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Bilogía Rivales

Bilogía Rivales

Status: En proceso
Genre:Atracción entre enemigos
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

1 - El Juego Prohibido de los Rivales:

En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.

2 - El Juego Mortal de los Rivales:

Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.

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Capítulo 3: Trampas de Terciopelo

Una trampa de terciopelo fue lo que Julian tendió para mí. No era una celda de hierro con barrotes oxidados, sino una jaula de seda, perfumes de trescientos dólares la onza y el peso asfixiante de unas esmeraldas que parecían quemar mi piel. Me miré en el espejo de cuerpo entero de la suite. El vestido verde esmeralda se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, dejando mi espalda al descubierto y revelando una vulnerabilidad que odiaba. Pero lo que más me perturbaba no era la ropa, sino la mirada que me devolvía el reflejo: ya no veía a la abogada Bianca Moretti, la mujer que citaba precedentes legales de memoria. Veía a una extraña atrapada en una red de intriga criminal.

Julian entró en la habitación sin llamar. Se detuvo a unos pasos de mí, su imagen reflejada justo detrás de la mía. El contraste era casi poético: él, la sombra personificada; yo, el brillo forzado por sus manos.

—Las esmeraldas resaltan el fuego de tus ojos cuando estás furiosa, Bianca —dijo, su voz una caricia ronca que me hizo tensar los hombros—. Pero recuerda, esta noche no eres mi enemiga. Eres mi cómplice.

Me giré bruscamente, haciendo que la falda de seda sisease contra el suelo de mármol.

—No soy tu cómplice, Julian. Soy un testigo que te está permitiendo vivir un día más porque necesito llegar a la raíz de la podredumbre de mi propia familia. Pero en cuanto tenga lo que necesito, te hundiré.

Él sonrió, esa sonrisa lenta que nunca llegaba a sus ojos de acero. Se acercó un paso más, invadiendo ese espacio que yo intentaba proteger desesperadamente. Extendió una mano y rozó la gargantilla de esmeraldas con la punta de sus dedos, apenas rozando la piel de mi cuello.

—Esa es la pasión que necesito que mantengas viva —murmuró—. La cena está servida. Tu primo Marco nos espera. Intenta no matarlo antes de que nos dé la ubicación exacta del hangar de los Belcastro.

Bajamos al comedor principal. La mesa de caoba estaba dispuesta para tres, iluminada por candelabros de plata que arrojaban sombras largas y distorsionadas en las paredes tapizadas. Marco ya estaba allí, sentado en el borde de su silla, sudando a pesar del aire acondicionado. Cuando entramos, se levantó con tal rapidez que casi tira su copa de vino.

—Bianca... Julian... —tartamudeó, su mirada saltando de las joyas en mi cuello a la mano de Julian, que descansaba posesivamente en la pequeña de mi espalda.

—Siéntate, Marco —ordenó Julian con una calma aterradora—. No estamos aquí para formalidades. Estamos aquí para hablar de negocios y de familia.

La cena comenzó en un silencio opresivo. El sonido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana fina parecía el repicar de una campana fúnebre. Yo no podía comer. Cada vez que miraba a mi primo, veía los años de domingos familiares, de cenas de Navidad en casa del abuelo Lorenzo, y sentía una náusea creciente.

—¿Cómo pudiste hacerlo, Marco? —pregunté finalmente, mi voz cortando el aire como un cristal roto—. Nuestra firma... nuestro apellido. Se suponía que éramos la línea de defensa contra hombres como Draven.

Marco tragó saliva, mirando a Julian con miedo antes de responder.

—La línea de defensa se rompió hace décadas, Bianca. Tú eras la única que no quería verlo. El abuelo... él sabía que para que el sistema funcionara, alguien tenía que engrasar los engranajes. Los Belcastro nos ofrecieron una forma de expandirnos internacionalmente. Solo necesitaban... ciertos favores logísticos.

—¿Favores logísticos? —me incliné hacia adelante, mis dedos apretando el borde de la mesa hasta que mis nudillos blanquearon—. Estás hablando de diamantes de sangre, de armas, de vidas humanas. ¿Es eso lo que enseñan ahora en la facultad de derecho de Columbia?

—¡No es tan simple! —estalló Marco, su voz aguda por la desesperación—. Los Draven estaban perdiendo poder, o eso creíamos. Los Belcastro prometieron que después de este Cónclave, los Moretti serían los únicos dueños de la infraestructura legal en la costa este. ¡Lo hice por nosotros, Bianca! ¡Para que no tuvieras que pelear por cada maldito caso de oficio!

Julian soltó una risa baja y peligrosa, un sonido que hizo que el vello de mis brazos se erizara.

—Qué noble de tu parte, Marco —dijo Julian, jugueteando con un cuchillo de carne—. Traicionar a tu linaje y robarme a mí para darle "seguridad" a tu prima. El problema es que los Belcastro no comparten el poder. Te usaron como un peón desechable. Una vez que los diamantes lleguen a su destino final, tú y tu padre seréis los primeros en ser eliminados para borrar el rastro legal.

Marco palideció aún más, si eso era posible.

—Eso... eso no es verdad. Tenemos un contrato.

—¿Un contrato con criminales? —Julian se inclinó hacia él, su rostro convirtiéndose en una máscara de pura amenaza—. Yo soy el contrato, Marco. Y acabo de rescindirlo. Dame la ubicación del hangar o dejaré que Bianca decida qué cargos presentar contra ti antes de que mis hombres te saquen de aquí en una bolsa.

El silencio que siguió fue denso. Miré a Marco, buscando algún rastro del primo con el que solía jugar en el jardín del abuelo. Solo vi a un hombre roto por su propia ambición.

—Hangar 7-B —susurró Marco finalmente—. En el aeródromo privado de Teterboro. Los diamantes se mueven mañana a las seis de la mañana.

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