Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que aún pesa
El amanecer en la granja no pedía permiso; simplemente estallaba con el estruendo de la naturaleza. Para Samira, acostumbrada al silencio de las cortinas motorizadas, el canto de los gallos fue como un grito de guerra. Salió de su habitación con el corazón acelerado por el susto, solo para colisionar contra el pecho sólido de Dominic, que ya estaba listo para la jornada.
Él la sostuvo por los hombros un segundo, lo justo para evitar que cayera, y luego la soltó como si el contacto le quemara.
—Tienes que alimentar a los animales —dijo él. Su voz era plana, sin el menor rastro de interés en discutir—. Yo estaré en el establo ordeñando.
—¿Yo? —Samira retrocedió, recuperando por un instante su altivez—. Yo no soy una empleada, Dominic. No pienso tocar a esos bichos, es asqueroso y...
Se detuvo. Dominic no estaba gritando, ni siquiera la estaba mirando con odio. La miraba con unos ojos tan vacíos, tan despojados de cualquier rastro de esperanza o paciencia para caprichos, que Samira sintió un escalofrío. Era la mirada de alguien que ya no temía a nada porque ya lo había perdido todo. El silencio de él fue más autoritario que cualquier orden de su padre.
—Está bien —murmuró ella, bajando la vista.
Se puso las botas de plástico que él le había dejado. Le quedaban enormes, obligándola a caminar con un paso torpe y pesado que la hacía sentir ridícula.
El saco de maíz pesaba como si estuviera lleno de piedras. Samira arrastró el costal hasta el corral de las aves, pero en cuanto abrió la verja y esparció el primer puñado, el caos se desató. Docenas de pollos y gallos se lanzaron hacia ella en un frenesí de aleteos y picotazos al suelo.
—¡Ah! ¡Quítense! —gritó Samira, entrando en pánico.
Sintió que los animales la rodeaban como una marea plumífera. Presa del miedo, soltó el saco, dejando que el maíz se desparramara por todo el lodo, y salió corriendo con las botas chocando entre sí hasta refugiarse en la casa, cerrando la puerta con el cerrojo.
Horas más tarde, Dominic regresó del establo con las cántaras de leche. Al pasar por el corral, se detuvo frente al desastre. El maíz estaba pisoteado, el saco tirado y las aves aún alborotadas. No suspiró, no maldijo. Simplemente dejó las cántaras, tomó una escoba, recogió el desperdicio y reabasteció el comedero con una calma mecánica.
Cuando Dominic entró en la casa, Samira estaba sentada en un rincón de la cocina, esperando el estallido. Estaba preparada para que él le echara en cara su inutilidad, para que le gritara que era una carga. Pero Dominic ni siquiera la miró.
Pasó de largo, se lavó las manos con el jabón de pasta y comenzó a encender la estufa. El ritual se repitió: el sonido de la leña crujiendo, el cuchillo golpeando la tabla, el aroma a comida sencilla empezando a flotar en el aire.
De pronto, un sonido traicionero rompió el silencio de la estancia. Las tripas de Samira emitieron un rugido prolongado y ruidoso. Ella se puso roja hasta la raíz del cabello y se abrazó el estómago, intentando hundirse en la silla por la vergüenza.
Dominic, que en ese momento servía un guiso de frijoles y tocino, no hizo ni un solo gesto. No se burló, no sonrió, ni siquiera levantó una ceja. Sirvió los dos platos con la misma indiferencia con la que había limpiado el corral.
—Come —fue todo lo que dijo.
Cenaron en un silencio sepulcral. Samira comía con la cabeza gacha, sintiendo cada bocado como un regalo no merecido. Dominic terminó, llevó su plato al fregadero, lo lavó con calma y se secó las manos.
—Mañana volverás a intentarlo —dijo antes de entrar en su recámara y cerrar la puerta.
Samira se quedó sola con el eco de sus palabras. Dominic no era malo, y eso era lo que más le dolía; su falta de rencor la hacía sentirse más pequeña que cualquier insulto. Él simplemente estaba cumpliendo con su existencia, y ella, por primera vez, se dio cuenta de que en esa granja no era la reina exiliada, sino una sombra que apenas estaba aprendiendo a caminar.