Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 18: TERAPIA DE SHOCK
El agua helada seguía cayendo, convirtiendo el laboratorio de millones de dólares en una pecera de alta tensión.
Alessandra sentía que su piel quemaba bajo el contacto de la ropa mojada.
Dante la tenía acorralada contra el panel, y el calor que emanaba de él era como un radiador en pleno invierno.
Dante se inclinó, enterrando su nariz en el hueco del cuello de Alessandra.
—Estás temblando, jefa —susurró él, con una voz que era puro veneno y miel—. ¿Es el frío o es que tu cuerpo por fin admite que este "perro faldero" es el único que sabe cómo encender tus circuitos?
Alessandra cerró los ojos, soltando un gemido que podría haber sido de furia o de rendición.
Dejó que Dante le quitara la bata empapada, que cayó al suelo con un chapoteo sordo.
Luego, las manos de él, expertas y urgentes, fueron a los botones de su chaleco. Lo desabrochó con una lentitud tortuosa, dejando a Alessandra solo en su fina camisa blanca que, por efectos del agua, no ocultaba absolutamente nada.
—Malditas hormonas... —susurró ella, fingiendo una embriaguez pasional mientras echaba la cabeza hacia atrás—. Tienes razón, Dante. Eres... inolvidable.
Ella lo tomó de los hombros, guiándolo hacia atrás con movimientos sensuales, como si quisiera llevarlo hacia la mesa de muestras para entregarse por completo.
Dante, obnubilado por la mezcla de la dosis de Viagra y la supuesta rendición de la Reina de Hielo, bajó la guardia.
Justo cuando llegaron al estante de suministros médicos, Alessandra cambió el peso de su cuerpo.
En un parpadeo, la "musa sumisa" desapareció. Usó el impulso de Dante, le trabó la pierna derecha y aplicó una llave de judo de manual.
—¡¿Pero qué caraj...?! —gritó Dante mientras salía volando.
Ambos cayeron al suelo mojado con un golpe seco.
Alessandra rodó sobre el pavimento de resina epóxica, gateando desesperadamente entre los charcos hacia el estante inferior.
Dante intentó reincorporarse, tambaleándose por el efecto de la droga, pero ella ya tenía el arma en la mano: una jeringa de autoinyección de **Diazepam concentrado**.
Dante se abalanzó sobre ella, pero Alessandra giró sobre su espalda y, con un movimiento digno de una asesina a sueldo, le clavó la aguja directamente en la nalga izquierda, atravesando la tela del pantalón de sastre caro.
—¡¡AAAHHH!! ¡¿QUÉ HACES?! ¡ASÍ NO, MALDITA SEA, ASÍ NO! —bramó Dante, llevándose la mano a la parte trasera mientras caía de bruces sobre los pétalos de rosa que se habían colado desde la oficina.
—Marcador, Dante —dijo Alessandra, poniéndose en pie con dificultad, tiritando de frío pero con una mirada de triunfo absoluto—. *Alessandra 4 - Dante 4*. Nadie gana en mi laboratorio sin mi autorización.
Dante intentó decir algo, pero su lengua empezó a sentirse como un trozo de plomo.
El Diazepam estaba luchando contra el Sildenafil en una guerra civil dentro de su torrente sanguíneo.
—Eres... un... demonio... —balbuceó él antes de que su cabeza golpeara el suelo suavemente, quedando noqueado pero con una expresión de "estoy muy relajado pero muy cabreado".
Alessandra se abrazó a sí misma, mirando el cuerpo de Dante tirado en el suelo bajo la lluvia artificial.
—César... —llamó ella con voz temblorosa—. ¡César, apaga el agua de una vez! ¡Ya neutralicé al objetivo!
César Iván entró corriendo, resbalando en el charco y casi cayendo sobre el "cadáver" de Dante.
*«¡Código Negro!», pensó César.
—¡Alessandra Valeriano! ¡Lo mataste, mujer! —gritó de horror un pálido César santiguándose.
«Bitácora de quilombos, quilombo 5: Judo + Diazepam en nalga. Lápiz y papel: "terapia de shock" agregado al diccionario como sinónimo de "sedación táctica en combate cuerpo a cuerpo". P/D: si sobrevivo, mañana me afilio al sindicato de paz y pido aumento del 300% o renuncio.»*
—No está muerto, César. Solo va a dormir como un bebé las próximas doce horas —dijo ella, quitándose los restos del chaleco—. Pero búscame una manta. Y asegúrate de que cuando despierte, alguien le diga que su "rendimiento" terminó en un pinchazo clínico.
César Iván miró a Dante y luego a su jefa, que a pesar de estar empapada y despeinada, lucía como si acabara de conquistar un país.
«Estas son las nupcias más extrañas de la historia», pensó César, cubriéndola con su propio saco.
«Mañana voy a pedir un aumento de sueldo para que me despida ella solita».