es diferente.

Andrés la miró.

—Sí — dijo —. Es muy diferente.

Fue después de la segunda copa cuando el silencio entre ellos cambió de textura.

Sofía lo sintió primero — ese calor específico que no era el vino ni la noche tibia sino la proximidad de ese hombre y la conciencia absoluta de que estaban solos y de que los dos querían lo mismo y de que ya no había ninguna razón para no.

Andrés dejó su copa sobre la baranda.

Se giró hacia ella.

La miró de esa manera suya — directa, sin disimulo, sin apuro — que hacía que Sofía sintiera que la veía completa, no solo la parte que ella decidía mostrar.

Le tomó la copa de la mano y la dejó junto a la suya.

Y entonces la besó.

Pero no como las otras veces — no el beso cuidadoso de la tormenta, no el beso breve del pasillo. Este fue diferente desde el principio. Más profundo. Más urgente. Con las manos de él en su cintura jalándola hacia él sin pedir permiso, y las manos de ella en su cuello aferrándose sin dárselo.

Sofía sintió el calor de ese cuerpo — tan diferente al suyo, tan sólido, tan presente — y se rindió a él de una manera que no se parecía a ninguna rendición anterior. Porque rendirse a Andrés Villareal no se sentía como perder terreno. Se sentía como encontrarlo.

Él la cargó.

Sin esfuerzo. Sin aviso. Solo puso un brazo bajo sus rodillas y el otro en su espalda y la levantó como si no pesara nada y Sofía soltó una risa pequeña contra su cuello que él acalló con otro beso.

La habitación de Andrés tenía una ventana que daba al mar.

La misma ventana que la de Sofía en casa de Doña Carmen — el mismo mar, la misma oscuridad brillante — pero desde aquí se veía diferente. Más cercano. Más real.

Lo último que Sofía pensó coherentemente esa noche fue que el mar desde esa ventana era el más hermoso que había visto en su vida.

Lo segundo último fue que quizás no era el mar.

Mucho después, cuando la noche estaba quieta y el mar afuera respiraba despacio, Sofía estaba recostada contra el pecho de Andrés con su mano grande y tibia abierta sobre su espalda.

Él no dormía. Ella tampoco.

—Sofía — dijo, en voz muy baja.

—¿Qué?

Una pausa.

—No sé lo que viene — dijo —. Con mi padre. Con todo esto. — Otra pausa —. Pero sé lo que quiero que esté mientras viene.

Sofía levantó la cabeza y lo miró en la oscuridad.

—¿Qué? — susurró.

Andrés le apartó el pelo de la cara. Despacio. Como siempre.

—A ti — dijo.

Sofía sintió eso en cada centímetro de su cuerpo.

Se acercó. Lo besó despacio. Y volvió a apoyar la cabeza en su pecho, donde el corazón de él latía firme y constante como el mar afuera.

—Yo también — dijo.

Esa noche no escribió en su cuaderno.

Algunas cosas no necesitan palabras.

Fin del Capítulo 10 ✨

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Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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