Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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22
A mitad del recorrido, mientras Mila se probaba unos abrigos de piel sintética con la ayuda de Igor, Ivan se alejó del grupo con la excusa de atender una "llamada urgente". Sin embargo, sus pasos no lo llevaron hacia la salida, sino hacia una de las joyerías más exclusivas de las galerías, una donde el acceso solo se permitía con cita previa o con un apellido que infundiera el respeto suficiente para abrir puertas blindadas.
El dependiente, al ver la presencia imponente del "Espectro", hizo una reverencia casi imperceptible. Ivan no perdió el tiempo.
—Busco algo que no sea ostentoso, pero que sea... eterno —dijo, su voz barítono resonando entre los cristales—. Algo que brille sin necesidad de focos.
El hombre sacó una bandeja de terciopelo y, entre diamantes y zafiros, Ivan vio un colgante que lo detuvo en seco: una Luna de plata antigua con un pequeño sol de oro incrustado en el centro. Era la definición perfecta de su extraña alianza; la luz de ella rodeando el mundo frío de él. Lo compró sin preguntar el precio y guardó la pequeña caja negra en el bolsillo interno de su saco, justo al lado de su corazón.
Al salir de la joyería, la paz se rompió. En el pasillo principal, frente a un aparador de relojes, Julian Valli estaba de pie, luciendo impecable con un abrigo gris de cachemira. Al ver a Luna y Mila, su rostro se iluminó con esa galantería experta que Ivan tanto odiaba.
—¡Mais quelle surprise! —exclamó Julian, acercándose para besar la mano de Luna—. El centro comercial se ha iluminado de repente. Luna, Mila, se ven divinas.
Ivan llegó justo en ese momento, colocándose detrás de Luna como una pared de granito. Su aura oscura envolvió el lugar instantáneamente.
—Valli. Parece que tu GPS solo sabe rastrear lo que no te pertenece —soltó Ivan, su voz sexy volviéndose un gruñido bajo.
—Tranquilo, Vania —intervino Luna, aunque sus ojos brillaban con picardía al notar la tensión de su oso—. Julian solo estaba saludando. Un concepto que tú apenas estás aprendiendo.
Igor, que cargaba con tres cajas de zapatos de Mila, no pudo evitar su sarcasmo distintivo.
—Julian, qué gusto verte. Estábamos justo discutiendo si el rosa neón de este bolso combinaba con la paciencia de Ivan. ¿Tú qué opinas? ¿O prefieres opinar sobre por qué siempre apareces cuando no te llaman?
Julian soltó una risa elegante, sin inmutarse por la hostilidad.
—Solo pasaba a invitar a Luna a una gala en la embajada el próximo fin de semana. Sería una pena que una mujer tan brillante se quedara encerrada en un mausoleo.
Ivan sintió que la mano le temblaba por el deseo de sacar al diplomático del edificio por la ventana más cercana. Pero Luna, sintiendo la caja en el bolsillo de Ivan —o quizás simplemente conociéndolo mejor que nadie—, entrelazó su brazo con el del ruso y miró a Julian con una sonrisa dulce.
—Gracias, Julian, pero creo que ese fin de semana el señor Petrov tiene una lección de español muy importante... y yo no acepto faltas de asistencia.
Julian asintió con una elegancia derrotada, mientras Ivan, por primera vez en el día, caminó con la frente en alto y una sonrisa imperceptible. La "lección" estaba por volverse mucho más personal.